septiembre 23, 2014

Arrepentimiento [Μετάνοια]

(Marcos 1:14-15)

“Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio”. El Evangelio es un mensaje que rompe concepciones religiosas y desencadena un movimiento que rebasa los límites del tradicionalismo. No es un conjunto de doctrinas aunque Jesús mismo enseñó muchas cosas; ni es la exposición de un filósofo que se dirige a la razón e inteligencia de sus oyentes.El Evangelio es el mensaje que Dios transmite a través de sus portavoces en un determinado momento. Cada palabra tiene aquí su importancia.
La expresión griega empleada aquí para designar “el tiempo”, significa el momento adecuado.Es el tiempo de salvación previsto por los profetas y decretado por Dios;ha comenzado el tiempo de la gracia y de la salvación del pecador. Dios reina de distintos modos: en la creación, en la historia, y principalmente en su pueblo.Cuando Jesús habla del reino de Dios sin explicaciones adicionales, está pensando en el reino divino que se realizará en toda su plenitud, tanto sobre Israel como sobre todos los pueblos y naciones de la tierra. En el hebreo como en el griego bíblico hay varias palabras para expresar la conversión del pecador a Dios.
La necesidad del arrepentimiento para entrar en el reino de Dios es algo que el Nuevo Testamento afirma de forma tajante.“No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:32). Los fariseos cubrían su pecado con la apariencia de ser personas respetables. Se presentaban en público como hombres buenos, que hacían buenas obras. Jesús decidió invertir su tiempo, no en estos líderes religiosos justos, según sus propios criterios, sino en gente consciente de su pecado. Para llegar a Dios, usted debe arrepentirse; y para hacerlo, debe reconocer su pecado. “El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados. Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen” (Hechos 5:30-32).
El Sanedrín había prohibido a los discípulos que siguieran enseñando acerca de la persona de Jesús, pero ellos habían desobedecido abiertamente esa orden. Los apóstoles eran tenidos no sólo como herejes, sino también como alborotadores. En el relato se refleja claramente las cualidades de los discípulos. Eran hombres de valor; volver a predicar en el Templo hubiera sido inaceptable para cualquier persona sensata. Obedecer la orden de predicar el Evangelio era asumir un gran riesgo; pero ellos lo hicieron. Eran hombres de principios, y su prioridad era obedecer a Dios en todas las circunstancias, eso era lo más importante para ellos. Tenían una idea clara de su misión. Sabían que eran testigos de Cristo y que un testigo es esencialmente alguien que dice lo que sabe. Es alguien que sabe  por experiencia que lo que dice es verdad. Y es imposible detener a un hombre así, porque es imposible detener la verdad.
“Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!” (Hechos 11:18). Este era un punto decisivo para la iglesia primitiva. Tenían que aceptar a los que Dios eligió, aunque fueran gentiles. Pero la alegría por la conversión de los gentiles no era unánime. Esto continuó siendo un problema para algunos cristianos de origen judíos. Se necesitaría la intervención de Pedro, Santiago y Juan, así como de Pablo y Bernabé para obtener y asegurar la verdad y libertad del Evangelio. “Por lo cual, oh rey Agripa, no fui rebelde a la visión celestial, sino que anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hechos 26:19-20).El arrepentimiento es el precursor de la experiencia del hombre pecador con la gracia de Dios. “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” (Romano 2:4).  
Dios manda a todos los hombres ahora que se arrepientan.“Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:30-31). Es por Su gracia y para Su gloria que se abre esta puerta de retorno a Dios. Su santidad y Su justicia han sido vindicadas por la muerte de Cristo. En la predicación apostólica el arrepentimiento es uno de los temas centrales; ya desde la predicación de Jesús lo encontramos como una de las exigencias del reino, y el día de Pentecostés, en su sermón, Pedro termina invitando a los oyentes a arrepentirse de sus pecados y convertirse a Cristo. En el Nuevo Testamento la palabra “arrepentimiento” es, por lo general, la traducción de la palabra griega “metanoia”, que significa un cambio de actitud, un cambio de mentalidad y de nuestros planespara la vida.  La Biblia nos indica la centralidad de esta realidad y de esta doctrina en el mensaje de Cristo y de los apóstoles. La razón por la que Dios te llama al arrepentimiento es porque no quiere que tú te pierda y pase una eternidad en el infierno. Es hora de pensar y ver que a través de Cristo se abrió una puerta para la salvación por Su gracia; tú decide ¡Amén!

septiembre 19, 2014

Un corazón sincero

(Hebreos 10:19-23)

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió”. Solo podemos acercarnos a Dios con un corazón sincero. Es necesario que en el centro de nuestro ser tengamos un deseo sincero de relacionarnos con Dios; no podemos fingir lealtad a él. La misma palabra traducida sincero aquí se traduce también como verdadero y se refiere al santuario celestial. El corazón sincero es el corazón cuyo fundamento y contenido son las cosas celestiales, eternas. Es constante y sincero porque está centrado en lo eterno, nos acercamos a Dios en plena certidumbre de fe. Tenemos la seguridad de que Dios nos recibe cuando nos acercamos. La sangre de Cristo nos purifica en el corazón o en la conciencia porque es allí –en el corazón donde está arraigada la maldad.
El deseo,  las decisiones, el amor y el odio del corazón demuestran lo que un hombre es, y lo que ha de ser. El carácter físico de un hombre, su tamaño, fuerza, su edad y sus hábitos, los percibimos por su apariencia externa, del mismo modo el corazón nos revela el ser interior del hombre.  Dios nos ha dado en Cristo acceso al lugar secreto, a su morada, y al santuario de su presencia; pero las personas que Dios busca deben ser limpia de manos y pura de corazón.  Dios busca personas con un corazón sincero; nuestro ser interior tiene que rendirse ante Dios.  Un hombre puede acercarse a Dios sólo cuando el deseo de su corazón está fijo en Dios, cuando todo su corazón está buscando a Dios, cuando su amor y su gozo están en Dios. El corazón del hombre fue expresamente creado y dotado de todas sus cualidades para que fuera capaz de recibir, gozar y amor a Dios. Un hombre no tiene más santidad, amor, ni salvación que la que tiene en su corazón. Lo que tiene un hombre de espiritualidad y salvación es lo que tiene en el interior de su corazón. En la medida en que Cristo, por medio de su Espíritu, está dentro del corazón, en sus pensamientos y en la voluntad del hombre, este hombre es aceptable a Dios en su servicio y en su adoración.  El Reino de Dios se establece enteramente en su corazón. Por lo tanto, Dios pide el corazón, un corazón verdadero y puro. Lo que significa la palabra verdadera lo vemos en el uso que se hace de la palabra. El primer tabernáculo fue sólo una figura y una sombra del verdadero. Había, cierto, servicio religioso y adoración, pero no podía hacer al adorador perfecto.
La verdadera sustancia y la realidad de las cosas celestiales mismas nos las trajo solamente Cristo. Y Dios nos pide que, correspondiendo al verdadero santuario, haya un corazón verdadero. El antiguo pacto, con su tabernáculo y su culto, que no era sino una sombra, no podía hacer recto al corazón. En el nuevo pacto la primera promesa de Dios: “Escribiré mi ley en el corazón: te daré un nuevo corazón”. Dios nos ha dado a su Hijo, lleno de gracia y de verdad y En él, Dios nos ha dado la vida eterna. La religión es una cosa de la cabeza y sus actividades, una imaginación, una concepción y deseos, esto pertenece las antiguas figuras y sombras. En cambio, el Espíritu de Jesús hace de cada palabra de confesión, de cada acto de entrega a la voluntad de Dios, y de la confianza en su gracia, una realidad viva, una expresión verdadera de nuestro íntimo ser.  Dios te ha dado, como hijo suyo, un nuevo corazón, un don maravilloso, si tú pudieras darte cuenta. A causa de nuestra ignorancia, nuestra falta de fe, nuestra desobediencia, el corazón se ha vuelto débil y marchito; sin embargo sus latidos se pueden sentir todavía. Levántate, El te llama a ti, desde su trono en el cielo: Levántate,  ven y entra con un corazón sincero. Cuando tú vacilas y miras dentro de ti para ver si sientes, si tu corazón es verdadero, y en vano procuras hacer lo necesario para que sea sincero, El te llama de nuevo. Cuando El le dijo al hombre de la mano paralizada “levántate”, el hombre sintió el poder de los ojos y la voz de Jesús y extendió la mano. Haz tú lo mismo, levántate, extiende tu mano y será sano. En el mismo acto de obediencia, se demostrará que tiene un corazón sincero, un corazón dispuesto a obedecer y a confiar en el Señor, un corazón dispuesto a darlo todo.
El corazón sincero no es nada más que la verdadera consagración, el espíritu que anhela vivir plenamente para Dios, que con alegría lo entrega todo para que pueda vivir totalmente para Él, que, sobre todo, se entrega a sí mismo, como la clave de la vida interior, bajo su protección y su autoridad. La verdadera espiritualidad es una vida interior, en el poder del Espíritu Santo. El hombre de corazón sincero entra en el verdadero santuario, en el secreto de la presencia de Dios, para permanecer en Dios toda la vida. Entremos en el santuario del amor de Dios, y el Espíritu entrará en nuestra vida, en nuestro corazón. Acerquémonos con un corazón sincero: anhelante, dispuesto, entregado totalmente, deseoso de recibir bendición de Dios. Las emociones fuertes y la excitación afectan al corazón. Dios lo que pide es el corazón: el poder de desear, y de sentir. El corazón y la cabeza obran en conjunto, en sociedad. Dios nos dice que el corazón debe regir y dirigir; es el corazón lo que Él quiere. Un corazón sincero, verdadero en lo que dice y en lo que piensa; verdadero en lo que cree de Dios; verdadero en lo que profesa dar a Dios y recibir de Él. Éste es el corazón que Dios quiere para morar en él. ¡Amén!

septiembre 18, 2014

El realismo del presente

(Salmos 73:1-3).

“Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón. En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos”. La arrogancia es un defecto que se refiere al excesivo orgullo de una persona. En la teoría de la neurosis de Karen Horney, la arrogancia es el producto de la compensación del ego cuando se tiene una autoimagen inflada.
El salmista dice: Estoy seguro de que Dios es bueno para con Su pueblo, y para con los limpios de corazón. Esta verdad es algo tan obvio que nadie debería llegar a cuestionarla. Pero hubo una época cuando realmente empecé a dudar. Mi creencia acerca de esto comenzó a vacilar y mi fe casi desmayó. Verás, dice él, empecé a pensar en lo bien que viven los malos: mucho dinero, abundancia de placeres, sin problemas, y pronto me encontré deseando ser como ellos. ¿Se ha visto usted en una situación como la que narra aquí el salmista Asaf? Muchas veces somos tentados y quisiéramos ser como los impíos pero es un error pensar de ese modo como veremos.
Este salmo se destaca por su realismo, y lo que él dice, es un testimonio notable de la lucha mental que libran los creyentes. Muchas veces vemos que la maldad triunfa y prevalece. Pero debemos entender que existen cosas que son inescrutables para la mente humana. A pesar del sufrimiento, las aflicciones y tentaciones que padecemos: “Dios es bueno”. Aunque somos tentados, Dios nos sostiene para que no nos venza la tentación. Sócrates, cuando se le preguntó ¿qué es lo que aflige a los hombres buenos?, replicó: “La prosperidad de los malos.”Diógenes el cínico, viendo que Harpalo prosperaba, un individuo perverso y vicioso, dijo: “Dios se ha desentendido del cuidado de este mundo, y ya no le importa lo que ocurre en él.” Pero Diógenes era un pagano, sin embargo, vemos que al salmista Asaf le pasó lo mismo; estaba a punto de hundirse al ver la prosperidad de los inicuos.
Esta situación hizo que Job se quejara, Jeremías altercara con Dios y Habacuc también se quejó al ver al impío destruir al más justo que él. ¿Por qué prosperan los impíos y por qué sufren los buenos? Cuando dudamos de la rectitud de Dios, nuestras vidas se tambalean y nuestra fe se hace cada vez más frágil. Si no reaccionamos rápido, Satanás tendrá cierta ventaja en la lucha espiritual. Debemos evitar que nuestras vidas se llenen de amargura porque la amargura impide que la mente piense con claridad. La amargura nos conduce a generalizaciones precipitadas que son completamente inexactas. Platón dijo de Protágoras que se enorgullecía de que, habiendo vivido sesenta años, había pasado cuarenta de ellos en una juventud disoluta.
Los hombres impíos se jactan de lo que deberían lamentarse.Asaf estuvo a punto de resbalar de la roca de la fe y caer en el pozo del escepticismo. Mientras estuvo bajo la influencia de un espíritu de envidia le dio más importancia a las cosas de este Mundo que al favor de Dios. “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:15-17).  
A veces nos preguntamos: ¿de qué nos ha servido vivir una vida decente, honesta y respetable? Las horas que hemos gastado en oración. El tiempo que hemos ocupado estudiando la Palabra. El testimonio activo que hemos dado para el Señor, tanto en público como en privado y a cambio de todo esto lo único que tenemos es una dosis diaria de sufrimiento y lucha espiritual. Es en esos momentos cuando comenzamos a dudar si ha valido la pena vivir una vida de fe. Vemos que los malos prosperan y los justos padecen. Parece tan difícil de entender. De hecho, tanto nos preocupa este asunto que al final nos sentimos cansados, y agotados de tanto pensar en ello. Es en ese momento en que decimos, ya es suficiente y entramos en el templo, en el santuario de Dios, no en el templo literal, sino en el celestial. Entramos allí por la fe en nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Nuestras mentes son iluminadas por el Espíritu Santo, entonces comenzamos a ver el futuro y el estado eterno.
Ahora nos damos cuenta de todo lo que ocurre; la vida de los malos, y su existencia es frágil. Ellos caminan por un sendero resbaladizo al borde de un gran precipicio. Tarde o temprano caerán y serán destruidos. En un momento son cortados, arrastrados por una oleada de terrores tan horribles que no quisiéramos tener que contemplar.
Las cosas del mundo son una expresión de codicia, avidez, y orgullo, y son pasajeras. ¿Cuáles son los valores más importantes para usted? ¿Su conducta refleja los valores del mundo o los valores de Dios? Asaf no entendía: “Tan torpe era yo, que no entendía; era como una bestia delante de ti.” No es posible entender, sino entramos a la presencia de Dios (al santuario). “Hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos.” El salmista abandonó su intento de hallar la solución mediante el razonamiento, y entró en el santuario. Las verdaderas dificultades de la vida sólo desaparecen cuando entramos en la presencia del Señor y en una comunión profunda con Él. Jesús asumió afirmaciones hecha en AT cuando dijo: Ama a Dios; ama al prójimo; haz a los demás lo que querrías que te hicieran. Pero lo hizo en una forma sorprendentemente exclusiva e incondicional. El amor a Dios significa el compromiso total y la confianza total que debemos tener en Dios. En particular, este amor involucra una renuncia a las riquezas y a la vanagloria de este mundo. Esta acción se deriva de una respuesta del corazón y consiste en hacer con toda sobriedad lo que Dios exige. Este amor es la exigencia de una nueva edad que apunta hacia la gracia. Jesús hace esta exigencia con completo realismo, pero también con completa seriedad. La exigencia de Jesús es evidente por sí misma porque él crea una nueva situación. La nueva relación de Dios con nosotros nos coloca en una nueva relación con él. ¡Amén

septiembre 17, 2014

La llenura del Espíritu Santo

(Efesios 5:18-20)

“No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. La embriaguez está asociada con la vida licenciosa, con una conducta disoluta, y con la temeridad de los necios. Siempre vemos la extravagancia y la falta de sobriedad en estas personas. El cristiano, en lugar de emborracharse con vino debe ser lleno del Espíritu. Los Efesios usaban dosis abundantes de vino no sólo para olvidar las preocupaciones y adquirir jovialidad sino también para entrar en comunión [transes] con los dioses, y mediante esta comunión recibir conocimiento extático del mas haya imposible de recibir de otro modo. Tal necedad, que a menudo estaba relacionada con las orgías dionisíacas, es contrastada por el Apóstol con el éxtasis sereno y la dulce comunión del creyente con Cristo, experiencias que él mismo estaba viviendo en el Espíritu. La borrachera no conduce a nada bueno, sino al vicio, ella no os brindará placer legítimo, ni conocimiento útil, ni tranquilidad perfecta. No os ayudará sino que os perjudicará. Deja un amargo sabor y provoca interminables calamidades. Por el contrario, ser llenos del Espíritu nos enriquecerá con los preciados tesoros de gozo permanente, profundo entendimiento, satisfacción interna. El Espíritu aguzará nuestras facultades para que podamos recibir y obedecer la voluntad de Dios. “Por tanto, no seáis insensatos sino entended cual (es) la voluntad del Señor”. Por tanto, “no os embriaguéis con vino, sino sed llenos del Espíritu”.
La palabra "pleroo"  nos da la idea de ser completamente controlados por el Espíritu Santo, es decir, estar bajo su total dominio. Somos controlados por el Espíritu cuando todas las actividades de nuestras vidas están controladas por él. Actividades como: formulación de objetivos personales, familiares y ministeriales, la fijación de estándares mentales y espirituales. Nuestras acciones y presupuestos, la utilización de recursos, la medición de resultados y su verificación, el análisis de desviaciones, y la corrección de nuestro desempeño, todo nuestro proyecto de vida debe estar bajo el control del Espíritu como si se tratara de una empresa. La palabra "pletho" usada en Hechos 2:2 está en el pasivo indicativo y significa "haber sido lleno", como aquellos que estaban en el aposento alto.  En Efesios 5:18, el apóstol Pablo hace una comparación entre el efecto del alcohol y el efecto del Espíritu Santo. A diferencia de los resultados que produce el alcohol, el creyente que es lleno del Espíritu es un creyente  que vive en victoria. Se necesita ser cristiano nacido de nuevo, identificado con Cristo y tener el Espíritu de Dios habitando dentro de nuestra vida para poder ser llenos del Espíritu. La llenura inicial es aquella por la cual se experimenta el Poder del Espíritu Santo por primera vez. Cuando el Espíritu Santo viene con poder sobre una persona este se convierte en un testigo, la persona da testimonio de Jesucristo, quiere hablar de Jesús a todo el mundo. Una persona que ha sido llena del Espíritu Santo, puede volver a ser llena una y otra vez. Esta llenura inicial se hizo evidente en los apóstoles y los que estaban en el aposento alto el día de Pentecostés.
La llenura continua es la llenura que necesitan tener los creyentes para poder vivir una vida victoriosa. No todos los creyentes tienen esta llenura.  Muchos creyentes que recibieron la llenura inicial, no se han preocupado por su vida espiritual y han terminado vacíos. Estos son los creyentes que se quedan siendo niños en la fe, no maduran, ni pasan a un nivel mas alto de vida cristiana y terminan siendo cristianos carnales, que para nada les interesa la vida espiritual. Si usted es o desea ser líder en la iglesia, lo más importante no es el conocimiento que tiene. Lo más importante es que usted sea una persona llena del Espíritu Santo de Dios.  Una persona que está llena del Espíritu es una persona que produce frutos. El apóstol Pablo nos dice "Andad en Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne". Dice la Biblia que Jesús fue "lleno del Espíritu Santo" en el bautismo y después de esto fue tentado en el desierto. Nosotros también seremos tentados, pero somos llamados a vencer con el poder del Espíritu Santo.  La llenura del Espíritu Santo es necesaria para poder discernir las falsas doctrinas. En el tiempo en que vivimos, donde existe tanta confusión, es fácil dejarse engañar, sino contamos con la iluminación del Espíritu Santo.  Es importante poder rechazar el legalismo que se levanta en nuestras congregaciones y en el pueblo cristiano. Nunca faltan aquellos que se oponen a la sana doctrina de la Gracia y se empeñan en subyugar a los creyentes a todo tipo de legalismos y tradiciones de hombres. 
Una persona que es llena del Espíritu puede volver a ser llena del Espíritu. Es algo que nosotros no podemos entender, pero es así. Es lo que muchos llamamos "una unción especial" de parte de Dios. Esta unción especial puede venir para preparar al creyente para una tarea específica o para una situación difícil. Es una forma de preparación especial que Dios le da por medio del poder del Espíritu Santo. Esta llenura del Espíritu Santo puede venir sobre alguna persona para darle denuedo, unción para predicar y exponer la Palabra del Señor.  Para ser líder en la congregación el requisito más importante es ser lleno del Espíritu Santo. Un hombre lleno del Espíritu Santo podrá ser un buen líder en la iglesia.  El líder lleno del Espíritu Santo en su vida diaria tendrá la visión necesaria para guiar las ovejas, tendrá el fruto del Espíritu Santo para cuidarlas y además tendrá la revelación para alimentar las ovejas. El líder lleno del Espíritu Santo tiene autoridad para enfrentar los poderes demoniacos y las situaciones que se puedan derivar de las acciones de Satanás. ¡Amén!

septiembre 15, 2014

El fundamento ético del cristiano

(Juan 7:17)

“El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta”. Quienes quieran hacer una evaluación de las enseñanzas de Cristo deben tener la disposición mental y emocional adecuada. Si no hay un verdadero deseo de obedecer la voluntad de Dios según se manifiesta en su Palabra, no lograremos obtener un verdadero conocimiento ni intelectual ni experimental ni espiritual. Jesús establece una verdad absoluta cuando dice que sólo los que hacen la voluntad de Dios pueden comprender su enseñanza. La ecuación lógica es: conocimiento > amor > obediencia. No sólo el conocimiento, aplicado por el Espíritu Santo, conduce al amor; el amor, a su vez, es el prerequisito indispensable de un conocimiento totalmente desarrollado. Cuando hablamos de conocimiento, amor y obediencia, no pensamos en tres experiencias separadas, sino en una sola experiencia en la que los tres elementos están unidos. Esta experiencia es de carácter personal. Ya no se puede hablar de la primacía o superioridad de la inteligencia o de la primacía de las emociones o de la voluntad, sino de la primacía y superioridad de la gracia de Dios que influye en toda la personalidad y la transforma para la gloria de Dios.
El pacto de redención reposa en la naturaleza de Dios; la ley expresa la relación del pacto, y el culto y la devoción piadosa crecen juntas a partir de la relación del pacto que se define en la ley. Sin embargo, la devoción piadosa no existe por sí sola, sino que se expresa en la vida moral de la congregación.  La devoción a Dios y la ética van juntas, del mismo modo que lo hacen la fe y las obras en la epístola de  Santiago. Esto es importante porque toda la vida del hombre que ha entrado en los vínculos del pacto se relaciona con Jehová y sus propósitos a partir de este entendimiento. La ética bíblica es una expresión del carácter y de la gloria de Dios. Este fundamento teológico, que vemos también en la ley en general, es mucho más que una simple verdad; también tiene un enfoque escatológico. Los profetas esperaban con gozo la llegada del día en que la gloria de Jehová cubriera la tierra como las aguas cubren los mares. “No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9). Sin embargo, el creyente se anticipa a ese día en la adoración, porque en la adoración se pone de manifiesto –se destaca la belleza y la gloria de Dios. Fuera del templo hay quienes no aprecian la gloria de Dios. Por consiguiente, los profetas esperaban que llegara el día en el que la gloria de Jehová se revelara de tal modo que toda carne la viera. “Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado” (Isaías 40:5). Entonces permanecerían visibles por todas partes los elementos que se asocian en la actualidad con la adoración.  Ese día se distinguiría por su belleza (Isaías 33:17; Salmo 48:2), gran gozo (Isaías 9:2, 3) y alabanza (Isaías 12:1, 4).  Nadie tendrá que dirigirnos en la adoración, animándonos a conocer y alabar a Jehová, porque todos conoceremos a Dios, desde el mayor hasta el más pequeño (Jeremías 31:34).
Caminar rectamente ante el Señor es una expresión común para describir la vida moral. Se hace tanto énfasis en vivir rectamente en el Antiguo Testamento que en la época intertestamentaria, el judaísmo consideró que el deber del hombre consistía en guardar la ley. La ortodoxia llegó a ser una práctica recta “o” ortopraxis. Si un judío guardaba la ley, se le consideraba justo. El Señor habló en contra del énfasis excesivo sobre la ortopraxis de los escribas y fariseos. De todos modos, la importancia de hacer lo justo es constante en todo el Antiguo Testamento. La ortopraxis tiene que ser siempre la expresión de una confianza sincera en Jehová. El politeísmo y la religión establecen muchas normas, mientras que el monoteísmo establece una sola norma. Esta norma se encuentra en el decálogo. El Nuevo Testamento explica que si uno es culpable de una parte, es transgresor de toda la ley. El Antiguo Testamento encierra las exigencias de Dios. Es por esto que Moisés le dijo a Israel que cumpliera "todas las palabras de la ley”. (Deuteronomio 32:46, 47). Las personas del Antiguo Testamento se relacionan con Dios debido a su gran misericordia (hesed). Se les distingue como a seres sobre los que se manifiesta la misericordia de Dios. Al mismo tiempo, quedan unidos unos a otros por esa misma misericordia. Como objetos de la bondad de Jehová, debían ser bondadosos.  Así, podrían reflejar el carácter de Dios en virtud de su propia creación. Esto quiere decir que tus relaciones con quienes te rodean pueden ser mucho más que justas o buenas; deben ser creativas y restauradoras, tal y como son las obras de Dios para con nosotros.
En este contexto podemos entender el mandato de Dios de ser santos porque El es santo (Levítico 11:44). Este mandato se abrevia con frecuencia con la frase  "Yo soy Jehová". Esta frase afirma no sólo el derecho de Dios a dar órdenes, sino también la capacidad que tenemos para recibir esas órdenes y obedecerlas. Por supuesto, los hombres y las mujeres no pueden ser santos en el mismo sentido en que lo es Dios; pero pueden serlo. El pecado ha cambiado la situación humana de un modo fundamental. Por consiguiente, las instrucciones que les da Dios a los seres humanos no son sólo para guardar a las personas, sino para su restauración.  El obedecer a la ley sugiere una comunión de voluntades. Obedecemos voluntariamente a la ley porque es una expresión de la buena voluntad de Dios. En el Antiguo Testamento encontramos el reconocimiento de las limitaciones que se encuentran inherentes en la obediencia.  La meta real de la ética es un desplazamiento más allá de la comunión de voluntades a la de naturalezas, o sea, una restauración de la comunión que existía entre Adán y Dios. Lo que se inicia con la obediencia. Por instrucción externa, Dios desea conducir a su pueblo al lugar en que la renovación y la limpieza resultan. Este proceso lo registra Pablo para todos nosotros en Romanos 7 y 8. La ley nos conduce al punto en el que podemos recibir la renovación en Jesucristo. Esto nos libera del cuerpo de pecado y por medio del Espíritu se establece una profunda relación con Dios. ¡Amén!




septiembre 12, 2014

La mirada del espíritu

(Hebreos 12:2)

“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.” En la vida cristiana tenemos una meta. El cristiano no es una persona que anda despreocupadamente por los senderos de la vida, sino un peregrino que sabe adónde va. No es un turista pasando la noche en un punto cualquiera, sino un hombre o mujer que va de camino al Paraíso. Su meta es la misma meta de Cristo. La vida cristiana tiene un destino; el cristiano es como un corredor que compite a la vista del público; y los espectadores [los que han obtenidos la corona con anterioridad] nos miran con muchos interés. En la vida tenemos muchas veces que desembarazarnos de cosas. Puede que sean hábitos, placeres, excesos, o contactos que nos condicionan. Debemos despojarnos de esas cosas como hacen los atletas que se despojan de todos aquellos que agregue peso a sus cuerpos. La palabra πομον [hypomoné] "paciencia" no se refiere a la paciencia que acepta las circunstancias, sino a la que las dominas. No es nada meramente romántico lo que nos permite superar las dificultades y los obstáculos en la vida. Es nuestra determinación la que nos permite persistir, esforzarnos y rechazar el desánimo. Los obstáculos no nos intimidan, y las dificultades no nos quitan la esperanza. Por medio de la paciencia logramos una entereza inalterable que se mantiene hasta que hayamos alcanzar la meta. En la vida cristiana tenemos una presencia, la presencia de Jesús, Que es al mismo tiempo la meta y nuestro compañero de viaje, hacia el que nos dirigimos y con quien vamos. Lo maravilloso de la vida cristiana es que proseguimos adelante rodeados de santos, sin interés en nada más que en la gloria de Cristo, y siempre en compañía de Jesús quien ya ha recorrido el camino y alcanzado la meta. Jesús es quien nos espera para darnos la bienvenida cuando lleguemos al final de la carrera.
La Biblia no hace ningún esfuerzo para definir la fe.  En la epístola a los hebreos se afirma lo que la fe es en operación, no lo que es en esencia. Se asume la presencia de la fe, y el escritor nos muestra lo que ella produce, no precisamente lo que ella es. Se nos dice de dónde procede, y por qué medio viene.  "La fe es un don de Dios" y "la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios!' Tomás de Kempis dice: "Prefiero ejercer la fe, antes que definirla!' Cada vez que aparezca la palabra "fe" debe entenderse como fe en acción, tal como es ejercida por un hombre que es un verdadero creyente. El pueblo de Israel se desalentó, y murmuró contra Dios, y Dios envió entre ellos serpientes ardientes. "Estas mordían a las gentes, y muchos murieron!' Moisés intercedió ante el Señor por ellos y el Señor les dio un remedio. Le ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de metal, y la pusiera enroscada en un poste en medio del campamento, de modo que cualquiera pudiera verla. "Será que cualquiera que fuere mordido, y mire a la serpiente, vivirá!' Así lo hizo Moisés. "… cuando alguna serpiente mordía a ¡alguno, miraba a la serpiente de metal, y vivía" (Números 21:4-9). En el Nuevo Testamento encontramos la explicación de este suceso y nada menos que por el propio Señor Jesucristo.  El les explica a sus oyentes como pueden ser salvos. Y les dice que es por medio de la fe. Para hacer bien clara su explicación recurre al libro de Números. "Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:14, 15).
El hombre inteligente que lee esto no tardará en hacer un descubrimiento: las palabras mirar y creer son sinónimas. La palabra "mirar" que se emplea en el Antiguo Testamento tiene idéntico significado que la palabra "creer."  Mirar la serpiente es lo mismo que creer en Cristo. Pero debemos tener en cuenta que mientras los israelitas tenían que mirar con sus ojos físicos, los creyentes del Nuevo Testamento deben creer con el corazón.  La fe es la mirada del alma que se dirige a un Dios salvador. "A él miraron, y fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados" (Salmo 34:5). "A ti, que habitas en los cielos, alcé mis ojos; he aquí que como los ojos de los siervos miran a la mano de sus señores, y como los ojos de la sierva a la mano de su señora, así nuestros ojos miran a Jehová nuestro Dios, hasta que halla misericordia…" (Salmo 123:1-2).  El hombre que busca misericordia, es aquel que mira rectamente a Dios hasta que halla misericordia. Nuestro Señor mismo siempre miraba a Dios, "Y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos" (Mateo' 14:19).  La verdad es que Jesús enseñó siempre que todo lo que él hacía podía hacerlo porque se mantenía mirando a Dios. Su poder descansaba en el hecho de que siempre su mirada estaba puesta en su Padre (Juan 5:19-21).
Creer, entonces, es dirigir la atención del corazón hacia Cristo. Es levantar la mirada  como la levantó Juan el Bautista cuando dijo: "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo." La fe es la virtud que menos piensa en sí misma. Por su propia naturaleza es escasamente consciente de que existe. Mientras estamos mirando a Dios, no nos estamos mirando a nosotros mismos, El hombre que ha luchado por purificarse a sí mismo, y no ha conseguido nada más que fracasos, encontrará grande alivio al quitar la mirada de sí mismo y fijarla en aquel Único que es perfecto.  Mientras mire a Jesús, se realizarán dentro de ti todas aquellas cosas que ha deseado  por tanto tiempo. Dios estará dentro de ti, obrando el querer y el hacer por su buena voluntad. La fe, por sí sola, no es un acto meritorio; el mérito depende de aquel en quien se pone la fe. La fe es un cambio de mirada: dejamos de mirarnos a nosotros mismos para mirar a Dios.  El pecado ha distorsionados nuestra visión interior. La incredulidad es poner al yo en el lugar que le corresponde a Dios  La palabra nos induce a levantar nuestros ojos a Cristo y allí comienza la vida de fe. Al levantar nuestra mirada hacia Dios podemos esta seguros de hallar una mirada amistosa, porque está escrito que los ojos de Jehová recorren toda la tierra para ver a los que tienen corazón perfecto para con él. ¡Amén!

septiembre 11, 2014

Soldados de la luz

(Juan 8:12)

“Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. La palabra griega κολουθεν que se traduce seguir tiene varios significados. Esos significados se combinan entre sí para mostrarnos un raudal de luz sobre lo que significa seguir a Jesús. En las largas marchas, a las batallas o en las campañas en tierras extrañas, el soldado sigue a su capitán adonde este le dirija. El cristiano es un soldado cuyo general es Jesús y como soldado debe seguir a su comandante a donde quiera que él le dirija. Jesús no es solo nuestro general, es también nuestro amo. El siervo está al servicio de su amo. El siervo siempre está dispuesto a salir y cumplir con cualquier tarea que le encomiende su amo porque él está totalmente a disposición de su amo. El cristiano es un siervo cuya felicidad consiste en estar siempre al servicio de Cristo. El cristiano camina, dirige su vida y su conducta de acuerdo, es decir, de conformidad con el consejo de Cristo. El cristiano, como ciudadano del Reino de los Cielos, obedece la ley del Reino y deja que  Cristo gobierne su vida. El obedece las enseñanzas de Jesús, y las escuchas con atención para no perderse absolutamente nada. Recibe el mensaje de Cristo en su mente, y lo entiende; recibe sus palabras en la memoria, y las guarda, conserva las palabras de Cristo en el corazón y las vive. Ser seguidores de Cristo es entregarse en cuerpo, alma y espíritu a la obediencia y empezar a caminar en la luz. Cuando caminamos solos corremos peligros, podemos errar en el camino. Cristo es quien nos da la sabiduría espiritual. Sin la sabiduría de Dios estamos expuestos y podemos tomar una senda equivocada. Jesús es el único que posee el mapa completo de la vida y es quien guía nuestras vidas conforme al mapa de Dios para que no nos extraviemos.
Cuando Jesús se presentó como la luz del mundo, los escribas y fariseos reaccionaron con hostilidad. Ellos sabían que este título le correspondía solamente a Dios. David dijo: “Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?” (Salmos 27:1). Dios es nuestra luz, la oscuridad que nos cubría se ha desintegrado porque la gloria de Dios ha resplandecido en Jesucristo sobre nosotros. Dios es nuestra salvación, esto es, nuestro libertador y la fortaleza de nuestra vida, es un refugio para nosotros en tiempo de crisis; los escribas y fariseos no estaban dispuestos a aceptar estos. Isaías dice: “El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará, sino que Jehová te será por luz perpetua, y el Dios tuyo por tu gloria. No se pondrá jamás tu sol, ni menguará tu luna; porque Jehová te será por luz perpetua, y los días de tu luto serán acabados.” (Isaías 60:19-20). En la Iglesia ya no es necesaria la luz del sol ni la luz de la luna, porque la gloria de Dios provee toda la luz que necesita la Iglesia. La oscuridad se desvanecerá, y los días de luto, de dolor y de sufrimiento de la Iglesia se acabaran. El pueblo justo heredará las bendiciones de Dios porque este es el pueblo que ha sido plantado por Dios para que vea Su gloria. Los más humildes del pueblo serán bendecidos porque Dios lo ha decretado y se apresura a cumplirlo. Job también dice: que todas sus bendiciones y prosperidad que él tenía se debió a que: “A que Dios hacía resplandecer sobre su cabeza su lámpara, a cuya luz él caminaba en la oscuridad” (Job 29:3). Este es un relato magistral y nostálgico de los buenos tiempos cuando Job estaba rodeado de prosperidad. En ese tiempo este hombre disfrutaba del favor y la dirección de Dios porque la luz del Señor le cubría. “Tú, enemiga mía, no te alegres de mí, porque aunque caí, me levantaré; aunque more en tinieblas, Jehová será mi luz.” (Miqueas 7:8).  Jesús es la luz y el que le sigue andará en la luz; Él ha disipado las tinieblas moral que reinaba en nuestros corazones.
Jesús se describe a sí mismo como la luz del mundo, nos indica que el género humano está oprimido por el pecado, expuesto al juicio de Dios y necesitado de la salvación. Todo el género humano: judíos y gentiles, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, ricos y pobres, libres y esclavos; todos y cada uno de ellos en particular necesitan la iluminación espiritual y la salvación eterna que solo pueden recibir de él. Jesús al ignorante le da a conocer la sabiduría; al impuro, la santidad; a los tristes y enlutados, el gozo. Además, a todos los que por la gracia de Dios son atraídos a la luz y siguen su dirección, él le imparte estas bendiciones. Pero lamentablemente hay una separación, una división o antítesis absoluta, según aparece con claridad en estas palabras, “El que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. Algunos siguen la luz; otros no. Muchos son llamados; pero pocos son escogidos. Seguir la luz, o sea a Cristo, significa confiar en él y obedecerle. Significa creer en él y por gratitud guardar sus mandamientos. El hombre debe seguir la dirección de la luz: no se le permite trazar su propio curso a través del desierto de esta vida. En el desierto los antepasados habían seguido la columna de luz.  Los que la habían seguido la Nube de Gloria y no se habían rebelado, alcanzaron a llegar a Canaán. Los otros fallecieron en el desierto. Así es en este caso: los verdaderos seguidores de Cristo no sólo no andarán en la oscuridad de la ignorancia moral y espiritual, de la impureza, y de las tinieblas, sino que llegaran a la mansión de luz. La luz física –la de la columna de luz en el desierto o la de los candeleros en Tabernáculos —es una iluminación externa. Jesucristo como objeto de nuestra fe, se convierte en nuestra posesión íntima, es una luz que poseemos, y no de forma temporal, sino de forma permanente.  Jesús, es además la luz de la vida, es decir, la luz es en sí misma la vida. ¡Amén!