septiembre 27, 2012

Cristianos con determinación

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” (Hebreos 10:19-23). La fe en Dios, es el fundamento de nuestra verdadera, y permanente consagración. Tener una fe personal en Dios nos libra de ser arrastrados por las circunstancias. Si no hay un lazo consciente entre usted y Dios, usted nunca será capaz de mantenerse de pie en medio de las pruebas ni logrará una verdadera consagración espiritual. Relaciónate con Dios; crea por la fe una conexión individual con él; una realidad espiritual, un hecho vivo, una verdadera e inequívoca experiencia entre tú y Dios. Esta relación debe ser la raíz de tu existencia, el sostén y el punto de apoyo de tu vida en todo tiempo y bajo cualquier circunstancia. Esta conexión es una cuestión del corazón, no algo vano ni superficial. No sea inconsistente, infiel ni deshonesto. Los ritos religiosos nunca te libraran de la incredulidad, cada uno deberá dar cuenta de sí mismo a Dios por sus hechos y acciones. Necesitamos tener una completa e inalterable confianza en el Dios vivo, y en Su palabra, y una constante dependencia de Su sabiduría, bondad, poder y fidelidad.
El río de la eterna verdad de Dios está fluyendo por medio del Espíritu para que nos empoderemos con certeza, claridad, y autoridad de lo que solo la revelación divina puede darnos. La Palabra de Dios habla por sí misma y cuando lo hace sentimos su influencia, y reconocemos su poder. La Palabra se hace sentir por sí misma en el corazón, en la conciencia, y en las partes más profundas del alma. Hay poder en la Palabra. Nadie piense que Dios no puede hablar al corazón o que el corazón no puede entender lo que Dios dice o sentir el poder de Su palabra. Si Dios puede hablar a nuestros corazones; podemos escuchar Su voz; conocer Sus pensamientos y apoyarnos en Su palabra. Esta es una fe -simple, viva, y salvadora. El corazón no necesita aprender definiciones teológicas - necesita a Dios. Es imposible que un corazón distraído, y lleno de incredulidad pueda estar verdaderamente consagrado a Dios. A menos que usted confíe en Dios, y sea sustentado por Su poder, nunca será capaz de vivir de acuerdo con Su voluntad. De hecho, usted no tendría vida espiritual. Podemos ser profesantes y tener apariencia de piedad, pero si no tenemos una fe viva, tampoco habrá vida espiritual en nosotros. Y si no hay vida no puede haber una verdadera consagración. La fe es la que conecta tu alma con Dios, y es el Señor quien le imparte [al alma, por supuesto] estabilidad, consistencia, y energía. La verdadera consagración descansa sobre una profunda y sincera fe en Dios. Ésta tiene su raíz en el corazón; no es caprichosa ni antojadiza, sino serena, consistente, decidida y progresiva. Dios te quiere guiar por medio de Su Espíritu a un profundo y verdadero sentido de consagración.
Tu corazón debe ser atraído por la fe hacia una verdadera adoración. Es sólo la fe la que da a Dios Su propio lugar y le deja el escenario limpio para que Él despliegue y manifieste Su gloria. Cada nuevo despliegue y manifestación de Su gloria hace que broten nuevas expresiones de alabanza. La fe le ministra al espíritu y el espíritu es el vehículo por medio del cual se manifiestan las experiencias de una fe viva. Mientras más confiamos en Dios más le conocemos, y mientras más le conocemos más le alabamos y adoramos. Hay una atmósfera que envuelve a este mundo, una densa tinieblas, deprimente, y es solo con los ojos de la fe que podremos traspasarla. Nuestros propios corazones están llenos de incredulidad, siempre dispuestos a alejarse de Dios. Cuando los hombres y las mujeres de Dios se alejan del camino de fe e integridad cristiana, se exponen enseguida a los hombres de este mundo, y no te sorprenda si ellos los tratan con manos implacables. La realidad debe encontrar su fuente en el corazón. Si el corazón no es justo y veraz, no podemos decir que tenemos la vida de Dios ni que hay consagración en nosotros. Nuestras vidas deben estar reguladas por Dios porque Dios trata con realidades. En Dios hay gracia infinita, él es misericordioso y paciente. Dios puede tratar con nosotros y esperar con ternura, pero al mismo tiempo, tenemos que recordar que al no obedecer perdemos Sus bendiciones y recompensas; y esto, a causa de nuestra falta de sinceridad y consagración. ¡Amén!





Yugo desigual

Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. (2 Corintios 5:14-15) Como cristianos deberíamos vivir una vida más pura y elevada, no podemos dejar de experimentar un sentimiento de tristeza y abatimiento al contemplar la forma cómo vivimos en nuestros días. Cuando recordamos los motivos que deberían guiarnos y animarnos; la senda que deberíamos seguir; el objeto en el cual deberíamos mantener fija nuestra mirada, reconocemos que si penetramos más en nuestra realidad actual, seríamos, con toda seguridad, cristianos más fervientes. El amor es el motivo más poderoso. Mientras más lleno está nuestro corazón del amor de Cristo, y nuestros ojos espirituales fijo en su Persona, más cerca procuraremos estar de él y seguir sus huellas. Para seguir las pisadas de Cristo debemos tener un espíritu quebrantado, y un corazón contristo y humillado o fracasaremos por completo en el intento. Nada es más egoísta —que obtener la salvación como fruto de los padecimientos de Cristo, de su sudor como grandes gotas de sangre, de su cruz y de su pasión— y mantenernos lejos [distante] de su Persona. Esto, debe ser considerado como un acto de egoísmo digno del más rotundo desprecio. Cuando este comportamiento es manifestado por una persona que profesa deberle todo lo que tiene al Hijo de Dios, no hay lenguaje capaz de expresar esta bajeza moral. Quiera Dios que el Espíritu Santo, con su irresistible poder, levante un ejército de discípulos separados del mundo, seguidores devotos del Cordero, y que en este ejercito cada uno se halle unido, mediante los lazos del amor, y no solo unido, si no también, agarrado a los cuernos del altar.

Tenemos el carácter moral que surge de nuestra relación con Dios; y es este carácter el que abona el terreno para que Dios, con justicia, reconozca públicamente nuestra filiación como hijos. Dios no puede reconocer de forma plena a aquellos que se hallan unidos en yugo desigual con los incrédulos, si lo hiciera, equivaldría a reconocer esta clase de relación; y Él no puede reconocer a quienes están unido con las tinieblas. ¿Cómo podría hacerlo? Quienes se unen en yugo desigual, se identifican moral y públicamente con aquellos con quienes se han unido, y de ningún modo con Dios. Se sitúan en una posición que Dios no puede reconocer pero si abandonan esa posición, si salan y se apartan, si rompen ese yugo desigual, entonces, y sólo entonces, podrán ser públicamente recibido y reconocido como -hijos del Dios Todopoderoso-. El hecho es que muchos se han colocado completamente fuera de la voluntad de Dios; en un terreno pantanoso; y, si no abandonan ese yugo, Dios no los podrá reconocer como a sus hijos. La gracia de Dios, es infinita; y puede venir a nuestro encuentro, a pesar de nuestros fracasos y debilidades; pero debemos abandonar de inmediato el yugo desigual, cueste lo que cueste, siempre que podamos hacerlo; de lo contrario, sólo nos queda inclinar nuestra cabeza con pesar, y orar a Dios para que él nos dé una completa liberación.

Nada podría ser más deplorable que la condición de alguien que descubre, cuando ya es demasiado tarde, que se ha unido de por vida a una persona con la cual no puede tener un solo pensamiento en común. El cónyuge mundano casi siempre termina saliéndose con la suya. Se verá casi sin excepción que, en caso de un yugo desigual, el creyente es el que sufre, tal como lo vemos por los frutos amargos de una mala conciencia, un corazón abatido, un espíritu destruido y una mente deprimida. Una relación de este tipo es, de hecho, la estocada mortal contra el cristianismo práctico y contra el progreso de nuestra vida espiritual. Es moralmente imposible ser un buen discípulo de Cristo, viviendo bajo un yugo desigual. El verdadero cristiano debe combatir, con todas sus fuerzas, los males de su propio corazón. Sin duda, el hombre que, con insensatez y en una abierta desobediencia, se casa con una mujer inconversa, o la mujer que se casa con un hombre inconverso, está cargando con toda una gama de males. Un creyente puede contar, de forma absoluta, con la gracia de Cristo para subyugar su propia naturaleza carnal; pero no para subyugar la de su cónyuge. Si usted se ha colocado bajo esta clase de yugo por ignorancia, el Señor vendrá en su ayuda, si confiesa, y se aparta. Dos personas se han unido para vivir en la más estrecha e íntima relación, con gustos, hábitos, sentimientos, deseos, tendencias y aspiraciones diametralmente opuestos. No tienen nada en común, de modo que los movimientos que haga uno, de seguro molestará al otro. ¡Amén!

abril 20, 2012


“Más e fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22-23). El fruto del Espíritu es de vital importancia en nuestra relación con Dios, con nosotros mismos, y con nuestros semejantes. El amor es supremo entre todos los frutos del Espíritu, es razonable que aparezca en primer lugar en la lista del fruto múltiple del Espíritu, porque tanto en la dispensación de la ley como en la dispensación de la gracia el amor es el hilo conductor, ya que a través de el se lleva acabo el plan redentor de Dios. Dios canalizó su amor por medio de la persona de su Hijo. Encauzó (derramó) su amor en nuestros corazones a través del Espíritu Santo y a través de sus redimidos, Dios le da a conocer su amor a los hombres en todas partes. Así el amor es la clave de su programa redentor. Al recibirlo, es nuestra salvación; respondiendo a él viene a ser nuestra santificación; manifestado a los demás, es nuestro servicio. Concluimos que el amor es la esencia de Dios, y el amor no tiene sustituto. El cristiano que ha sido bendecido con la llenura del Espíritu amará lo que Dios ama y aborrecerá lo que Dios aborrece. El gozo mencionado no es otra cosa que el gozo celestial que es reproducido por el Espíritu en los hijos de Dios. No es un gozo humano estimulado por Dios; es el gozo de Dios que nos ha sido dado por medio del Hijo y que es manifestado por el poder del Espíritu Santo. Esto nos permite tener una experiencia singular como creyente. Nehemías declaró “El gozo del Señor es vuestra fortaleza” (Nehemías 8:10). Cristo dijo: “…para que mi gozo este en vosotros y vuestro gozo sea cumplido” (Juan 15:11). El apóstol Juan, habiendo declarado la comunión entre el Padre, el Hijo y el creyente, afirma: “estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido” (1 Juan 1:40). Como Cristo nos dio gozo, también nos dio paz. El Apóstol Pablo dice: “Y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:7). Hay una diferencia entre “la paz de Dios”, que es una experiencia operada interiormente, y la “paz con Dios” que es realizada por Cristo. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). La paz de la cual hablamos, es la que Cristo heredó, es una experiencia constante que se siente en el corazón, es directa y depende de la naturaleza del Carácter de Dios. Cada fruto del Espíritu es opuesto a un aspecto no espiritual del corazón humano. La sanidad para las enfermedades espirituales producidas por diversas condiciones no es el intento de dejar de hacer lo malo, sino él sustituirlos con el fruto del Espíritu, es decir, con las virtudes que Dios imparte. La paciencia por ejemplo es el antídoto divino para la impaciencia, no es meramente la paciencia humana que tiene sus límites, sino la paciencia de Dios operada internamente por el Espíritu, una paciencia infinita e ilimitada. Solamente cuando somos llenos de Su gloria, podemos experimentar esta paciencia (Colosenses 1:11). Este fruto es necesario en la vida de los que predican o enseñan (1 Timoteo 4:2). Para esperar la venida de Cristo se requiere de paciencia (Santiago 6:7-8), la paciencia nos ayuda a alcanzar las Promesas (Hebreo 6:15). Un hombre justo puede desalojar de su casa a una viuda sin recursos cuando se atrasa con la renta, un hombre bueno buscaría la manera de evitarlo. En la persona de Dios la bondad es infinita, el mundo depende de la bondad de Dios, nadie puede imaginarse como sería el mundo si Dios fuera malo (Salmo 27:13; Salmo 23:6). La mansedumbre en Dios no implica debilidad. Cristo fue llevado como oveja al matadero y esto no significa que Cristo era débil; En Dios hay otros atributos que vindican su Santidad y Su gobierno de justicia; el creyente lleno del Espíritu manifestará la mansedumbre de Dios. El creyente también puede conocer el poder de la indignación, pero siempre será manso, este fruto se requiere de todos los que han de manifestar la gracia de Dios (2 Timoteo 2:24-26). Además hay una recomendación mas del Apóstol Pablo (Tito 3:2) el corazón necesitado de la amable mansedumbre de Cristo se le anima a creer que puede llegar a obtenerla, no por el esfuerzo humano, o por una inútil imitación, sino como un fruto directo del Espíritu. La palabra usada en Gálatas 5:22, no es fe, sino fidelidad. Dios es fiel y esta fidelidad es reproducida por el Espíritu en la vida del Creyente. Este atributo pertenece solamente a Dios, pero puede ser comunicado, y lo será en el creyente consagrado, por el Espíritu. La fidelidad se manifiesta en las relaciones del creyente con Dios, con sus semejantes y consigo mismo. La honradez, sinceridad y devoción son factores que se manifiestan en nuestras vidas cuando hay fidelidad. Esta gracia impartida será dirigida hacia aquellos a quienes el mismo Dios es fiel. El dominio propio ocurre cuando el creyente se ajusta a la mente de Dios y a su voluntad. La llenura del Espíritu, se ve en los frutos del Espíritu, lo que Dios es, naturalmente, es lo que él requiere, y ciertamente sus atributos, hasta donde puedan adaptarse a la vida humana, han de ser reproducidos en el creyente por el Espíritu. Para vivir la vida divina el creyente no tiene que salir de su cuerpo y vivir solo en el Espíritu, porque el Espíritu hace uso de todas las facultades del cuerpo del creyente. Las manifestaciones directas de las características divinas no son estorbadas por la presencia de las facultades humanas existentes, es claro que el Espíritu usa de todas las facultades del ser humano para manifestar las características de Dios. La voluntad de Dios es que seamos conformados a su imagen y que en nuestra existencia terrena manifestemos su personalidad a los que no pueden percibir su Presencia, Nosotros somos los inmediatos responsables de Enseñar al mundo lo que Dios es por medio de un testimonio fructífero, saturado con los frutos del Espíritu. ¡Amén!

Nada me faltará

“Jehová es mi pastor; nada me faltará” (Salmos 23:1). David había sido perseguido y acosado repetidas veces tanto por Saúl, como por su propio hijo, Absalom. Él  había sufrido privaciones, y experimentado dificultades. Sería un absurdo afirmar, sobre la base de este texto, que los hijos de Dios, nunca experimentarán carencias o necesidades. Nosotros debemos tomar en cuenta las vidas de hombres como Elías, Juan el Bautista, Pablo, e incluso el Señor Jesucristo; todos ellos sufrieron grandes privaciones y adversidades. Nuestra jornada en la tierra es un breve interludio durante el cual sufriremos privaciones, experimentaremos aflicciones y adversidades.  Pero en medio de nuestras dificultades podemos decir con orgullo: “Nada me faltará”, no careceré del cuidado de Jesús ni de Su protección ni de Su provisión ni de Su dirección. El que me guarda no es un impostor ni un asalariado; él es mi creador, mi redentor y mi dueño. Los hombres y mujeres de Dios son personas humildes, ricas en espíritu, generosas de corazón, y magnánimas. Irradian una serena confianza y una alegría que sobrepasa todas sus tragedias y adversidades. Son hombres y mujeres cuidado por Dios, y lo saben. Se han confiado a la dirección de Cristo, y han hallado su felicidad en él. La satisfacción debe ser la etiqueta de aquel que ha puesto sus asuntos en las manos de Dios. Existe una intensa fiebre de descontento entre la gente y de inseguridad. Muchos a pesar de las riquezas que poseen, están notablemente inseguros de sí mismos y muy cerca de la bancarrota espiritual porque han perdidos sus valores. Los hombres buscan una seguridad más allá de sí mismos. Son inquietos, inestables, codiciosos, y siempre están ávidos de algo más; quieren esto y lo otro, pero nunca están verdaderamente satisfechos. Pero las personas sencillas, los hombres y mujeres humildes, las ovejas del Señor, pueden levantarse con orgullo y decir: “Jehová es mi pastor; nada me faltará”. El verdadero creyente es aquel que dice: estoy completamente satisfecho porque Jesús es el jefe de mi vida; ningún problema es demasiado grave ni difícil para él. Jesús nos trata con cariño, nos ama y trabaja 24 horas para que no nos falte nada. Él es muy celoso con sus ovejas y se deleita permanentemente en ellas. Para él no hay mayor recompensa, ni satisfacción, que ver a sus ovejas satisfechas, bien alimentadas, y seguras.  Jesús siempre está entregado y permanece alerta procurando el bienestar de su rebaño. Con ojo como llama de fuego, de manera minuciosa pero compasiva examina sus ovejas a ver si están bien, contentas y sanas. Él se da cuenta de si han sido atacadas durante la noche, si hay alguna enferma, o si hay alguna que necesita una atención especial. Ni siquiera durante la noche deja de estar pendiente de cada una de ellas. Jesús siempre está listo para ponerse de pie a la menor señal de problema para proteger a Su rebaño. Esta es una imagen sublime del cuidado que reciben aquellos cuya vida está bajo el control de Cristo. El está al tanto de sus vidas desde que sale el sol hasta el ocaso. “No se adormecerá ni dormirá el que te guarda”. Es lamentable que algunos cristianos estén descontentos. Andan insatisfechos, como si el pasto del mundo fuera mejor y más verde. Son cristianos carnales, a quienes podríamos llamar “cristianos mediocres” que quieren lo mejor del reino de Dios sin apartarse del mundo. Muchas veces tergiversamos las cosas y en lugar de aprovechar al máximo la presencia del Señor para calmar nuestros temores y ansiedades, perdemos la paz, y la tranquilidad que deberíamos encontrar en Su  presencia. ¡Amén!

abril 13, 2012

La Soberanía de Dios

“Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos. Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos” (1 Crónicas 29:11-12). Dios se presenta en las Escrituras como el Creador y su voluntad como la causa de todas las cosas. A él le pertenecen los cielos, la tierra y todo lo que ellos contienen. Dios tiene plena autoridad sobre los ejércitos del cielo y sobre los habitantes de toda la tierra. El Señor sostiene de manera eficiente todas las cosas con su poder y determina la finalidad y el destino de cada una de ella. Él gobierna en el más absoluto sentido de la palabra y todas las cosas dependen de él y a él le sirven. La voluntad divina es la causa eficiente de todas las cosas. Todas las cosas se originan en ella: la creación; la preservación; el gobierno; nuestra elección; los sufrimientos de Cristo; la regeneración; la santificación; nuestros sufrimientos e incluso la vida del hombre y su fin. La palabra “voluntad” cuando se aplica a Dios, no siempre tiene el mismo significado en las Escrituras. Este vocablo puede significar la naturaleza moral de Dios que incluye atributos como el amor, la santidad, la veracidad, y la justicia, etc. La voluntad de Dios es la facultad de Su propia determinación, es decir, es el poder de determinar por sí mismo sus propias acciones. En Dios hay poder para ejecutar su plan, para realizar su propósito (la voluntad de acción u omnipotencia); y determinar el régimen de vida para cada una de sus criaturas. La voluntad divina puede definirse como aquella perfección del ser de Dios por medio de la cual, El; sale en busca de sí mismo como el supremo bien (es decir, se deleita en sí mismo, como Dios) y en sus criaturas para gloria de su nombre. La buena voluntad de Dios encuentra su expresión en sus decretos (voluntad secreta) y por medio de Sus preceptos revelados en la ley y en el evangelio. Dios determina voluntariamente (libremente) qué y a quiénes creará, así como también los tiempos, lugares y circunstancias de sus existencias. El marca la senda de cada una de sus criaturas, determina su destino, y las utiliza para sus elevados propósitos. Dios tiene razones para querer lo que hace y eso lo induce a elegir un fin. En cada caso hay un motivo predominante que hace que el fin elegido y los medios seleccionados sean agradables a Dios, aunque no seamos capaces de entender sus motivos. Dios no puede querer algo que sea contrario a su naturaleza, a su sabiduría y amor, a su justicia y santidad. La doctrina de la voluntad de Dios con frecuencia da motivo a serias interrogaciones. Surgen en este terreno problemas que jamás han sido solucionados, y probablemente, nunca serán resueltos por el hombre, [como por Ej. la entrada del pecado en el mundo]. Deberíamos recordar que la ley moral, [la regla establecida por Dios], es también, en un sentido, la expresión de la voluntad de Dios. Es una expresión de su naturaleza santa y de lo que Dios requiere de cada una de sus criaturas racionales. Pero la soberanía de Dios encuentra su expresión no solo en Su voluntad sino también en Su omnipotencia; Dios tiene el poder para ejecutar su voluntad. El tiene la energía efectiva, es decir, aquella perfección de su Ser por medio de la cual El es la causa eficiente y absoluta de todas las cosas. Su poder “absoluto” le permite a Dios hacer todo lo que él quiere hacer; mientra que Su poder “dirigido” le permite hacer todo aquellos que él ha decretado, es decir lo que él ha ordenado o dispuesto que se haga. Mediante el mero ejercicio de su voluntad Dios puede ejecutar todo lo que él ha predeterminado en Su consejo. No existe en Dios un poder divorciado del restos sus perfecciones, y en virtud del cual pueda hacer toda clase de cosas inherentemente contradictorias. La idea de omnipotencia de Dios está expresada en el nombre “El Shaddai”, y la Biblia habla de ella en términos precisos: “Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho” (Salmos 115:3). Dios manifiesta su poder en la creación: “Así dice Jehová, tu Redentor, que te formó desde el vientre: Yo Jehová, que lo hago todo, que extiendo solo los cielos, que extiendo la tierra por mí mismo; que deshago las señales de los adivinos, y enloquezco a los agoreros; que hago volver atrás a los sabios, y desvanezco su sabiduría” (Isaías 44:24-25); Dios nos revela Su poder en la providencia, Hebreos 1:3, y en la obra de redención, 1 Corintios 1:24; Romanos 1:16. ¡Amén!

abril 02, 2012

Enfrentando Oposición

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Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo… (Mateo 4:1-11). A menudo el poder y la autoridad de Jesús fueron desafiados durante su ministerio terrenal. Su poder fue desafiado por Satanás en una serie de tentaciones y confrontaciones. Muchas de las oposiciones al poder de Dios en nosotros vienen a través de las circunstancias de la vida. Pero Satanás siempre está detrás de cualquier circunstancia para impedir el flujo del poder divino en nuestra vida. Hay muchas de estas oposiciones que vienen a través de otras personas, pero siempre debemos recordar que no son las personas las que se oponen a nosotros, sino que es Satanás que las utilizas. Ellas son usadas por Satanás para influir en nuestros pensamientos y modelos de conducta. Satanás es la fuerza que opera en tu contra. No cometa el error de pensar que porque usted pertenece a la iglesia y experimenta el poder de Dios será amado por todos, no todos estarán de acuerdo con usted. Los escribas y fariseos se opusieron a la autoridad de Jesús porque el Señor no estaba de acuerdo con sus tradiciones. La demostración del poder de Dios no es aprobada por las tradiciones culturales ni por las denominaciones religiosas. Los religiosos cuestionaron la autoridad de Jesús basándose en su condición social y a ti también te van a cuestionar por esto: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, le vienen a éste todas estas cosas?” (Mateo 13:55-56).Uno preguntó: “¿De Nazaret puede salir algo bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve” (Juan 1:46). Las personas cuestionaron la autoridad de Jesús una y otra vez. “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio esta autoridad?” (Mateo 21:23). Su poder y autoridad pueden ser desafiados por aquellos que sienten que usted no está en el nivel social al que ellos pertenecen, o porque no tiene una educación formal como la suya, o porque usted no es un egresado de una universidad prestigiosa etc. Pero lo más importante es ser aprobado por Dios (Hechos 2:22). El poder demostrado por Jesús no dependía del sistema de doctrinas sostenidas por los líderes religiosos de Israel. Sus enseñanzas no estaban de acuerdo con sus teorías y creencias. Él enseñó con autoridad, no con vana palabrería ni con una mente embotada como enseñaban los Escribas y fariseos. Muchos me dirán que soy una persona demasiado emotiva o que enseño con demasiada rigidez y autoridad pero eso no es importante. La enseñanza y dedicación de Jesús era simple pero muy poderosa. Algunos te aconsejarán que predique mensajes más profundos, y teológicos y con menos emotividad pero ¿es eso lo que Dios quiere? Pablo dijo: “Ni mi mensaje ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Corintios 2:4-5). El poder de Dios es desafiado por aquellos que están viviendo en el error: “Entonces respondió Jesús y les dijo: Erráis porque no conocéis las Escrituras, ni tampoco el poder de Dios” (Mateo 22:29). El hombre que camina por la fe a menudo irrita al hombre natural. Esteban era un hombre de fe y poder (Hechos 6:8). Su estilo de vida y testimonio irritaba a los líderes religiosos de su tiempo de tal manera que ellos se "enfurecían en el corazón" (Hechos 7:54) y lo apedrearon hasta la muerte. Cuando usted se mueve más allá del punto de bendición espiritual y pasa a la esfera de poder y autoridad, es desafiado. Recuerde que todos estos desafíos vienen de Satanás o de personas influenciadas por él. Usted debe reconocer cual es la verdadera fuente de oposición. “Porque nuestra lucha no es contra sangre ni carne,…” (Efesios 6:12). Satanás no es afectado por la lógica, intelecto, o debate teológico. Jesús no desperdició su tiempo argumentando o debatiendo sobre su autoridad espiritual. No detenga el flujo del poder de Dios en tu vida. Cuando Jesús entró en la casa de Jairo para sanar su hija Él enfrentó la incredulidad. Jesús no permitió que la incredulidad lo detuviese. Él enfrentó la oposición y cumplió el propósito de Dios. Él nos ha dado poder sobre todo poder del enemigo pero es usted que debe usar ese poder. Cuando enfrente un desafío de Satanás, use su autoridad espiritual en el nombre de Jesús. Usted tiene poder sobre TODO poder del enemigo y sobre TODA fuerza negativa. ¡Amén!

marzo 27, 2012

Las Operaciones del Espíritu Santo

“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16:13-14).Hay una determinada economía tanto en la creación como en la obra de redención; las Escrituras nos hablan del Padre y de nuestra creación, del Hijo y de nuestra redención, y del Espíritu Santo y de nuestra santificación. El Espíritu Santo tiene su propia personalidad, y un mérito distinto al del Padre y al del Hijo; y por lo tanto, deberíamos distinguir entre la obra redentora de Cristo para nuestra salvación, y su aplicación. Cristo cumplió con todas las demandas de la justicia divina pero su obra no ha sido terminada todavía. Jesús continúa intercediendo por nosotros con el propósito de hacernos poseedores de todas las bendiciones de la salvación. La tarea de aplicar los beneficios de la muerte y resurrección de Cristo es realizada por el Espíritu Santo. Pero aunque esta obra sobresale en la economía de la redención, no puede, ni por un momento, separarse de la obra de Cristo. Las Escrituras demuestran con claridad que no todas las operaciones del Espíritu Santo son parte esencial de la obra salvadora de Jesucristo. La penetración intelectual, y la capacidad para entender los problemas de la vida, son el resultado de la iluminación del Espíritu Santo. El Espíritu vino y descansó sobre los setenta ancianos que habían sido designados para ayudar a Moisés en el gobierno y en la administración de justicia. Hay también un reconocimiento claro de la operación del Espíritu Santo en la esfera intelectual. Eliú habla de esto cuando dice: “Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda” (Job 32: 8). Josué fue elegido como el sucesor de Moisés, porque tenía el Espíritu del Señor (Números 27: 18). Cuando Saúl y David fueron ungidos como reyes, el Espíritu del Señor vino sobre ellos. El Espíritu de Dios también obró con claridad en los profetas como el Espíritu de revelación. David dice: “El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua’’ (II Samuel 23: 2). Nehemías testifica: Les soportaste por muchos años y les testificaste con tu Espíritu por medio de tus profetas pero no escucharon (Nehemías 9: 30). Ezequiel habla de una visión por el Espíritu: “Luego me levantó el Espíritu y me volvió a llevar en visión del Espíritu de Dios a la tierra de los caldeos, a los cautivos. Y se fue de mí la visión que había visto” (Ezequiel 11: 24). Zacarías dice: “Y pusieron su corazón como diamante, para no oír la ley ni las palabras que Jehová de los ejércitos enviaba por su Espíritu, por medio de los profetas” (Zacarías 7:12). El Espíritu, es el que le da origen a la nueva vida, la hace fructificar, la guía en el proceso de desarrollo, y la conduce a su destino final. El Espíritu Santo es el que da origen, sustenta, desarrolla y guía la vida, y controla los devastadores resultados e influencias del pecado con el único propósito de preservar la vida. Nuestra nueva vida nace, se nutre y es perfeccionada por el Espíritu. Por medio de esta operación especial el Espíritu Santo destruye el poder del pecado, transforma al hombre a la imagen de Dios y lo capacita para obedecer, para ser sal de la tierra, y luz del mundo. El pacto por medio del cual Dios hizo provisión para la salvación de los pecadores, es el pacto de gracia, y así como el Mediador del pacto apareció “lleno de gracia” de tal manera que podemos recibir de su plenitud “gracia sobre gracia”, Juan 1: 16, 17, de la misma manera también el Espíritu Santo se llama “el Espíritu de gracia”; puesto que toma de “la gracia de Cristo” y nos la confiere. La gracia es un atributo de Dios, y una de sus perfecciones divinas. La gracia es el favor inmerecido o amor de Dios para el hombre en su estado de pecado y culpa, que se manifiesta en el perdón del pecado y en la liberación de la pena merecida. La gracia está relacionada con la misericordia de Dios y se distingue de su justicia. Es una designación de la provisión que Dios hizo en Cristo para la salvación del hombre. Cristo como el Mediador es el receptáculo viviente de la gracia de Dios. Pablo habla repetidas veces, en las salutaciones finales de sus Epístolas, de “la gracia de nuestro Señor Jesucristo”, y nos recuerda la gracia de la que Cristo es la causa. Juan dice: “La ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo”, (Juan 1: 17). La palabra “gracia” se usa para designar el favor de Dios tal como se manifiesta en la aplicación de la redención por medio del Espíritu Santo. Es comprensivo que se use este nombre para los dones, las bendiciones y las gracias espirituales que son producidas en los corazones y en las vidas de los creyentes por medio de la operación del Espíritu Santo. ¡Amén!
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