diciembre 19, 2014

El Cinismo de los Hombres

(1 Corintios 15:33-34)


“No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Velad debidamente, y no pequéis; porque algunos no conocen a Dios; para vergüenza vuestra lo digo”. Pablo está consciente de lo fácil que es para la gente aceptar principios y un estilos de vida pervertidos como algo normativos. Sin reflexionar en las cosas que están en juego, simplemente se descarrían adoptando creencias y conductas erróneas. Por esta razón, Pablo cita un proverbio de la obra Thais, del poeta griego Menandro: “Las malas compañías corrompen las buenas costumbres”. Cuando nos asociamos y deleitamos con malas compañías, corremos el riesgo de adoptar un lenguaje profano y grosero que corromperá nuestro buen carácter. Nuestra conversación revela nuestro ser interno, dañando o elevando nuestra reputación. Los que negaban la doctrina de la resurrección se burlaban de ella. Estos miopes espirituales sólo consideraban su existencia física, la que en su opinión terminaba con la muerte.
El cínico es el hombre impuro, obsceno, descarado y que carece de vergüenza a la hora de mentir o de defender acciones que son condenables. El cinismo señalaba que la sabiduría y la libertad de espíritu eran el camino a la felicidad, mientras que las cosas materiales eran despreciables. Los cínicos evitaban el placer para no convertirse en sus esclavos. Con el tiempo, el concepto de cinismo fue mutando y hoy se asocia con la tendencia de no creer en la bondad ni en la sinceridad del ser humano. Las actitudes cínicas están vinculadas al sarcasmo, a la ironía y a la burla. Si como cristianos mantenemos una intimidad con este tipo de personas, esa relación terminará por corromper nuestros principios y valores.  
Las  personas cínicas, que se jactan de su estilo de vida licenciosa, y que piensan que esta es la prueba indiscutible de su éxito; ignoran voluntariamente  que un día tendrán que rendir cuenta de sus actos.  El cinismo, es la condición del hombre que se caracteriza por un franco desprecio de las normas morales. Es una persona que de manera desvergonzada hace caso omiso de las normas de la decencia.  El cínico vulgariza y trivializa los valores y principios morales. “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1Corintios 6:9-10). Nuestro estilo de vida no es algo relativo, si persistimos en hacer lo que hacen los perversos correremos la misma suerte que ellos. La sociedad ha desarrollado una serie de complicados argumentos para apoyar su estilo de vida libertino. Los que hacen quizá esté más allá del alcance de la ley terrenal, pero no del justo juicio de Dios.
Existe el riesgo de dejarse arrastrar por las cosas del mundo: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:14-18).  Vivimos en un ambiente hostil, todavía existen prácticas paganas que pueden corromper nuestras vidas. En nuestro diario vivir a menudo entramos en contacto con todas clases de personas, costumbres y tradiciones, esto incluye el trato con nuestros familiares, amigos, y socios que pertenecen al mundo pagano.  El joven o la joven que escoge su cónyuge con las mismas orientaciones espirituales, tiene una probabilidad mucho mayor de tener un matrimonio exitoso, satisfactorio y duradero, y un estilo de vida provechoso que aquel que no lo hace.
Cuando los cristianos se mezclan con el mundo, lo que surge de esa mezcla es un sincretismo religioso. No debemos comprometer nuestra fe ni nuestra integridad espiritual. Es imposible una disociación total con el mundo pero cualquier acción que cause que nos comprometamos con el mundo debe ser evitada.  Olvidarnos que somos miembros del pueblo de Dios puede ser fatal. Pertenecer al pueblo de Dios significa ser santo (separado) para Dios. Isaías participó activamente en las políticas del rey Usías. “Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5).  Isaías se dio cuenta de que era impuro ante Dios, un ángel tuvo que pasarle un carbón encendido por sus labios, aunque no fue el carbón lo que lo limpió, sino Dios. Debemos estar limpios, confesar nuestros pecados y someternos al control de Dios.  Quizás resulte doloroso que Dios nos purifique, pero es necesario si en realidad queremos representar verdaderamente a Dios. El Señor es puro y perfectamente santo, justo y bueno. “La boca del justo producirá sabiduría; más la lengua perversa será cortada”. “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; más la lengua de los sabios es medicina”. “La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos” ¡Amén!

diciembre 17, 2014

El control del Espíritu Santo

(Efesios 1:15-23)

“Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”.
Someternos constantemente al Espíritu Santo, sin ninguna resistencia, nos permitirás tener una comunión permanente con Dios. Si obedecemos al Espíritu, en poco tiempo, veremos un gran cambio en nuestra vida personal, familiar y también en nuestra economía. Nuestras vidas necesitan ser habitadas y regidas por el Espíritu de Dios. Nuestra mente, sensibilidad  y voluntad deben estar controladas por el Espíritu Santo. Es preciso que él se mantenga fluyendo en nuestro ser para poder entrar a la presencia del Padre. “Porque por medio de él [Cristo] los unos [judíos] y los otros [gentiles] tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Efesios 2:18).  Es “en” o “por medio de” el Espíritu que el hombre tiene acceso al Padre. Nuestro acercamiento al Padre se halla asociado con la presencia interna y el poder capacitador del Espíritu Santo.
“En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Lucas 10:21-22). “En aquel tiempo” aquí indica “el tiempo del regreso de los setenta y dos y el informe que trajeron”. Al mencionar el hecho de que Jesús se regocijó grandemente “en el Espíritu Santo”, Lucas quiere decir que el Espíritu por el cual el Señor fue ungido fue la causa y el originador de su gozo y acción de gracias. Lleno entonces, del Espíritu Santo y regocijándose por el informe recibido de los setenta y dos, Jesús eleva su corazón y voz a su Padre y dice: “Te alabo Padre,” etc. Los verdaderos hijos de Dios no “son sabios en su propia opinión” ni tienen confianza en sí mismos sino que están conscientes de su completa dependencia del poder y misericordia del Padre. “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados” (Isaías 57:15). La relación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo es tan estrecha, la unión tán intima e indisoluble, que es imposible deshonrar al Hijo sin deshonrar también al Padre y al Espíritu Santo.
El Hijo de Dios fue dotado con el Espíritu de Jehová, esto es, con el Espíritu de sabiduría y entendimiento, de consejo y poder, de conocimiento y de temor de Jehová. Todas estas cualidades espirituales y muchas más les han sido confiadas a Jesús por el Padre, a fin de que de él como de una fuente fluyan hacia nosotros. Solo el Padre puede penetrar en las profundidades y esencia del Hijo, solo Dios conoce sus tesoros infinitos de sabiduría, gracia y poder, con los que el Hijo ha sido dotado por el Espíritu Santo. “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:14-16). Es por medio del Espíritu que los hijos de Dios deben hacer morir las obras vergonzosas del cuerpo. Es del Espíritu de quien recibimos la certeza de que ciertamente somos hijos de Dios. Tenemos una obligación que cumplir; pero no la podemos cumplir por nuestro propio poder. ¿Cómo, entonces? Para poder cumplir con nuestras obligaciones necesitamos hacer “por el Espíritu” y de ningún otro modo.
Entre los atributos que nos permiten tener acceso al Padre por medio del Espíritu se pueden mencionar los siguientes: reverencia, fervor, tenacidad, amor a Dios y al prójimo, la capacidad de distinguir entre lo que es necesario y lo que es meramente un deseos o preocupación por la humanidad, la espontaneidad o naturalidad, y una fe sencilla que agrada a Dios como la que tenía Abraham. Cuando los creyentes tienen estas cualidades actúan como los hicieron los hombres y mujeres de Dios en el AT. Vemos el fervor de la intercesión de Abraham por las ciudades de la llanura; la lucha de Jacob en Jaboc; la súplica de Moisés en favor del pueblo de Israel; la oración de Ana pidiendo un hijo; la respuesta de Samuel al llamado de Jehová; su “clamor” a Dios en Ebenezer; las innumerables confesiones, súplicas, expresiones de acción de gracias y adoración de David (en los Salmos); la oración de Salomón al dedicar el templo; las súplicas de Josafat cuando fue asediado por sus enemigos; las “intersecciones” en la oración de Esdras y de Nehemías; la confesión de Daniel; la oración del publicano, de la iglesia primitiva, de Esteban, y de Pablo; y el vivo anhelo de la Iglesia por la venida de Cristo.
La gloria de Dios estará en todo aquel que le permita al Espíritu Santo llenarlo y tener autoridad en él. Tenemos que aprender a no actuar ni conducirnos siguiendo nuestros sentimientos ni debemos hacer las cosas por lo que ven nuestros ojos, tenemos que actuar por la fe, servir de acuerdo con la voluntad del Señor y glorificar a Dios en todos los que hacemos. Nuestro sistema nervioso es muy sensible y es fácilmente estimulado por las circunstancias. Las conversaciones, las actitudes, el ambiente y las relaciones que tenemos con los demás pueden fácilmente afectarnos. Nuestra mente tiene muchos pensamientos, planes e imaginaciones, pero todos son muy confusos sin la iluminación del Espíritu Santo. Nuestra voluntad tiene muchas opciones e ideas y le encanta actuar según sus caprichos pero sin la guía del Espíritu el fracaso será inevitable. Ninguna  de nuestras facultades nos dará la paz interior que necesitamos. Solo el Espíritu nos llenara del amor de Dios y de sus frutos, entre ellos, una paz que sobrepasa todo entendimiento. ¡Amén!

diciembre 16, 2014

Una vida conforme a la Palabra

(Santiago 1:17-19)

“Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas. Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse”. Para llegar a ser maduro y completo, el creyente debe ir a Dios y buscar en él todos los necesarios para la vida material y espiritual. Los dones de Dios son sin cargos ni intereses tampoco se nos exiges devolverlos. Muchos de nosotros no alcanzamos a comprender el significado del derramamiento del Espíritu Santo y nos negamos a aceptar la verdad de Dios. Con la venida de Jesús y el derramamiento del Espíritu se nos enseña que “dar continuamente” es una de las características de Dios. Primero nos dio a Su Hijo y luego de la muerte, sepultura, resurrección y ascensión del Hijo; nos dio al Espíritu Santo. Dios tiene un interés permanente y especial en sus hijos. La paternidad es parte de la naturaleza de Dios. El es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo y, por nuestra filiación con Cristo, es también nuestro Padre. Él nos dio nueva vida en Cristo Jesús para que esa vida sea preservada nos manda a vivir conforme a Su palabra.
Para vivir conforme a la Palabra debemos escuchar la Palabra. Escuchar es un arte difícil de dominar, ya que significa centrar nuestro interés en la persona que habla, es decir, para escuchar a Dios tenemos que centrar nuestro interés en El. Tenemos que cerrar nuestra boca y abrir los oídos y el corazón al que nos habla desde los cielos. “Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos” (Hebreos 12:25). Esta amonestación nos ha sido dada en diversas formas en las Escrituras. “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado” (Hebreos 3:12). Como representante de Dios, Moisés se los había advertido repetidamente a los israelitas, pero éstos habían repudiado la Palabra. No quisieron escuchar y al rechazar la Palabra de Dios, rechazaron a Dios. “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios” (Hebreos 10:26-27).
El que habla es obviamente Dios, aquel cuya palabra sacudió la montaña e hizo que el pueblo temblara de miedo. Para que no se desalentaran por medio del profeta Hageo, Dios habló a los israelitas y dijo: “Porque así dice Jehová de los ejércitos: De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca; y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Hageos 2:6-7). El profeta predijo un sacudimiento de los cielos y de la tierra para demostrar la secuencia y el efecto de la obra de Cristo. La tierra se sacudió literalmente cuando Cristo murió y cuando resucitó. Pera fue a través de la predicación del evangelio y del derramamiento del Espíritu Santo que Dios sacudió a todo el mundo.
Para vivir conforme a la Palabra debemos obedecer las Escrituras. Considere el caso de Moisés, que se enojó con los israelitas y no escuchó las instrucciones que Dios le había dado. “Entonces Moisés tomó la vara de delante de Jehová, como él le mandó. Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias. Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado” (Números 20:9-12). La desobediencia e incredulidad nos privan de las bendiciones de Dios. Hace falta una limpieza espiritual para que la Palabra de Dios, ya sea en forma escrita o hablada, pueda entrar en nuestras vidas. Una planta, necesita cuidado constante. Si la planta es privada de agua y de nutrición, morirá. La Palabra requiere un cuidado y una aplicación diligente para que podamos crecer y madurar espiritualmente.
Para vivir conforme a la Palabra debemos recibirla con humildad. No con debilidad pero sí con mansedumbre. Al aceptar la Palabra, en nuestros corazones debemos estar libres de la ira, la malicia y de toda amargura. En su lugar debemos demostrar la benignidad y humildad del Señor. La Palabra de Dios fielmente proclamada y escuchada con atención puede salvar a quien la oye. Tiene el poder de transformar vidas porque es viva y activa. La palabra salvar tiene en la Escritura un significado mucho más profundo del que habitualmente le otorgamos. El verbo salvar implica no solamente la salvación del alma sino la restauración de la vida. Salvar significa hacer que la persona sea íntegra y completa en todo. Y eso es lo que la Palabra de Dios puede hacer por el creyente. El evangelio es poder de Dios y obra en todo aquel que cree. ¡Amén!

diciembre 15, 2014

Una purificación activa

(2 Corintios 4:6)

“Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”. En el camino a Damasco, Dios resplandeció en el corazón de Pablo. Se dio cuenta de que Jesús a quien él había aborrecido y al que él creía que estaba sepultado en un sepulcro de Judea era en realidad el Señor de la gloria. La iluminación, viene a la persona por el conocimiento de la gloria de Dios. El evangelio es la luz por la que los creyentes contemplan la gloria de Dios revelada en Jesucristo. La frase “en la faz de Jesucristo” compendia la discusión de Pablo sobre el resplandor de la gloria de Dios en el rostro de Moisés, y la gloria del Señor que los creyentes ven y reflejan. Los israelitas le rogaron a Moisés que cubriera su cara, pues así no tendrían que ver el resplandor de su rostro. Pero los creyentes, iluminados por el evangelio, ven la faz de Jesucristo y contemplan su gloria—“la gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).
La revelación de este conocimiento de la gloria de Dios; nos ha sido dados por medio del Hijo. “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos” (Hebreos 1:1-4).  Todas las perfecciones que se encuentran en Dios se encuentran también en Jesús. La gloria de los atributos morales y espirituales de Dios se ven también en Cristo. El Señor Jesús es la representación exacta del ser y de la esencia de Dios. En todas las formas concebibles, Cristo representa al Padre de una manera exacta. El Hijo, siendo Dios, nos revela por Sus palabras y manera de ser cómo es Dios.
Para ser santo debemos ser creyentes activos e implementar un proceso de purificación y santificación activo que debe ir acompañado e inseparablemente unido a la iluminación progresiva y a la intensidad de nuestra unión con Dios.  Por la gracia del Señor Jesucristo y la comunión en el Espíritu Santo tenemos la posibilidad y la facilidad de vivir en santidad. Dios nos está llamando a renunciar a las malas inclinaciones, a los hábitos y vicios adquiridos que corrompen nuestros ser interior. Dios ha puesto a nuestra disposición de manera sobrenatural la posibilidad y facilidad, por medio de la Palabra y del Espíritu Santo, de purificar y santificar nuestras vidas. Los vocablos hebreo y griego para “santidad” transmiten la idea de puro o limpio en sentido espiritual, apartado de la corrupción. La santidad de Dios denota su absoluta perfección moral.
La santidad es la participación del creyente en la vida de Cristo. El cristiano debe ser lo suficientemente obedientes a la figura de Cristo como para representarle fielmente. Los santos son considerados un modelo de santidad a imitar. Al creyente se le exige un alto nivel de santidad y moralidad. “Oh Jehová Dios, levántate ahora para habitar en tu reposo, tú y el arca de tu poder; oh Jehová Dios, sean vestidos de salvación tus sacerdotes, y tus santos se regocijen en tu bondad” (2 Crónicas 6:41). Dios demanda de nosotros una purificación activa de los sentidos. Los sentidos externos, son aquellos cuyos órganos, colocados en diferentes partes externas del cuerpo, perciben directamente las propiedades materiales de las cosas exteriores. “Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mateo 5:29). Los sentidos internos son aquellos en los que se recogen, conservan, estiman y evocan las sensaciones. Los sentidos internos son cuatro: 1.- el sentido común, 2.- la fantasía o imaginación, 3.- la facultad estimativa y 4.- la memoria sensitiva. Residen todos en el cerebro, aunque no se ha determinado todavía su localización exacta.
La purificación activa de los sentidos tiene por objeto contenerlos y someterlos plenamente al control del espíritu y de la razón. “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24). Tenemos dos naturalezas, la naturaleza pecaminosa que recibimos de Adán y la espiritual que recibimos de Dios. Estas dos naturalezas se oponen en sus deseos y propósitos. La carnal quiere satisfacer sus deseos carnales. La espiritual quiere agradar a Dios. La naturaleza espiritual es el deseo interno que tenemos de hacer el bien. Para el cristiano poder hacer lo que la naturaleza espiritual le pide y exige es necesario que experimente la vida que tiene en Cristo.
La vida en el Espíritu no es legalismo ni nos da licencia para vivir una vida en la carne. Vivir en el Espíritu no significa ser pasivo sino dejar que el Espíritu nos guíe. El caminar en la carne es evidente por los frutos que produce. Purifiquémonos y santifiquémonos de las violaciones a la ley moral, de la contaminación sexual y religiosa. “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”. Renunciemos a toda impureza moral en pensamiento, palabras y hechos. ¡Amén!

diciembre 12, 2014

No hay otro camino posible

(Mateo 16:24-25)

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”. Seguir a Jesús significa seguir a un hombre que sería humillado, maltratado y crucificado. Jesús no les encubrió a sus discípulos las demandas difíciles del discipulado, aun bajo riesgo de asustarlos, o de ahuyentarlos. El camino a la cruz sería literal para Jesús y para algunos de sus seguidores, pero para todos sería un principio que significaría renunciar a sí mismos, y a las cosas del mundo. No se trata de renunciar a una o dos cosas, por más importantes que estas sean, sino de renunciar a todas las demandas egoístas de la vida. Lo que Jesús nos pide es un cambio radical de un ser egocéntrico a un ser Cristocéntrico.
La autopreservación como uno de los instintos fundamentales del hombre, muchas veces es la preservación del hombre natural o carnal. Cristo no nos demanda la negación de nuestra personalidad, sino que nos presenta el único camino para que cada uno descubra su verdadero ser y la libertad del dominio del ego. El discípulo de Cristo tiene que cargar con su propia cruz y seguir a Cristo hasta la cumbre del Calvario; no para ver cómo le crucifican a él, sino para dejarse crucificar juntamente con él. La comodidad debe ser puesta a un lado y el amor propio debe ser humillado. Los cobarde pueden inventarse nuevas fórmulas e inventar nuevos sistemas de santificación, cómodos y fáciles, pero todos están inexorablemente condenados al fracaso. Para el discípulo de Cristo no existen victorias sin batallas ni éxitos sin esfuerzos.  Los líderes que se han lanzado a logar grandes conquistas han expresado los sacrificios que deben realizarse para lograrlas. Somos soldados de Cristo y muchas veces nos aguardaban penurias y sufrimientos pero el triunfo del creyente es seguro. Sin sacrificio no es posible obtener la redención ni la libertad.
Tomar la cruz y seguir a Cristo, significa subir al altar y sacrificar nuestras apetencias personales y todos aquellos que nos impida seguir a nuestro líder. Si alguno quiere... (v. 24) es la clave. Esta frase es condicional, es algo voluntario, y la invitación está abierta para todos, pero depende de cada uno. Es una oración condicional, de primera clase, y presume la realidad de la premisa. Jesús espera que todas las personas razonables se dediquen a seguirle. En el texto hay tres imperativos, para el que quiera ir en pos, o detrás, de él. 1.- Negarse a sí mismo, y 2.- tomar su cruz son dos imperativos en tiempo aoristo que denotan una acción decisiva, inmediata, y puntual. “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:11). Los que eran condenados a morir en la cruz tenían que “tomar su cruz” y llevarla hasta el sitio de la ejecución. El tercer imperativo, “sígame”, está en tiempo presente y denota una acción continuada, y repetida. Jesús dice que el que quiera seguirle debe adoptar una norma y actitud, de negarse a sí mismo y tomar su cruz. Seguirle es una acción que continúa por el resto de su vida.
Muchos están poniendo en juego los valores cristianos por el amor al dinero y con esta acción corren el riesgo de perder la vida eterna. Algunos lo quieren todo para sí pero no están dispuestos a dar su vida al Señor. Muchos en esa búsqueda frenética de las cosas materiales no solo perderán la vida física sino también la salvación de su alma. Las consecuencias de seguir siendo una persona egocéntrica son devastadoras. El que decida seguir el camino de la autopreservación, y así salvar su vida, la perderá, porque es una vida egocéntrica. En cambio, el que decide seguir en pos de Jesús, el que pierda su vida por Su causa, encontrará la verdadera vida en toda su plenitud. Obsérvese el énfasis: el que quiera salvar su vida... Otra vez depende de la voluntad de cada individuo. Jesús emplea dos preguntas que obligan al creyente a la reflexión y muestran el peligro de seguir el principio de la autopreservación de forma egoísta, acumulando cosas. ¿Qué cosa es de tanto valor para intercambiarla por tu alma? En un negocio uno da algo y recibe algo. Es un mal negocio si lo que recibe es de poco o de ningún valor en comparación con lo que entrega. Jesús dice que el alma vale más que el mundo entero.
“Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Corintios 9:26-27).  El creyente como un atleta que corre, debe fijar sus ojos en la meta, porque no puede darse el lujo de correr sin dirección. A lo largo de toda la carrera cristina, la meta está siempre delante de nosotros. Ningún creyente puede perder de vista su meta final. No podemos relajarnos ni dejar de esforzarnos espiritualmente, imitemos y corramos hacia la meta como los hacía Pablo.
Pablo no quiere decir que él literalmente golpee su cuerpo. Fueron sus enemigos los que lo golpearon, y no tenemos ninguna razón para pensar que él se azotara o golpeara a sí mismo. Con la expresión esclavizar o servidumbre, Pablo nos indica que él tenía disciplina y  dominio propio y que se dedica a lograr su propósito en Dios. El creyente controla su forma de vida para que nadie lo acuse de contradecir con su vida el evangelio que predica. Se esfuerza física y mentalmente para beneficio del evangelio. Lo que quiere decir es que el evangelio que predica es una realidad en su vida. Si somos indisciplinados y no ejercemos el dominio propio que nos ha sido dado por Espíritu quedaremos descalificados. “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”. ¡Amén!

diciembre 11, 2014

La naturaleza de la concupiscencia

(Romanos 7:15)

“Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago”. Este texto describe la lucha que libra el creyente que no se ha identificado plenamente con Cristo. El hombre que intenta alcanzar y vivir en santidad a través de su propio esfuerzo, pronto descubrirá que esa es una batalla perdida, y no debe de sorprendernos, porque la naturaleza humana caída y arruinada por el pecado, no tiene el poder para conquistar el pecado y vivir en santidad. La vieja naturaleza en su estado de corrupción, no es capaz de vencer el poder del pecado. En su miseria, el creyente reconoce que es incapaz de liberarse por sí mismo de esta ofensiva y repugnante esclavitud y que necesita ayuda de una fuente externa. “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado”. Con su mente renovada, es decir, con su nueva naturaleza, el creyente sirve a la ley de Dios, mas en la carne o vieja naturaleza sirve a la ley del pecado. Es el Espíritu Santo quien nos libertad del pecado y de la muerte cuando aplica los beneficios de la obra redentora de Cristo; él nos da la fuerza para servir a Dios; el Espíritu nos da la victoria sobre el pecado y sobre el temor a la muerte; nos guía en el servicio de adoración que realizamos para Dios. El es quien da testimonio a nuestro espíritu de nuestra filiación como hijo de Dios; y quien nos ayuda en la oración e intersección.
La concupiscencia es la tendencia propia y característica de nuestra sensualidad. Es nuestra concupiscencia la que provoca en nosotros una sed insaciable de placer. El horror al sufrimiento no es más que una consecuencia lógica y el aspecto negativo de esta sed.  Huimos del dolor porque amamos más el placer de este mundo que los padecimientos de Cristo. Esta tendencia al placer es lo que se conoce con el nombre de concupiscencia. Este deseo de placer reside propiamente en los apetitos sensitivos; pero participa también de ella el alma, por su íntima unión con el cuerpo. A raíz de la caída del hombre, se rompió el equilibrio entre nuestras facultades. Ante de la caída de Adán y Eva, el placer y nuestros apetitos inferiores estaban sujetos plenamente a la razón; debido a la caída y  ruptura de nuestro equilibrio, la concupiscencia y apetitos carnales se oponen a las exigencias de la razón y nos empujan hacia el pecado. “Porque no hago el bien que quiero [lo que quiere el espíritu y la razón], sino el mal que no quiero [lo que quiere la concupiscencia y el placer], eso hago”. Es un combate entre la carne y el espíritu, una  lucha encarnizada e incesante por eso debemos someter nuestros instintos corporales al control y gobierno del espíritu y de la razón iluminada por el Espíritu Santo.
En su sentido etimológico, la concupiscencia es el deseo que produce satisfacción, "El deseo desmedido" no en el sentido del bien moral, sino el deseo que produce una satisfacción carnal. El apetito sensual, concupiscente, es la gratificación de los sentidos. El vocablo “concupiscencia” tiene dos acepciones que son, por un lado la tendencia a pecar y por el otro los "impulsos" que están ligados a la naturaleza caída. Son estos impulsos que deben ser regidos por el espíritu, la prudencia y la razón humana, iluminada por Espíritu Santo.
La dificultad que tenemos los creyentes está en señalar cuál es el límite que separa el placer honesto y ordenado por Dios, del placer desordenado y prohibido. Hay muchos para quienes los placeres lícitos sirven con frecuencia de aliciente e incentivo para hacer cosas desordenadas e ilícitas. El placer de la comida les cautiva; en lugar de comer para vivir viven para comer. Los placeres de la mesa le preparan el camino a los placeres de la carne; la glotonería es la antesala de la lujuria. La sensualidad encuentra el terreno abonado por la ociosidad. “Aconteció al año siguiente, en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab, y con él a sus siervos y a todo Israel, y destruyeron a los amonitas, y sitiaron a Rabá; pero David se quedó en Jerusalén. Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa. Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: Aquella es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo. Y envió David mensajeros, y la tomó; y vino a él, y él durmió con ella. Luego ella se purificó de su inmundicia, y se volvió a su casa” 2 Samuel 11:1-4). David mandó por la mujer de Urías y cometió adulterio con ella. Luego trató de esconder su pecado. David instruyó a Urías a regresar a su casa, esperando que tuviera relaciones con Betsabé. Entonces, al nacer el niño, Urías pensaría que era suyo. Sin embargo, Urías estropeó los planes de David. En vez de regresar a su casa, Urías durmió a la puerta de la casa del rey; sintió que no era apropiado que él gozara de la comodidad de su casa mientras su nación estaba en guerra. La ociosidad es sinónimo de la vagancia, pereza, inactividad, holgazanería, y desidia. La voluntad más enérgica está expuesta a sucumbir con facilidad sometida imprudentemente a la dura prueba de una ocasión sugestiva. Lo mejor es huir de la tentación como lo hizo José cuando la mujer de su amo trato de seducirlo. ¡Apártate de todos los que traten de seducir a pecar contra Dios!

 Nuestra santidad depende de nuestra unión con Cristo. Si nos separamos de él no lograremos alcanzar nuestro objetivo. “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer (Juan 4:4-5). ¡Amén!

diciembre 10, 2014

La posesión, residencia y alteración

(Mateo 4:23-25)

“…; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó. Y le siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán.” Sanó a todos los afligidos, incluyendo aun a los endemoniados, epilépticos y paralíticos. Los curaba inmediata y completamente. No era necesario un segundo tratamiento.
“... Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:14-17). Los endemoniados fueron liberados, los espíritus malignos que los controlaban fueron expulsados por la palabra y el poder de Cristo. Esta era una señal que indicaba que el reino de Dios había llegado de una forma especial, que el poder de Satanás estaba siendo restringido, y que el “hombre fuerte” estaba siendo atado. Todos fueron sanados sin importar qué tipo de enfermedad tenían o padecían ni que tan grave era, si era “incurable” o “mortal”.
La realidad de la posesión diabólica es un hecho absolutamente indiscutible. En los evangelios aparecen varios casos de verdadera y auténtica posesión. Una posesión demoníaca ocurre cuando una persona está endemoniada, o simplemente poseída, cuando un espíritu impuro o inmundo entra en su cuerpo y le hace hablar y comportarse, no como ella quisiera, sino como el espíritu que mora en ella quiere. Los signos exteriores de la posesión son casi siempre los mismos: la individualidad se desvanece y surge una distinta, y demoníaca. Las personas endemoniadas presentaban unos síntomas determinados, como poner los "ojos en blanco", la llamada xenoglosia (hablar en lenguas desconocidas), la aparición de "dermografismos" (escrituras demoniaca), la conducta violenta, desorganizada o inhabitual en la persona; y las convulsiones. A las que se añadían la memoria o personalidad “borrada”, la respiración agónica, la animadversión a lo sagrado, la aparición de enfermedades sin causa aparente, el acceso a conocimientos sobre sucesos y cosas ocultas (la llamada gnosis) y el lenguajes extranjeros (la llamada glossolalia) o hablar y entender lenguas desconocidas por el sujeto, muchas de ellas "muertas" (que han dejado de existir), los supuestos cambios drásticos en la entonación vocal y en la estructura facial, la aparición repentina de lesiones (arañazos, punciones y diferentes marcas), las cicatrices "espontáneas" y la fuerza desproporcionada.
“Pero algunos de los judíos, exorcistas ambulantes, intentaron invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, diciendo: Os conjuro por Jesús, el que predica Pablo. Había siete hijos de un tal Esceva, judío, jefe de los sacerdotes, que hacían esto. Pero respondiendo el espíritu malo, dijo: A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois? Y el hombre en quien estaba el espíritu malo, saltando sobre ellos y dominándolos, pudo más que ellos, de tal manera que huyeron de aquella casa desnudos y heridos (Hechos 19:13-16). Los judíos exorcistas que vieron a Pablo echar fuera a los demonios en el nombre de Jesús quedaron intrigados. Se dieron cuenta que sus propios poderes mágicos habían fallado, pero las palabras pronunciadas por Pablo resultaron efectivas. Los apóstoles sanaban a la gente en el nombre de Jesús, no como practicantes de la magia sino para demostrar la autoridad de Jesús.  Los charlatanes judíos en Éfeso dirían a los espíritus malos, “Te conjuro por el nombre de Jesús, a quien Pablo predica, que salgas”. Su conjuro es derivativo, porque incluye el nombre de Pablo. Además, ellos se exponen a sí mismos como incrédulos, porque sus palabras muestran que es Pablo, no ellos, quien servía a Jesús.
La posesión demoníaca es el término con que se describe el control interno, intermitente o permanente, por un demonio de las acciones del cuerpo de un ser humano. Los demonios pueden entrar en el cuerpo de una persona de varias maneras, principalmente debidos a las prácticas del espiritismo en sus diversas formas como: la invocación de espíritus, los pactos con Satanás, la astrología, la cartomancia, y el uso de la tabla güija, etc.
Judas actuó poseído por Satanás: “Estaba cerca la fiesta de los panes sin levadura, que se llama la pascua. Y los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo matarle; porque temían al pueblo. Y entró Satanás en Judas, por sobrenombre Iscariote, el cual era uno del número de los doce; y éste fue y habló con los principales sacerdotes, y con los jefes de la guardia, de cómo se lo entregaría. Ellos se alegraron, y convinieron en darle dinero. (Lucas 22:1-5). Otro caso de posesión es el de Ananías y Safira su mujer: “Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad, y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles. Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?” (Hechos 5:1-3).
Existen por lo menos cuatros niveles de fortaleza espiritual. El primero es la influencia, en este nivel Satanás actúa desde fuera. El segundo es la opresión, en este nivel Satanás también actúa desde fuera. El tercero es la posesión, en este nivel Satanás actúa desde dentro de la persona y el cuarto es la enajenación en este nivel la persona pierde totalmente el control de su cuerpo como ocurría con el endemoniado de Gadara. Los verdaderos cristianos no pueden ser poseídos ni enajenados porque el Espíritu Santo mora en ellos y el Espíritu Santo no puede cohabitar con un demonio. La persona o es morada del Espíritu Santo o es morada de los demonios. Pero no pueden ocurrir las dos cosas a la vez. Lo que si puede hacer Satanás es influenciar y oprimir al creyente como ocurrió con Pedro. “Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mateo 16:23). [El tema se me ha hecho muy largo, lo dejo hasta aquí] ¡Amén!