julio 28, 2011

Jesucristo es nuestros salvador y redentor

“Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio; Salvador mío; de violencia me libraste” (2 Samuel 22:2-3). Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento están centrados en el propósito “salvador” de Dios, el hombre está totalmente perdido y arruinado a causa de la caída, y destinado a la muerte y a la perdición eterna. Por lo tanto el hombre tenía la necesidad de ser rescatado; redimido mediante la intervención de Dios. El mensaje bíblico se distingue claramente de una mera moral religiosa. El mensaje del Evangelio es “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”. “He aquí, éste es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; éste es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (Isaías 25:9). Nuestras plegarias suplicando a Dios por liberación física, económica y espiritual se transformarán en cánticos e himnos de alabanzas. “No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel; yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor” (Isaías 41:14). Sin Dios somos personas débiles, desvalidas e insignificantes. Sin él estamos perdidos y sin esperanzas pero él es nuestro pariente redentor, y el hará lo que sin dudas haría un pariente cercano. “Y a los que te despojaron haré comer sus propias carnes, y con su sangre serán embriagados como con vino; y conocerá todo hombre que yo Jehová soy Salvador tuyo y Redentor tuyo, el Fuerte de Jacob” (Isaías 49:26). La magnitud de la obra divina a favor de Su pueblo llegará a ser conocida por todo: “Y sabrá todo hombre que yo soy Jehová tu Salvador, tu Redentor, el Fuerte de Jacob”. En Egipto Dios empezó a manifestarse como el Redentor de Israel, al decir: “Yo soy JEHOVÁ... yo os libraré” (Éxodo 6:6). Él liberó a Su pueblo del horno de aflicción, del ángel exterminador, y del mar Rojo, Deuteronomio 33:29). No se trata de los medios que Dios emplea, sino que es el mismo, su presencia, su intervención, la que salva (1Samuel 14:6; 17:47). Él salva a Sus hijos, frecuentemente hijos rebeldes, pero lo hace a causa de Su nombre, para manifestar Su poder (Salmos 106:8). El profeta puede decir a Sion: “Jehová está en medio de fi, poderoso, él salvará” (Sofonías 3:17), y el salmista no deja de ensalzar la salvación de Dios (Salmos 3:8; 18:46; 37:39; 40:17; 42:5; 62:7; 71:15; 98:2-3, etc.). La salvación incluye nuestra liberación, tanto terrenal como espiritual. El Señor salva de la angustia y de las asechanzas de los malvados (Salmos 37:39; 59:2); Él salva otorgando el perdón de los pecados, dando respuesta a la oración, impartiendo gozo y paz (Salmos 79:9; 51:12; 60:6; 18:27; 34:6, 18). Sin embargo, el Dios Salvador, en el Antiguo Pacto, no se manifiesta aún de una manera plena; se halla incluso escondido (Isaías 45:15). El Señor responde a la humanidad sufriente que le pide romper los cielos y descender en su socorro: “Esforzáos... he aquí que vuestro Dios viene... Dios mismo vendrá, y os salvará” (Isaías 35:4). Cristo es ya de entrada presentado como el Salvador, y no sólo como un Maestro, amigo o modelo de conducta. El ángel dice a José: “Llamarás su nombre Jesús (Jehová salva), porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.” Zacarías bendijo al Señor por haber levantado “un poderoso Salvador” (Lucas 1:69). No hay salvación en nadie más (Hechos 4:12). Jesús es el autor de nuestra salvación (Hebreo 2:10; 5:9). Dios envió a Su Hijo como salvador del mundo (1 Juan 4:14), no para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él (Juan 3:17; 12:47). El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido (Lucas 19:10); vino, no para que las almas se perdieran, sino para salvarlas (Lucas 9:56). La verdadera dicha es la alcanzada por aquellos que pueden exclamar: “Sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo” (Lucas 4:42). En el Nuevo Pacto, el término de la salvación se aplica casi exclusivamente a la redención y a la salvación eterna. La salvación viene de los judíos (Juan 4:22). El Evangelio es la palabra de la salvación predicada en todo lugar (Hechos 13:26; 16:17; 28:28; Efesios 1:13). La gracia de Dios es la fuente de la salvación (Tito 2:11), que está en Jesucristo (2 Timoteo 2:10). Dios nos llama a que recibamos la salvación (1 Tesalonicenses 5:9; 2 Tesalonicenses 2:13). Es confesando con la boca que llegamos a la salvación (Romano 10:10); tenemos que ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor (Fil. 2:12). Somos guardados por el poder de Dios mediante la fe para alcanzar la salvación (1 Pedro 1:5, 9). Mientras tanto, esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo (Filipenses 3:20), por cuanto se acerca el momento en que se revelará plenamente la salvación conseguida en el Calvario (Romano 13:11; Apocalipsis 12:10). No escapará el que menosprecie una salvación tan grande (Hebreo 2:3). Al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos (Judas 25). ¡Amén!

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