septiembre 12, 2014

La mirada del espíritu

(Hebreos 12:2)

“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.” En la vida cristiana tenemos una meta. El cristiano no es una persona que anda despreocupadamente por los senderos de la vida, sino un peregrino que sabe adónde va. No es un turista pasando la noche en un punto cualquiera, sino un hombre o mujer que va de camino al Paraíso. Su meta es la misma meta de Cristo. La vida cristiana tiene un destino; el cristiano es como un corredor que compite a la vista del público; y los espectadores [los que han obtenidos la corona con anterioridad] nos miran con muchos interés. En la vida tenemos muchas veces que desembarazarnos de cosas. Puede que sean hábitos, placeres, excesos, o contactos que nos condicionan. Debemos despojarnos de esas cosas como hacen los atletas que se despojan de todos aquellos que agregue peso a sus cuerpos. La palabra πομον [hypomoné] "paciencia" no se refiere a la paciencia que acepta las circunstancias, sino a la que las dominas. No es nada meramente romántico lo que nos permite superar las dificultades y los obstáculos en la vida. Es nuestra determinación la que nos permite persistir, esforzarnos y rechazar el desánimo. Los obstáculos no nos intimidan, y las dificultades no nos quitan la esperanza. Por medio de la paciencia logramos una entereza inalterable que se mantiene hasta que hayamos alcanzar la meta. En la vida cristiana tenemos una presencia, la presencia de Jesús, Que es al mismo tiempo la meta y nuestro compañero de viaje, hacia el que nos dirigimos y con quien vamos. Lo maravilloso de la vida cristiana es que proseguimos adelante rodeados de santos, sin interés en nada más que en la gloria de Cristo, y siempre en compañía de Jesús quien ya ha recorrido el camino y alcanzado la meta. Jesús es quien nos espera para darnos la bienvenida cuando lleguemos al final de la carrera.
La Biblia no hace ningún esfuerzo para definir la fe.  En la epístola a los hebreos se afirma lo que la fe es en operación, no lo que es en esencia. Se asume la presencia de la fe, y el escritor nos muestra lo que ella produce, no precisamente lo que ella es. Se nos dice de dónde procede, y por qué medio viene.  "La fe es un don de Dios" y "la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios!' Tomás de Kempis dice: "Prefiero ejercer la fe, antes que definirla!' Cada vez que aparezca la palabra "fe" debe entenderse como fe en acción, tal como es ejercida por un hombre que es un verdadero creyente. El pueblo de Israel se desalentó, y murmuró contra Dios, y Dios envió entre ellos serpientes ardientes. "Estas mordían a las gentes, y muchos murieron!' Moisés intercedió ante el Señor por ellos y el Señor les dio un remedio. Le ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de metal, y la pusiera enroscada en un poste en medio del campamento, de modo que cualquiera pudiera verla. "Será que cualquiera que fuere mordido, y mire a la serpiente, vivirá!' Así lo hizo Moisés. "… cuando alguna serpiente mordía a ¡alguno, miraba a la serpiente de metal, y vivía" (Números 21:4-9). En el Nuevo Testamento encontramos la explicación de este suceso y nada menos que por el propio Señor Jesucristo.  El les explica a sus oyentes como pueden ser salvos. Y les dice que es por medio de la fe. Para hacer bien clara su explicación recurre al libro de Números. "Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:14, 15).
El hombre inteligente que lee esto no tardará en hacer un descubrimiento: las palabras mirar y creer son sinónimas. La palabra "mirar" que se emplea en el Antiguo Testamento tiene idéntico significado que la palabra "creer."  Mirar la serpiente es lo mismo que creer en Cristo. Pero debemos tener en cuenta que mientras los israelitas tenían que mirar con sus ojos físicos, los creyentes del Nuevo Testamento deben creer con el corazón.  La fe es la mirada del alma que se dirige a un Dios salvador. "A él miraron, y fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados" (Salmo 34:5). "A ti, que habitas en los cielos, alcé mis ojos; he aquí que como los ojos de los siervos miran a la mano de sus señores, y como los ojos de la sierva a la mano de su señora, así nuestros ojos miran a Jehová nuestro Dios, hasta que halla misericordia…" (Salmo 123:1-2).  El hombre que busca misericordia, es aquel que mira rectamente a Dios hasta que halla misericordia. Nuestro Señor mismo siempre miraba a Dios, "Y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos" (Mateo' 14:19).  La verdad es que Jesús enseñó siempre que todo lo que él hacía podía hacerlo porque se mantenía mirando a Dios. Su poder descansaba en el hecho de que siempre su mirada estaba puesta en su Padre (Juan 5:19-21).
Creer, entonces, es dirigir la atención del corazón hacia Cristo. Es levantar la mirada  como la levantó Juan el Bautista cuando dijo: "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo." La fe es la virtud que menos piensa en sí misma. Por su propia naturaleza es escasamente consciente de que existe. Mientras estamos mirando a Dios, no nos estamos mirando a nosotros mismos, El hombre que ha luchado por purificarse a sí mismo, y no ha conseguido nada más que fracasos, encontrará grande alivio al quitar la mirada de sí mismo y fijarla en aquel Único que es perfecto.  Mientras mire a Jesús, se realizarán dentro de ti todas aquellas cosas que ha deseado  por tanto tiempo. Dios estará dentro de ti, obrando el querer y el hacer por su buena voluntad. La fe, por sí sola, no es un acto meritorio; el mérito depende de aquel en quien se pone la fe. La fe es un cambio de mirada: dejamos de mirarnos a nosotros mismos para mirar a Dios.  El pecado ha distorsionados nuestra visión interior. La incredulidad es poner al yo en el lugar que le corresponde a Dios  La palabra nos induce a levantar nuestros ojos a Cristo y allí comienza la vida de fe. Al levantar nuestra mirada hacia Dios podemos esta seguros de hallar una mirada amistosa, porque está escrito que los ojos de Jehová recorren toda la tierra para ver a los que tienen corazón perfecto para con él. ¡Amén!

septiembre 11, 2014

Soldados de la luz

(Juan 8:12)

“Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. La palabra griega κολουθεν que se traduce seguir tiene varios significados. Esos significados se combinan entre sí para mostrarnos un raudal de luz sobre lo que significa seguir a Jesús. En las largas marchas, a las batallas o en las campañas en tierras extrañas, el soldado sigue a su capitán adonde este le dirija. El cristiano es un soldado cuyo general es Jesús y como soldado debe seguir a su comandante a donde quiera que él le dirija. Jesús no es solo nuestro general, es también nuestro amo. El siervo está al servicio de su amo. El siervo siempre está dispuesto a salir y cumplir con cualquier tarea que le encomiende su amo porque él está totalmente a disposición de su amo. El cristiano es un siervo cuya felicidad consiste en estar siempre al servicio de Cristo. El cristiano camina, dirige su vida y su conducta de acuerdo, es decir, de conformidad con el consejo de Cristo. El cristiano, como ciudadano del Reino de los Cielos, obedece la ley del Reino y deja que  Cristo gobierne su vida. El obedece las enseñanzas de Jesús, y las escuchas con atención para no perderse absolutamente nada. Recibe el mensaje de Cristo en su mente, y lo entiende; recibe sus palabras en la memoria, y las guarda, conserva las palabras de Cristo en el corazón y las vive. Ser seguidores de Cristo es entregarse en cuerpo, alma y espíritu a la obediencia y empezar a caminar en la luz. Cuando caminamos solos corremos peligros, podemos errar en el camino. Cristo es quien nos da la sabiduría espiritual. Sin la sabiduría de Dios estamos expuestos y podemos tomar una senda equivocada. Jesús es el único que posee el mapa completo de la vida y es quien guía nuestras vidas conforme al mapa de Dios para que no nos extraviemos.
Cuando Jesús se presentó como la luz del mundo, los escribas y fariseos reaccionaron con hostilidad. Ellos sabían que este título le correspondía solamente a Dios. David dijo: “Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?” (Salmos 27:1). Dios es nuestra luz, la oscuridad que nos cubría se ha desintegrado porque la gloria de Dios ha resplandecido en Jesucristo sobre nosotros. Dios es nuestra salvación, esto es, nuestro libertador y la fortaleza de nuestra vida, es un refugio para nosotros en tiempo de crisis; los escribas y fariseos no estaban dispuestos a aceptar estos. Isaías dice: “El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará, sino que Jehová te será por luz perpetua, y el Dios tuyo por tu gloria. No se pondrá jamás tu sol, ni menguará tu luna; porque Jehová te será por luz perpetua, y los días de tu luto serán acabados.” (Isaías 60:19-20). En la Iglesia ya no es necesaria la luz del sol ni la luz de la luna, porque la gloria de Dios provee toda la luz que necesita la Iglesia. La oscuridad se desvanecerá, y los días de luto, de dolor y de sufrimiento de la Iglesia se acabaran. El pueblo justo heredará las bendiciones de Dios porque este es el pueblo que ha sido plantado por Dios para que vea Su gloria. Los más humildes del pueblo serán bendecidos porque Dios lo ha decretado y se apresura a cumplirlo. Job también dice: que todas sus bendiciones y prosperidad que él tenía se debió a que: “A que Dios hacía resplandecer sobre su cabeza su lámpara, a cuya luz él caminaba en la oscuridad” (Job 29:3). Este es un relato magistral y nostálgico de los buenos tiempos cuando Job estaba rodeado de prosperidad. En ese tiempo este hombre disfrutaba del favor y la dirección de Dios porque la luz del Señor le cubría. “Tú, enemiga mía, no te alegres de mí, porque aunque caí, me levantaré; aunque more en tinieblas, Jehová será mi luz.” (Miqueas 7:8).  Jesús es la luz y el que le sigue andará en la luz; Él ha disipado las tinieblas moral que reinaba en nuestros corazones.
Jesús se describe a sí mismo como la luz del mundo, nos indica que el género humano está oprimido por el pecado, expuesto al juicio de Dios y necesitado de la salvación. Todo el género humano: judíos y gentiles, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, ricos y pobres, libres y esclavos; todos y cada uno de ellos en particular necesitan la iluminación espiritual y la salvación eterna que solo pueden recibir de él. Jesús al ignorante le da a conocer la sabiduría; al impuro, la santidad; a los tristes y enlutados, el gozo. Además, a todos los que por la gracia de Dios son atraídos a la luz y siguen su dirección, él le imparte estas bendiciones. Pero lamentablemente hay una separación, una división o antítesis absoluta, según aparece con claridad en estas palabras, “El que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. Algunos siguen la luz; otros no. Muchos son llamados; pero pocos son escogidos. Seguir la luz, o sea a Cristo, significa confiar en él y obedecerle. Significa creer en él y por gratitud guardar sus mandamientos. El hombre debe seguir la dirección de la luz: no se le permite trazar su propio curso a través del desierto de esta vida. En el desierto los antepasados habían seguido la columna de luz.  Los que la habían seguido la Nube de Gloria y no se habían rebelado, alcanzaron a llegar a Canaán. Los otros fallecieron en el desierto. Así es en este caso: los verdaderos seguidores de Cristo no sólo no andarán en la oscuridad de la ignorancia moral y espiritual, de la impureza, y de las tinieblas, sino que llegaran a la mansión de luz. La luz física –la de la columna de luz en el desierto o la de los candeleros en Tabernáculos —es una iluminación externa. Jesucristo como objeto de nuestra fe, se convierte en nuestra posesión íntima, es una luz que poseemos, y no de forma temporal, sino de forma permanente.  Jesús, es además la luz de la vida, es decir, la luz es en sí misma la vida. ¡Amén!

septiembre 10, 2014

El carácter único de Jesucristo

(Hebreos 7:22-25).

La misión del Sumo Sacerdote y de toda religión es la de abrir un camino de acceso a la presencia de Dios pero Jesús no es un camino, “él es el camino”. El carácter único y eterno del sacerdocio de Cristo es el corazón del axioma, el silogismo o el argumento empleado por el escritor. Hubo muchos sacerdotes bajo el antiguo pacto, porque debido a la muerte no podían permanecer.  El antiguo sacerdocio no tenía estabilidad. Los sacerdotes morían, y otros tenían que ocupar su puesto; pero el sacerdocio de Jesús es para siempre. Lo que importa en este pasaje son los matices y las implicaciones de las palabras del autor. Su función y obra sacerdotal son absolutas e inmutables. Después de explicar la cita del Salmo 110:4, el escritor de la carta a los hebreos presenta un resumen totalizador. Da una descripción completa de nuestro único sumos sacerdote Jesucristo, y compara su perfecto sacrificio con los sacrificios diarios ofrecidos por los sacerdotes levitas. La muerte de Jesús en la cruz fue un evento único e irrepetible.
Las palabras “por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos;” introducen la consecuencia lógica de su argumento. Esta es la aplicación práctica de la enseñanza del autor; Jesús puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios.  La idea de “acercarse” o “venir” a Dios es algo destacado en la carta a los Hebreos. Expresa la idea de una relación con Dios. El sacerdocio del Antiguo Testamento y su sistema de sacrificios sólo les permitía a los israelitas tener una relación imperfecta con Dios, pero Jesús nos permite tener una relación permanente con Dios y es a través de esta relación que se hace efectiva y concreta nuestra salvación. Jesús es y seguirá siendo siempre el único camino hacia Dios.
El autor de Hebreos usa otra palabra maravillosa acerca de Jesús, y dice que él permanece para siempre [παραμένειν]. Cuando el autor de la carta a los Hebreos dice que Jesús permanece para siempre, en esa frase está envuelta la idea maravillosa de que Jesús estará siempre al servicio de la humanidad. Los demás sumo sacerdote estaban sujetos a la muerte, de ahí que emergiera una interminable sucesión de sumo sacerdotes. La muerte determinaba la extensión de su servicio, ya que la muerte no hace acepción de personas. Los sacerdotes fueron muchos; Jesús es único. El tiempo de servicio de ellos estaba limitado por la muerte; “Jesús vive para siempre”, El sumo sacerdote según el orden de Aarón era conquistado por la muerte; Jesús, “destruyo por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” y ahora él tiene la llave de la Muerte y del Hades, cuando él cierra nadie abre y cuando él abre nadie sierra. Nadie puede condenar a los creyentes porque Cristo intercede por ellos y los salva completamente y para siempre. Cristo nos salva absolutamente. El sacerdocio de Cristo es inalterable.
El intercede por nosotros sin cesar; situado entre Dios y el hombre, él ruega continuamente a favor de aquellos que se acercan a Dios en oración. Las oraciones a Dios deben ser ofrecidas en el nombre de Jesús. Al saber que Jesús está siempre orando por nosotros en el cielo, nosotros deberíamos anhelar estar con él. Tenemos la certeza de que así como él vive eternamente ante Dios, así viviremos nosotros para siempre con él. Ahora vamos a Dios en oración porque no puede ser de otro modo, pero al final de nuestra vida terrenal él nos llevará a su morada para estar con él eternamente.
Jesús es santo [σιος]. Esto significa que él es como Dios [participa de la naturaleza santa de Dios] y en todo aspecto está libre de pecado. Es incomparablemente puro, y, por ser el sumo sacerdote de Dios, él cumple la voluntad de Dios sin tacha. Su principal deseo es glorificar el nombre de Dios y extender el reino de Dios. El adjetivo santo tiene que ver con la disposición interna de Jesús; la palabra inocente, sin culpa, tiene que ver con su vida externa. Aarón debía traer “una ofrenda por el pecado para hacer expiación por sí mismo y por su casa” (Levítico 16:11). Jesús, por el contrario, es completamente libre de pecado y por consiguiente él es libre de culpa. [En él hay pureza moral: μίαντος].
El medio ambiente del pecado tiene su modo de afectar a cualquiera que entre en dicho ambiente. El pecado contamina a la persona a quien toca. Aunque Jesús vivió en la tierra y sirvió a gente pecadora, El mismo permaneció incontaminado. Se lo puede comparar con un médico que trabaja entre los enfermos en medio de una epidemia, pero que es inmune a ella. Jesús no está manchado por el pecado.  La razón por la que Jesús permanece puro, libre de pecado, está en el hecho de su separación. Jesús fue apartado de los pecadores por Dios. Aunque asumió plenamente nuestra naturaleza humana, no participó de nuestro pecado. Por consiguiente, él es diferente. Aunque era llamado amigo de pecadores (Mateo 11:19), se mantuvo libre de pecado. Jesús ha ocupado un lugar que es más alto que los cielos. Antes de venir a la tierra, Cristo estaba en el cielo. Pero después de haber completado su obra expiatoria y haber ascendido al cielo, él fue exaltado “por encima de los cielos”.
Cuando Pablo nos pide ser transformado a la imagen y semejanza del Hijo de Dios, nos está indicando cuales el estándar para los hijos de Dios. Es lamentable que nosotros no estemos haciendo el esfuerzo que se requiere con el fin de llegar la meta de ser como Cristo. Pablo dice:hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). ¿Está usted procurando llegar a esta meta? ¿Está usted siendo transformado como él dice? “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18). ¡Amén!

septiembre 09, 2014

La indiferencia y la pasividad espiritual

(Isaías 5:20)

“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” Dios será vindicado por Su justo juicio sobre los mentirosos descarados y los que desafían a Dios, atados por el pecado; arrastrando tras sí culpa y castigo. Retan a Dios a que apresure el castigo que ha pronunciado sobre ellos. Sus juicios caerán sobre aquellos que borran las distinciones morales, negando la diferencia entre lo bueno y lo malo. También Dios castigara a los hombres engreídos a los que no se les puede decir nada. Estos hombres impíos que no tienen ninguna clase de respeto por la Palabra de Dios serán devorados como se consume la paja en un incendio. Hay muchos que son osados en el pecado; andan tras sus propias lujurias; y de burla llaman a Dios el Santo de Israel. Confunden y descartan las distinciones entre el bien y el mal. Prefieren sus propios razonamientos a las revelaciones divinas; sus propios inventos a los consejos y a los mandamientos de Dios. Pero vienen días en los cuales Dios será vindicado, será reconocido y declarado como el Dios todopoderoso y como el Santo de Israel. Porque pronto ocurrirá el justo castigo de los soberbios y lloraran como mujer que esta para dar a luz y no habrá quien le consuele.
¿Qué es la indiferencia? Es un estado de ánimo indeterminado; una actitud vacilante. Es una falta de compromiso y responsabilidad que abarca todas las esferas de la vida: Familiar, laboral, estudiantil, moral y la dinámica de una iglesia. La falta de sumisión es un ejemplo claro de indiferencia. La indiferencia es la "cultura del pasotismo, y la rebeldía silenciosa". Este virus ha invadido nuestra sociedad. Los sistemas del mundo contienen una dosis de indiferencia y apatía que debemos combatir. El creyente y la iglesia han sido influenciados por este sistema abominable de indiferencia. Esta actitud lleva al creyente a hacer concesiones al mundo y minusvalorar su sistema de valores; la indiferencia nos roba las convicciones firmes de la palabra de Dios y nos conduce a una debilidad del alma y del espíritu que desemboca en un cristianismo tibio, incoloro, fluctuante y falto de poder y autoridad. Debemos localizar, aborrecer y combatir a este enemigo para poder derrotarlo y mantenerlo a raya. Si hemos escapado de la contaminación de este mundo por el conocimiento del Señor; no nos enredemos otra vez en ella, porque si lo hacemos… seremos vencidos, y el postrer estado vendrá a ser peor que el primero" (2 Pedro  2:20).
Si la indiferencia es rebeldía silenciosa, combatámosla "…purificando nuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, por el amor fraternal no fingido…" (1 Pedro 1:22). Si la indiferencia es una actitud sin determinación y vacilante, luchemos contra ella "para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina…" (Efesios, 4:14). Hagámosle frente con determinación y firmeza, como lo hizo Jesús "Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido en el cielo, afirmó su rostro (con determinación) para ir a Jerusalén" (Lucas, 9:51). Separemos lo precioso de lo vil. "Por tanto, así dijo Jehová: Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca…" (Jeremías, 15:19-21). Si la indiferencia es una falta de compromiso y responsabilidad; mantengámonos fieles al Pacto de sangre, sellado por Jesús, y actuemos en consecuencia. (Hebreos, 10:27-29). Si la indiferencia nos lleva a hacer concesiones con el mundo y a ceder a sus influencias; entonces no nos conformemos a este siglo. Si la indiferencia nos roba las convicciones firmes de la palabra de Dios; no seda al mundo y afirma tus valores sin moverte de la palabra de verdad.
Hemos sido trasladados del sistema de este mundo, al Reino de Jesucristo (Colosenses 1:13); por tanto, la actitud normal del hombre nacido de nuevo es contraria a la indiferencia. El hombre nuevo no puede ser indiferente ante la disolución de su generación; y si ha sido atrapado en ello, hay que actuar con sinceridad y valor. La pasividad es una paralización del esfuerzo y el interés. Es no cooperar. Es un espíritu de sueño que adormece el alma. Es la anestesia del mundo que le roba la energía al ser humano. La pasividad se produce por una falta de sentido y propósito en la vida. Por no conocer el plan de Dios y Su voluntad para con nosotros. Por ignorar el valor de la vida y por un ambiente cargado de religiosidad, dominado por un espíritu de muerte. La pasividad actúa dejando de hacer lo importante y trascendente, para centrarse en lo superficial, lo ajeno e innecesario. Hablar y hablar de los problemas de otras personas sin haber solucionado los nuestros. Tenemos que encontrar las áreas donde se ha infiltrado este virus. Para ello necesitamos sinceridad y valentía para enfrentarnos a nosotros mismos y necesitamos acercarnos Dios y a Su palabra. Tenemos que llegar al pleno convencimiento de que la pasividad es mala, un enemigo destructivo que hay que combatir y resistir. Dios nos ha dado un don precioso para derrotar a este enemigo, el don del Espíritu Santo. ¡Amén!

septiembre 08, 2014

Nuestra devoción espiritual

(Éxodo 20:20)

“Y Moisés respondió al pueblo: No temáis; porque para probaros vino Dios, y para que su temor esté delante de vosotros, para que no pequéis”. La devoción es la entrega total del cristiano a una experiencia espiritual y profunda con Dios. Es también la atracción irresistible que sentimos hacia Dios y que nos permite tener una relación intima con él. Son también, esos sentimientos de profundo respeto y admiración que tenemos inspirados en la gloria y majestad de Dios. La devoción como se presenta es la respuesta del corazón a la autorrevelación de Dios. Cuando Dios se revela como el Dios santo y amoroso, tiene que haber una respuesta del corazón del hombre.  Cuando esa repuesta es sincera y sale del corazón, esta actitud toma en consideración el abismo que separa al Dios santo de los pecadores y el gozo de ver que Dios se inclina hacia sus criaturas para amar y cuidar de ellos.   La respuesta del creyente a esta revelación es activa y abarca la vida completa. Es mucho más que un simple asentimiento o, una confesión.  Para Abraham, significaba que él tenía que salir de su tierra, seguir al Señor y, caminar delante de Jehová en santidad y sin contaminación. Para Moisés e Israel, era necesario que salieran de Egipto, que escucharan la voz de Dios y que se atrevieran a seguir el camino que él le mostraba. Los elementos implícitos en el caminar del creyente con Dios están bien especificados. La respuesta inicial a una revelación de poder es el temor. Sin embargo el "temor del Señor" no es terror inicial. En realidad, cuando Moisés le dice al pueblo lo que Dios le había revelado, le dice "no temáis", Dios se le había revelado para que "el temor de Jehová " estuviera delante de ellos.  Moisés quería que supieran que no tenían que temer como si estuvieran enfrentándose a un poder desconocido o impredecible. Lo que Dios quería era que vivieran con un conocimiento solemne de Su majestad y de quién es él.
En las religiones paganas, la gente vive con un temor constante a los espíritus que deben tratar de aplacar. Los griegos, "siempre tenían miedo". El temor de Dios que tenía Israel era más bien una comprensión de que el Dios santo se había revelado a ellos y les había escogido para que fueran su pueblo.  Por consiguiente, debían andar con temor, pero con un temor que conducía a la confianza y al sometimiento, sin incertidumbre paralizante. La sabiduría, el arte de hacer planes correctos con los cuales lograr el éxito deseado, según el salmista comienza con el temor del Señor (Salmo 111:10).  Por consiguiente, el temor no era principalmente una emoción, sino un modo de vida basado en una estimación solemne de la presencia y el amor de Dios. Esa actitud incluye emoción; pero en lugar de ser una fuerza desintegradora, conduce por el contrario a la vida y al reposo (Proverbios 19:23).  Tampoco en este caso debemos esperar conocer perfectamente el temor de Dios. Jeremías dice que cuando se haya establecido el pacto eterno, el temor de Jehová será puesto en nuestros corazones, para que no nos apartemos del Señor (Jeremías 32:40). En Génesis 15:6 se dice que Abraham le creyó a Dios quien le acreditó su fe por justicia. Confianza significa en primer lugar conocimiento y entendimiento de Dios; pero es algo más que un conocimiento teórico; es un conocimiento práctico y de experiencia. En segundo lugar, estar consciente de la realidad de Dios conduce a una entrega voluntaria a Jehová para seguirlo. Al igual que el temor, la fe es una actitud poderosa que afecta toda la vida de una persona. Esto es algo que se expresa de modo muy hermoso en el Salmo 37:35: "Confía en Jehová... Deléitate asimismo en Jehová... Encomienda a Jehová tu camino".
El Salmo 26:1 dice que el salmista no tiene miedo del juicio de Dios, porque anduvo en integridad. Luego, agrega con sencillez: "He confiado en Jehová sin titubear." Obsérvese que no dice que tenga confianza en su propia integridad, sino que presenta esta última como prueba de su confianza en Dios. En la idea de la fe se encuentra implícita la idea del arrepentimiento, es volverse de su propio camino y seguir el camino del Señor. El pasaje clásico que describe completamente los deberes humanos hacia Dios es Deuteronomio 6:5: "Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas." Debemos reconocer que este modo de hablar en hebreo significa un amor que surge de la persona completa. El amor es un sentimiento interno que hace que todo el ser participe en sus actividades. (Proverbios 20:13).  El corazón humano tiene sed de Dios (Salmo 42:1). El amor es una fuerza interior que se adhiere a Dios de modo personal y que da como resultado natural una vida de lealtad y consagración. Esta relación básica es una manifestación de lo que denomina sentido directo de pertenencia mutua. Tal y como se explica en Deuteronomio 7:9, Dios guarda su pacto con los que lo aman. Más tarde, Moisés unió el amor a Dios con el servicio al Señor (Deuteronomio 11:13, 22). El amor no es un sentimiento hacia Dios, aunque los sentimientos no están ausentes, sino una entrega interior que se manifiesta en la obediencia externa. Uno demuestra que ama a Dios si guarda sus mandamientos (Deuteronomio 13:3; véase también Juan 14:15).  La fe y la confianza que tenían los hebreos en Dios condujeron a un sentimiento profundo de gozo que parece estar presente en todas las referencias a la alabanza. Este gozo hacía que prorrumpieran naturalmente en clamores de alabanza a Dios.  Esa relación intensamente personal de Dios con su pueblo se deriva del sentimiento de poder apelar a Jehová. Esta relación es importante porque sugiere que una de las actitudes básicas de la oración es el sometimiento a la voluntad de Dios. La oración, como expresión natural de confianza, es apropiada en cualquier lugar o momento de la vida. ¡Amén!

septiembre 07, 2014

Deseos de placer

(Santiago 4:1)

El vocablo griego δονή derivado de la raíz δύς que significa dulce, agradable, o delicioso. Este término significa aquello que es agradable al paladar, más tarde pasó a significar los que era agradable a los sentidos, y finalmente todo aquellos que da placer. “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones [δονή], las cuales combaten en vuestros miembros?”  En contraste con la sabiduría celestial que produce una atmósfera de paz, en la cual crecerá la semilla de la justicia, la sabiduría terrenal da lugar a una perenne lucha interpersonal. La causa reside en una naturaleza conflictiva y egoísta. Una persona de doble ánimo, es aquella, que intenta aferrarse a Dios y al mundo al mismo tiempo. Esa persona ignora que él que vive para sus placeres no puede agradar a Dios. Sólo el que ha aprendido a sacrificar sus placeres en el altar de Dios para dar a Dios lo que Dios se merece, recibirá de parte de Dios la vida, porque vive y está entregado a su voluntad. El que se deja dominar por sus placeres o pasiones, malgasta su vida, sus talentos y sus dones. Las pasiones engañosas nos hacen desviar la vista de Dios. No se puede ser a la vez amigos de Dios y amigos del mundo. Quienes son amigos de Dios son enemigos del mundo y quienes son amigos del mundo son enemigos de Dios. “Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (Tito 3:3). Pablo menciona dos motivos para que nos dediquemos a vivir de acuerdo con una conducta apropiada: primero el recuerdo de nuestra conducta antes de la conversión, y  segundo la manifestación del amor y de la bondad de Dios para con nosotros. Eso debería hacernos pensar, reflexionar y vivir en obediencia a Dios.
Nosotros podemos ser débiles, pero el Espíritu, que nos anhela celosamente, permanecerá siempre con nosotros en medio de nuestra debilidad. Su permanencia en nuestra vida no se sostiene en nuestra fidelidad sino en Su fidelidad. La gracia, el Espíritu Santo, la humildad verdadera, y la sabiduría de lo alto, todo ello se recibe de Dios. La única manera de resistir al diablo es someterse a Dios, así como la única manera de someterse a Dios es resistir al diablo. La δονή humana se opone a la voluntad de Dios, porque podemos vivir ya sea conforme a su voluntad o conforme a nuestros propios deseos. “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios” (1 Pedro 4:1-2). El plural “pasiones” sugiere la diversidad de intereses y deseos que hay en una persona. Es una lucha interna la que se produce en la persona a causas de los distintos intereses que hay en su interior.  La voluntad de Dios es singular, y esto nos muestra que sólo en la obediencia a Dios, nuestra la personalidad estará completa. Para el creyente la muerte es el portal a una vida plena y libre. El juicio de Dios culminará con el derramamiento de la ira divina sobre aquellos que voluntariamente han decidido rechazar el evangelio.
Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto” (Salmos 38:9). El salmista está abriendo su corazón. Al hacerlo y ser franco con Dios es empieza su sanidad. Los gemidos indecibles no le son ocultos a quien escudriña el corazón y conoce la mente del Espíritu. En su desfallecimiento, sus gemidos son desgarradores, como rugidos de león, que salen de un corazón que, desesperado, lucha por seguir existiendo. “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?  Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Salmos 73:25). Fuera de Dios no hay seguridad; por eso los impíos perecerán inexorablemente. Bajo su protección esperamos vivir tranquilamente para poder anunciar las obras maravillosas de Dios. Dios es el único bien que tenemos. No permita que las metas de su vida sean tan irreales como un sueño y que despierte demasiado tarde ante el hecho de que perdió la oportunidad de ser feliz.  El mismo cielo no podría hacernos dichosos sin la presencia y el amor de nuestro Dios. El mundo y toda su gloria se desvanecen pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
“Se pasmó mi corazón, el horror me ha intimidado; la noche de mi deseo se me volvió en espanto” (Isaías 21:4). Los acontecimientos que Isaías vislumbra le traen profunda consternación, por la tragedia humana que esto involucra. ¡Amén!

Una mente cristiana

(1 Corintios 14:20)

“Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar”. La mente “νου̂ς” es el asiento de la consciencia reflexiva, comprende las facultades de la percepción y comprensión, y las de los sentimientos, juicios y determinación.  Una mente cristiana, es una mente que ama a Dios: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento” (Marcos 14:30). El Señor nos manda  a que amemos a Dios con el entendimiento, lo que esto significa, es  que debemos tener a Dios presente en todo nuestro armazón mental. El vocablo griego “διάνοια” significa  entendimiento, reflexión. Cristo nos manda amar a Dios con nuestra percepción, con nuestro sentido de penetración, con nuestra meditación, con el don de aprehensión, y con la facultad de nuestro pensamiento. Cuando esta facultad es renovada por el Espíritu Santo, todo nuestro armazón mental cambia del negativismo y del temor propio de una mente carnal, a un pensamiento vibrante y positivo. Cuando amamos a Dios por entero y nos interesamos en nuestro prójimo como nos interesamos en nosotros mismos, cumplimos con el propósito de Dios. Dejemos que los mandamientos de Dios regulen nuestros pensamientos, nuestras decisiones y nuestras acciones. “Señor, nuestro Dios, es uno”, frase que el evangelio de Marcos reproduce fielmente.     Con toda tu alma, con toda tu inteligencia... El texto griego de Deuteronomio 6:5 dice: “corazón, alma, fuerza”. Jesús añade aquí: “con toda tu inteligencia” y con esto restablece el sentido original del hebreo, en la cultura hebrea el corazón designa la facultad de pensar y de sentir más y no solo la afectividad.
Una mente cristiana, es una mente que adora a Dios: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2). La obra del Espíritu Santo empieza en el entendimiento y continúa en la voluntad, en los afectos y en las conversaciones, hasta que ocurre un cambio del hombre y la persona es transformada a la imagen y semejanza de Dios. Es un cambio en su conocimiento, justicia y santidad de la verdad. Un hombre que ha experimentado esta transformación puede adorar a Dios en espíritu y en verdad.
Un mente cristiana procura siempre la unidad y la armonía en la Iglesia: “Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer” (1 Corintios 1:10). Satanás siempre se ha propuesto estimular la discordia entre los cristianos, como uno de sus principales ingenios [ardides, estrategia] contra el evangelio. Pablo estaba enfatizando que todos los cristianos formamos parte de la familia de Dios y que experimentamos una unidad que es mucho más profunda que un vínculo sanguíneo. Un grupo de personas no llegará a estar de acuerdo en todo pero pueden trabajar juntos, en armonía, si están de acuerdo en lo que realmente importa. Hable y actúe de tal manera que se reduzcan los argumentos y se incremente la armonía. Las diferencias insignificantes no deberían dividir a los cristianos. Debemos sentirnos satisfechos con la tarea que Dios nos ha dado y llevarla a cabo.
Una mente cristiana teme a Dios: “Y a sus hijos heriré de muerte, y todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriña la mente y el corazón; y os daré a cada uno según vuestras obras” Apocalipsis 2:23). No podemos escondernos de Cristo. El sabe lo que hay en nuestro corazón y nuestra mente, y todavía nos ama. Los cristianos debemos desear fervientemente que nuestras obras sean las mejores. Cuidemos de los seductores malvados. Dios es conocido por los juicios que ejecuta; los seductores, deben saber que Dios tiene un conocimiento completo y real del corazón de los hombres, de sus principios, designios, disposición y temperamentos. Mantente puros e incontaminados. “Las profundidades de Satanás” eran las enseñanzas falsas que impartían los herejes o la perspectiva secreta de los llamados creyentes que “garantizaban” una vida espiritual profunda. Debemos aferrarnos al fundamento de nuestra fe cristiana y analizar con cautela y consejo cualquier enseñanza nueva que nos aparte de la Biblia, de la comunión de los hermanos o de nuestra confesión fundamental de fe. “Pero, oh Jehová de los ejércitos, que juzgas con justicia, que escudriñas la mente y el corazón, vea yo tu venganza de ellos; porque ante ti he expuesto mi causa” (Jeremías 11:20). Jeremías tenía dos opciones: correr y esconderse, o clamar a Dios. Clamó y Dios respondió. Nosotros podemos correr y escondernos cuando enfrentemos amenazas por nuestra fidelidad a Dios, o podemos pedirle ayuda. Escondernos compromete nuestro mensaje, clamar a Dios permite que El lo confirme. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” Jeremías 17:9-10).  ¡Amén!