julio 22, 2014

Fe en el Dios vivo


(Hebreos 11:1)
        
 La fe debe ser el sólido fundamento de una verdadera, fervorosa, y permanente consagración. Si no tenemos una fe personal en Dios, seremos arrastrados por las opiniones y doctrinas humanas. Arrastrados por las corrientes y las olas de nuestras circunstancias. Si no hay un lazo consciente entre nuestras almas y Dios, nunca seremos capaces de mantenernos en pie, y mucho menos de lograr algún progreso en el camino de la verdadera consagración. Debemos creer que Él es y lo que Él es: Tenemos que tratar con Dios en el secreto de nuestras propias almas, aparte de todo lo demás. Nuestra conexión individual con Dios debe ser una gran realidad, un hecho vivo, una verdadera e inequívoca experiencia, que esté en la misma raíz de nuestra existencia, siendo el fundamento y punto de apoyo de nuestras almas en todo tiempo y bajo cualquier circunstancia. Las meras opiniones de los hombres no son de ningún valor; como tampoco lo son los dogmas ni los credos. No es suficiente con decir, “Creo en Dios Padre Todopoderoso”. Las meras palabras no son de ninguna utilidad. Nuestra fe debe estar arraigada en nuestro corazón, es decir, es una cuestión del corazón, una relación entre el alma humana y Dios mismo. Nada menos que esto puede sustentar nuestra vida en este tiempo, especialmente en nuestros días. Todos  nos encontramos rodeados por lo vano y superficial.
Los fundamentos de nuestra confianza son minados cuando hay una profesión de fe irreal. El dedo de los infieles está continuamente señalando las inconsistencias exhibidas en las vidas de muchos de nosotros. Sin embargo, los infieles también recibirán las justas consecuencias de su incredulidad, considerando que cada uno debe dar cuenta de sí mismo y por sí mismo ante el tribunal de Cristo; aún así es un hecho que la falsa profesión de fe tiende a erosionar la confianza. Es por esta razón que tenemos la urgente necesidad de una simple, sincera, y fe personal en el Dios vivo; una completa confianza en Su palabra, y una constante dependencia en Su sabiduría, bondad, poder y fidelidad. Ésta es el ancla del alma sin la cual es imposible navegar en medio de las aguas turbulentas de este mundo. Si estamos anclados en nuestras circunstancias, si nos estamos apoyando en brazos de carne, y en los pensamientos de un mortal, si nuestra fe está en la sabiduría del hombre, aunque éste sea el mejor de los hombres, estoy seguros que en el momento de las pruebas el edificio de nuestra vana religión caerá y quedara manifiesto lo que somos realmente. Nada quedará excepto la fe que se mantiene viendo al Invisible -que no mira a las cosas que se ven. Las cosas que son temporales, sino que mira las cosas que son invisibles y eternas.
Todo esto es ilustrado en la vida de Abraham, podemos fácilmente aprenderlo de la maravillosa historia de su vida. Abraham creyó a Dios. Observe, que no fue algo acerca de Dios lo que él creyó -alguna doctrina u opinión respecto a Dios, el no recibió una tradición humana. No; esto nunca habría tenido valor para Abraham ni para Dios. Era con Dios que él trataba, en lo más profundo de su ser individual, él entraba en una vivida intimidad con Dios. “El Dios de gloria se apareció a nuestro Padre Abraham cuando él estaba en Mesopotamia, antes que él morarse en Harán, y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela, y vete a la tierra que yo te mostraré” (Hechos 7:2-3). Estas expresiones tan poderosas en palabras de Esteban que fueron dirigidas al concilio y nos revelan el verdadero secreto en la carrera de Abraham. No es nuestra intención detenernos en este solemne e instructivo intervalo en Harán.
Es verdad, que ese honrado siervo de Dios se retrasó en Harán, posteriormente tuvo que descender a Egipto, expulsar a Agar, tembló ante Gerar, y negó a su esposa. Todo esto se ve en la superficie de su historia, porque a pesar de todo él era sólo un hombre -un hombre con pasiones semejantes las nuestras. Pero él creyó en Dios y tuvo una inalterable confianza en el Dios vivo; él creyó en la verdad, es decir, creyó que Dios es; y creyó también que Dios es galardonador de todos los que le buscan. Es esto lo que hizo que Abraham saliese de Ur de los Caldeos- de en medio de lazos y asociaciones en los cuales él había vivido. Finalmente, fue esto lo que lo capacitó para ir al monte Moriah y mostrarse allí preparado para poner sobre el altar a aquel que era no sólo el hijo de su seno, sino también el canal a través del cual todas las familias de la tierra habrían de ser bendecidas.
Nada sino la fe podría haber capacitado a Abraham para renunciar a la tierra en la cual él había nacido, y salir sin saber adónde iba. A los hombres de su día esto debe haberles parecido una locura. ¡Oh! Pero él sabía en Quien había creído. Ésta era la fuente de su poder, él no estaba siguiendo fábulas, no estaba siendo sustentado por las circunstancias o las influencias que lo rodeaban, él no estaba siendo apoyado por los pensamientos de los hombres. La carne y la sangre no le presentaban ninguna ayuda ni alternativa en su sorprendente carrera. Dios era su escudo, porción y recompensa, y al apoyarse sobre Él encontró el verdadero secreto de su victoria. ¡Amén!
        

julio 19, 2014

Dios existe y puede ser conocido


(Éxodo 3:2)

Dios existe, y puede ser conocido. Estas dos afirmaciones forman la base y la inspiración del cristianismo. La primera es una afirmación de fe, la segunda de la experiencia. La Biblia no fue escrita para probar que Dios existe, sino para revelarlo por medio de sus actos. Por ello la revelación bíblica de Dios es de naturaleza progresiva, y alcanza su plenitud en Jesucristo, su Hijo. Dios existe por sí mismo. Su creación depende de él, pero él es completamente independiente de la creación. No sólo tiene vida, sino que sustenta la vida en el universo, y es en sí mismo la fuente de esa vida. Este misterio de la existencia de Dios le fue revelado a Moisés en épocas muy tempranas en la historia bíblica, cuando, en el desierto de Horeb, se encontró con Dios en forma de fuego en una zarza. “Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía”. Los ángeles son criaturas sobrenaturales que viven en el cielo y sirven de mensajeros a Dios y de protectores a sus escogidos. El ángel de Jehová era una manifestación visible de Dios, posiblemente del propio Cristo preencarnado. Dios se revela a Moisés en un lugar común, que se convierte en sagrado debido a la presencia de Dios. Cuando la Escritura habla de que Dios da a conocer su nombre, se refiere al acto de revelar (por medio de obras y acontecimientos sobrenaturales) lo que su nombre verdaderamente significa. Al revelar su nombre divino declara su carácter y sus atributos.
“¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance. El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Isaías 40-28-29). Una comprensión adecuada de la intervención de Dios en la vida solamente se obtiene conociendo sus pensamientos y sus caminos. Los que esperan en el Señor Jesucristo continuaran viviendo con la firme esperanza de que el Señor establecerá su reino cuando llegue el momento; Dios se enfrentará al mal. Esta actitud interior nos da nuevas fuerzas para levantarnos y proseguir adelante con un renovado vigor. Los resultados admirables de una fe centrada en la persona de Jehová, el Dios majestuoso, creador y sustentador de todas las cosas son maravillosos. Esta es una fe eficaz, capaz de renovar las fuerzas físicas y espiritual a grandes y pequeños, a viejos agotados y a los jóvenes que tropiezan y caen. Este poder que proviene de la fe se necesita para dar respuesta al llamado que Dios nos ha hecho. Se requiere de fe para iniciar la gran aventura del retorno a la libertad.
Cuando decimos que Dios es espíritu puro lo hacemos para poner de manifiesto que no es parcialmente espíritu y parcialmente cuerpo, como es el caso del hombre. Es espíritu simple sin forma ni partes, razón por la cual no tiene presencia física. Cuando la Biblia dice que Dios tiene ojos, oídos, manos, y pies, lo hace en un intento de trasmitir la idea de que está dotado de las facultades que corresponden a dichos órganos, porque si no habláramos de Dios en términos físicos no podríamos hablar de él de ninguna manera. El espíritu no es una forma limitada o restringida de existencia, sino la unidad perfecta del ser. Cuando decimos que Dios es espíritu infinito, nos encontramos completamente fuera del alcance de nuestra experiencia, ya que nosotros estamos limitados con respecto al tiempo y el espacio, como así también con respecto al conocimiento y el poder. Dios es esencialmente ilimitado, y cada elemento de su naturaleza es ilimitado. Llamamos a su infinitud con respecto al tiempo eternidad, con respecto al espacio omnipresencia, con respecto al conocimiento omnisciencia, y con respecto al poder omnipotencia.
Vemos su trascendencia en la expresión “el alto y sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo”, y su inmanencia en cuanto “habita… con el quebrantado y humilde de espíritu” (Isaías 57:15). “Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas”, y luego afirma su inmanencia como el que “no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:24, 28). Dios es personal. Cuando decimos esto afirmarnos que Dios es racional, que tiene conciencia de sí mismo, que se autodetermina, que es un agente moral inteligente. Como mente suprema es el origen de toda la racionalidad en el universo. Dado que las criaturas racionales creadas por Dios poseen carácter propio e independiente, Dios debe poseer un carácter que sea divino tanto en su trascendencia como en su inmanencia.
Dios es soberano. Esto significa que prepara sus propios planes y los lleva a cabo en su propio momento y a su manera. Es simplemente una expresión de su inteligencia, su poder, y su sabiduría supremos. Significa que la voluntad de Dios no es arbitraria, sino que actúa en completa armonía con su carácter. Es la expresión de su poder y su bondad, por lo que es la meta final de toda la existencia. Como Dios es un ser personal puede tener relaciones personales, la más cercana y tierna de las cuales es la de Padre. Es la designación más común que empleaba Cristo para Dios, y en teología se la reserva especialmente para la primera persona de la Trinidad. ¡Amén!

julio 18, 2014

Prisioneros en el Abismo


(Lucas 8:31)

“Y le rogaban que no los mandase ir al abismo”. Cuando terminan nuestros peligros, nos corresponde reconocer la vergüenza de nuestros temores, y dar a Cristo la gloria por nuestra liberación. Las personas que permanecen en un estado de desobediencia, pertenecen al Reino de las Tinieblas; muchos parecen disfrutar de su esclavitud espiritual, están acostumbrados a vivir así, no quieren pensar, ni cambiar, velan solamente por sus propios intereses y quieren que todo siga como siempre. Dar más valor a las cosas que a las personas es uno de los mayores peligros de la vida. Eso es lo que crea los suburbios y las explotaciones injustas. Para estas personas el evangelio es algo que los trastorna, que les cambia su visión del mundo en el que viven.
Los demonios reclamaron no ser enviado al ἄβυσσος [abismo]. Este es el término que se usa para referirse al mundo inferior. El abismo es la cárcel [prisión] de los espíritus rebeldes y desobedientes. “El quinto ángel tocó la trompeta, y vi una estrella que cayó del cielo a la tierra; y se le dio la llave del pozo del abismo” (Apocalipsis 9:1). El pozo del abismo representa el lugar de los demonios y de Satanás, el príncipe de los demonios. Satanás y una inmensidad de ángeles caidos no están todavía en el βυσσος, sino en los aires: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:1-2). El fin inevitable de los “hijos de desobediencia” es estar bajo la condenación de Dios. El Señor está justamente airado; ellos van a enfrentar un juicio justificado por haber violado fronteras conocidas tanto de orden espiritual como moral. “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). Estos gobernantes malignos, seres satánicos y príncipes de las tinieblas, no son personas sino ángeles caídos a los que Satanás controla. No son una simple fantasía, son reales. Nos enfrentamos a un ejército poderoso que tiene como meta la destrucción de la Iglesia de Cristo. Cuando creemos en Cristo y nos unimos a su Iglesia, estos seres vienen a ser nuestros enemigos y emplean todo tipo de ardides para apartarnos de Cristo y hacernos pecar. Aunque estamos seguros de la victoria, debemos batallar hasta que Cristo venga, porque Satanás lucha constantemente en contra de todos los que están del lado del Señor. Requerimos de poder sobrenatural para vencer a Satanás y Dios nos lo puede dar a través del Espíritu Santo que está en nosotros.
La mayoría de los intérpretes piensan que estas langostas son demonios, espíritus malignos gobernados por Satanás que inducen a la gente a pecar. No fueron creados por Satanás porque Dios es el creador de todo; más bien, son ángeles caídos que se unieron a Satanás en su rebelión. Dios limita lo que ellos pueden hacer; no pueden hacer nada sin el permiso de Dios. El propósito principal de los demonios en la tierra es destruir, distorsionar o impedir la relación de la gente con Dios. Como son corruptos y degenerados, la apariencia de ellos refleja la distorsión de sus espíritus. Si bien es importante reconocer sus actividades malévolas para que podamos mantenernos alejados de ellas, debemos evitar toda curiosidad al respecto y no tener nada que ver con fuerzas demoníacas u ocultas.
El  βυσσος es también reino de los muertos. “Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos).  Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:6-10). El término βυσσος, que originalmente era un adjetivo para el sustantivo implícito “tierra”, se usa en griego para referirse a las profundidades del tiempo original, el océano primigenio y el mundo de los muertos. En la LXX denota el reino de los muertos. “Tú, que me has hecho ver muchas angustias y males, volverás a darme vida, y de nuevo me levantarás de los abismos de la tierra” (Salmos 71:20). En el NT es una prisión para el anticristo (Apocalipsis 11:7), los demonios (Lucas. 8:31), los escorpiones (Apocalipsis 9:3ss) y los espíritus (Apocalipsis 9:1; 20:1, 3). Es un abismo en forma de pozo, del cual sube humo (Apocalipsis 9:1). El abismo representa el caos. Este es el lugar donde Satanás será arrojado y aprisionado. Allí será encerrado Satanás durante un milenio (Apocalipsis 20:1, 3). Todos los que han de ser encerrado junto a Satanás, la Bestia y el Falso Profeta, estarán bajo el poder absoluto de Dios. ¡Amén!

julio 17, 2014

Deseos de placer


(Santiago 4:1)

El vocablo griego δονή derivado de la raíz δύς que significa dulce, agradable, o delicioso. Este término significa aquello que es agradable al paladar, más tarde pasó a significar los que era agradable a los sentidos, y finalmente todo aquellos que da placer. “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones [δονή], las cuales combaten en vuestros miembros?”  El que vive para sus placeres no puede agradar a Dios. Sólo el que ha aprendido a sacrificar sus placeres en el altar de Dios para dar a Dios lo que Dios se merece, recibirá de parte de Dios la vida, porque vive y está entregado a su voluntad. El que se deja dominar por sus placeres o pasiones, malgasta su vida, sus talentos y sus dones. Las pasiones engañosas nos hacen desviar la vista de Dios. No se puede ser a la vez amigos de Dios y amigos del mundo. Quienes son amigos de Dios son enemigos del mundo y quienes son amigos del mundo son enemigos de Dios. “Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (Tito 3:3). Pablo menciona dos motivos para que nos dediquemos a vivir de acuerdo con una conducta apropiada: primero el recuerdo de nuestra conducta antes de la conversión, y  segundo la manifestación del amor y de la bondad de Dios para con nosotros. Eso debería hacernos pensar, reflexionar y vivir en obediencia a Dios.
Nosotros podemos ser débiles, pero el Espíritu, que nos anhela celosamente, permanecerá siempre con nosotros en medio de nuestra debilidad. Su permanencia en nuestra vida no se sostiene en nuestra fidelidad sino en Su fidelidad. La gracia, el Espíritu Santo, la humildad verdadera, y la sabiduría de lo alto, todo ello se recibe de Dios. La única manera de resistir al diablo es someterse a Dios, así como la única manera de someterse a Dios es resistir al diablo. La δονή humana se opone a la voluntad de Dios, porque podemos vivir ya sea conforme a su voluntad o conforme a nuestros propios deseos. “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios” (1 Pedro 4:1-2). El plural “pasiones” sugiere la diversidad de intereses y deseos que hay en una persona. Es una lucha interna la que se produce en la persona a causas de los distintos intereses que hay en su interior.  La voluntad de Dios es singular, y esto nos muestra que sólo en la obediencia a Dios, nuestra la personalidad estará completa. Para el creyente la muerte es el portal a una vida plena y libre. El juicio de Dios culminará con el derramamiento de la ira divina sobre aquellos que voluntariamente han decidido rechazar el evangelio.
Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto” (Salmos 38:9). El salmista está abriendo su corazón. Al hacerlo y ser franco con Dios es empieza su sanidad. Los gemidos indecibles no le son ocultos a quien escudriña el corazón y conoce la mente del Espíritu. En su desfallecimiento, sus gemidos son desgarradores, como rugidos de león, que salen de un corazón que, desesperado, lucha por seguir existiendo. “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?  Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Salmos 73:25). Fuera de Dios no hay seguridad; por eso los impíos perecerán inexorablemente. Bajo su protección esperamos vivir tranquilamente para poder anunciar las obras maravillosas de Dios. Dios es el único bien que tenemos. No permita que las metas de su vida sean tan irreales como un sueño y que despierte demasiado tarde ante el hecho de que perdió la oportunidad de ser feliz.  El mismo cielo no podría hacernos dichosos sin la presencia y el amor de nuestro Dios. El mundo y toda su gloria se desvanecen pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
“Se pasmó mi corazón, el horror me ha intimidado; la noche de mi deseo se me volvió en espanto” (Isaías 21:4). Los acontecimientos que Isaías vislumbra le traen profunda consternación, por la tragedia humana que esto involucra. ¡Amén!

julio 16, 2014

Dios es mi salvador


(Lucas 1:46-47)

“Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. Adoremos con un corazón lleno de  gratitud por lo que Dios ha hecho. Alabemos Su nombre con alegría y entusiasmo porque Dios es nuestro salvador. El no solo nos salva del pecado sino que también lo hace de las enfermedades, la muerte, y el enemigo. La salvación de Dios es algo estrictamente espiritual; a veces se nos presenta una mezcla de males físicos y espirituales de los cuales somos liberados, de modo que Dios es nuestro salvador en un sentido doble. “Porque dijo: Ciertamente mi pueblo son,…; y fue su Salvador.  En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad” (Isaías 63:8-9). Cuando se enfrente a nuevas pruebas, y dificultades repase todos los buenos que Dios ha hecho en su vida y esto le fortalecerá y aumentará su fe. Cuando nos enfrentamos a las enfermedades y a la desesperación; en esos momentos, Dios es nuestro único consuelo y fortaleza. Aun cuando estemos débiles para luchar, podemos apoyarnos en Él. El Señor es nuestra gran fortaleza en las debilidades; Su poder siempre está a nuestro alcance. Los problemas y las angustias pueden abrumarnos y hacernos sentir que Dios nos ha olvidado. Pero Dios nuestro Creador está eternamente junto a nosotros y cumplirá todas sus promesas, aun cuando nos sintamos solos.
“No habrá para qué peleéis vosotros en este caso: paraos, estad quedos, y ved la salvación de Jehová con vosotros. Oh Judá y Jerusalén, no temáis ni desmayéis; salid mañana contra ellos, que Jehová estará con vosotros” (2 Crónicas 20:17). Cuando nos vemos sobrepasados en número e indefensos, nos sentimos impotentes. Debido a que Dios tiene el control, no se frustra por los cambios ni por los sucesos o por las acciones de los hombres. Dios puede salvarnos del mal que hay en el mundo y librarnos del pecado y de la muerte. Porque confiamos en Dios, no deberíamos tener miedo de lo que el hombre nos pueda hacer. En cambio, debemos tener confianza en el poder salvador de Dios. Él puede guiarnos a través de las circunstancias que enfrentemos en nuestra vida. Debemos esperar que Dios muestre su poder al llevar a cabo su voluntad. Debemos recordar que, como creyentes, tenemos el Espíritu de Dios en nosotros. Si pedimos la ayuda de Dios cuando enfrentamos luchas, Dios peleará por nosotros. Y Dios siempre triunfa. ¡Cuán maravilloso es el poder de Dios!
¿Cómo dejamos que Dios pelee por nosotros? (1) Al darnos cuenta que la lucha no es nuestra sino de Dios. (2) Al reconocer las limitaciones humanas y al permitir que la fortaleza trabaje a través de nuestros temores y debilidades. (3) Al asegurarnos que buscamos los intereses de Dios y no nuestros deseos egoístas. (4) Al pedir la ayuda de Dios en nuestras luchas diarias.
Hay momentos cuando lo que uno desea es ser liberado del pecado y la restauración del favor divino. “Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti. Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación; cantará mi lengua tu justicia” (Salmos 51:12-14). Vemos en David un profundo deseo de ser librado del pecado y restaurado a la comunión con Dios. “Desfallece mi alma por tu salvación, Mas espero en tu palabra” (Salmos 119:81). El creyente puede ser afligido, pero no aplastado; puede estar perplejo pero no desesperado; puede ser perseguido pero no desamparado; puede ser derribado pero no destruido. Aquellos que poseen una relación constante con Dios, no tienen que preocuparse. Pero cuando las victorias sobrenaturales que tantas veces hemos experimentado, están  extrañamente ausentes, es tiempo de preocuparse.
“Ni se contaminarán ya más con sus ídolos, con sus abominaciones y con todas sus rebeliones; y los salvaré de todas sus rebeliones con las cuales pecaron, y los limpiaré; y me serán por pueblo, y yo a ellos por Dios” (Ezequiel 37:23). El profeta debía comprender que aun en los momentos más oscuros podemos ver a Dios que está moviéndose en torno a su pueblo, y que por lo tanto su futuro no estaba limitado a las circunstancias externas, debían alzar los ojos al cielo y poner su vista en Dios. El ministerio auténtico comienza con la presencia de Dios en el ministro, y los profetas como hombres de Dios tenían plena conciencia de su asistencia en su vida; las palabras y el valor que tenían eran producto de su comunión con el Señor. La predicación de la Palabra de Dios no es solamente para ser escuchada, debe ser puesta en acción en la vida diaria. La presencia de Dios en medio nuestro es una garantía de que podemos contar con él. Es por esta razón que nuestra comunión con Dios no es una opción, es un desafío que nos hacen las Sagradas Escrituras si queremos tener una relación verdadera con Dios. ¡Amén!

julio 15, 2014

La evidencia de la fe


(Hebreo 11:1-3)


“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos. Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía”. La fe en Dios encierra una creencia correcta acerca de Dios. En el hablar diario, la palabra fe generalmente significa una confesión de proposiciones, o  “creencias”. La fe es confianza en Dios y un conocimiento de Su voluntad revelada. La fe no es un puente que se eleva sobre aguas turbulentas, sino un paso a través de ellas. Para encontrar este paso, y hallar el origen de cualquier dificultad, se necesita perseverar en la oración y la alabanza. De esta forma se descubren los propósitos de Dios.
Si seguimos los parámetros del mundo puede ser que logremos facilidades, comodidades y prosperidad; pero si seguimos los parámetros de Dios, lo más probable es que experimentemos dolores, pérdidas y marginación. Aun así, el cristiano está convencido de que es mejor sufrir con Dios que prosperar con el mundo. Debemos creer en el Espíritu en vez de creer en los sentidos. Los sentidos nos conducen a escoger los placeres del momento, pero el Espíritu nos dice que hay algo que vale mucho más que los placeres. Por eso el cristiano cree al Espíritu más que a los sentidos. Si creemos que este mundo pertenece a Dios, habrá en nuestras vidas un nuevo sentido de responsabilidad y una nueva capacidad de aceptación; porque todo es de Dios y está en Sus manos.
A través de la Biblia, la confianza en Dios descansa sobre lo que él ha revelado acerca de su carácter y propósitos.  En el NT, donde la fe en Dios se define como confianza en Cristo, el reconocimiento de que Jesús es el Mesías prometido y el Hijo de Dios encarnado se toman como básicos.  La frecuencia con que las epístolas describen la fe como, conocimiento, creencia y obediencia a “la verdad”, demuestra que sus autores pensaban que la ortodoxia era el ingrediente fundamental de la fe. La fe descansa sobre el testimonio divino. Las creencias como tales, son convicciones que se mantienen sobre la base de un testimonio; no contienen evidencias en sí mismas.  La Biblia señala las convicciones de la fe como ciertas y la iguala con el conocimiento, no porque surja de una supuesta experiencia mística, sino porque descansan sobre el testimonio de un Dios que “no puede mentir” y que por lo tanto es completamente confiable. El testimonio de Cristo y de los apóstoles de Cristo, es el testimonio de Dios mismo; este testigo divinamente inspirado es el propio testigo de Dios, de tal manera que recibirlo es certificar que Dios es verdadero, y rechazarlo, es hacer a Dios un mentiroso.
La fe es un don sobrenatural y divino. La fe cristiana descansa sobre el reconocimiento del testimonio bíblico y apostólico en el que Dios mismo da testimonio de su Hijo.  El pecado y Satanás han cegado de tal manera a los hombres caídos, que no pueden discernir el testimonio apostólico de la Palabra de Dios, ni “ver” ni comprender las realidades del Dios que habla. No vienen y renuncian a sí mismo para confiar en Cristo, hasta que el Espíritu Santo les ilumine. Solamente los receptores de esta divina “enseñanza” “persuasión” y “ungimiento” vienen a Cristo y permanecen en él. A través de las Escrituras, el pueblo de Dios vive por fe; pero la idea de fe se desarrolla como revelación de la gracia y la verdad de Dios en  la que descansa. De diversas maneras, el AT define la fe como descanso, confianza y esperanza en el Señor, uniéndose a él, esperándole, haciendo de él nuestro escudo y fortaleza, refugiándonos en él, etc.; 
Los salmistas y profetas, hablando en términos individuales y nacionales respectivamente, presentan la fe como confianza en Dios que salva a sus siervos de sus enemigos y que cumple el declarado propósito de bendecirles. La tenacidad heroica por la que los creyentes del AT manifestaron su fe como un modelo que los cristianos debemos  imitar. Aquí se declara la continuidad y también la novedad; porque la fe al recibir una nueva expresión de Dios en las palabras y hechos de Cristo, ha llegado a ser un conocimiento de la salvación presente. Los evangelios muestran a Cristo demandando confianza en sí mismo como portador de la salvación mesiánica. Cristo mismo dice que la fe es un poder capaz de mover montaña.
La fe que honra a Dios confía en sus palabras y vive en esperanza y obediencia en el presente, esperando que cumpla sus promesas. La fe trae consigo sufrimiento y persecución de varias maneras. La fe tiene que ver con las cosas futuras (que se esperan) y las invisibles (que no se ven). La fe es estar seguro de los hechos que no se ven. Es la forma de “probar” las realidades invisibles tales como la existencia de Dios, su fidelidad a su palabra y su control sobre nuestro mundo y de todo lo que ocurre en él. La fe en Dios como él creador de todo lo que existe es fundamental para la visión bíblica de la realidad. ¡Amén!


julio 14, 2014

El Evangelio


(Marcos 1:14-15)


“Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio”. El tiempo apropiado o la oportunidad favorable, había llegado para el cumplimiento de las promesas redentoras de Dios y para la promulgación del evangelio. El reinado de Dios comenzaría a manifestarse en los corazones y vidas de la gente en una forma mucho más poderosa. En el reino de Dios hay grandes bendiciones preparadas para todos aquellos que confíese a Cristo como su salvador y abandonen sus pecados, para empezar a vivir una vida para la gloria de Dios. La comunidad de personas en cuyos corazones Dios es reconocido como Rey, es llamada la Iglesia –el pueblo de Dios. “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado”. Estas palabras fueron dichas porque la labor –obra  de Cristo de predicar, enseñar, y sanar a los enfermos, tanto en Galilea como en sus alrededores recién había comenzado.
El Evangelio consiste en dos partes que, en conjunto, forman una unidad indestructible. La primera está relacionada con el don de la salvación otorgada por medio de Cristo; la otra, tiene que ver con las demandas del reino. Las demandas del reino de Dios se expresan a través del mensaje del Evangelio. Tan pronto leemos o escuchamos el Evangelio predicado por Jesús, somos confrontados con ciertas pre-suposiciones que tienen una estructura y una expresión muy particular. El Evangelio del reino no es algo enteramente nuevo, pero es algo más que el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento.
La proclamación de la salvación está determinada terminológica y realmente por la historia de la salvación que la precede, y no puede ser comprendida ni separada de la misma. La importancia de esta consideración puede llegar a manifestarse cuando prestamos atención al hecho notable de que, en la primera parte de la predicación de Jesús, él mismo califica su predicación cuando dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18). ¿Cuál es el significado de la frase: “para dar buenas nuevas a los pobres?” Este detalle acerca del significado de la venida del Mesías y de su actividad, nos revela cual es el contenido del Evangelio.
En la repuesta dada a Juan el Bautista encontramos esta misma frase. “Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio” (Lucas 7:22). Los pobres en espíritu son enfáticamente señalados como aquellos a los cuales está destinada la salvación. Los pobres son los destinatarios de la predicación de Jesús, tanto “los pobres en espíritu” como los “abatidos” a los que se refieren las bienaventuranzas.  “…He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones” (Lucas 2:34-35). Simeón era un israelita piadoso quien esperaba la consolación, es decir, la liberación de su pueblo y por inspiración divina, fue al templo, tomó en brazos al niño y declaró tanto su gratitud a Dios como su disposición a morir. Simeón vio la llegada del niño como la de un Salvador para todos los pueblos y no meramente para los judíos. La llegada del niño sería tanto para juicio como para salvación. Jesús revelaría el verdadero carácter del ser humano y lo que hay en su corazón y María sufriría por el trato que posteriormente recibiría Jesús.
Las palabras de Simeón fueron confirmadas por la llegada de Ana, quien profetizó que Dios traería salvación al pueblo judío por medio de Jesús. El mensaje del Mesías es tan poderoso que hace estremecer nuestros corazones. “Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre. ¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis. ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas” (Lucas 6:24-26). Dios tiene un lugar para los que son pobres y necesitados, aquellos que están hambrientos y tristes. Estas son personas insatisfechas con el mundo presente y con su suerte en él, y anhelan recibir lo que Dios tiene para ellos. A ellos Jesús les promete que oirá y cumplirá sus anhelos.
El Evangelio es un mensaje de esperanza para aquellos que sufren toda clase de carencias, cuyo único socorro viene de Dios. Hay quienes no necesitan clamar a Dios en oración porque piensan que ya tienen lo suficiente. Pero llegará el día cuando no tendrán nada. “…Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado” (Lucas 16:25). Dios hará justicia por eso desea que su pueblo mantenga una intima relación con él para que no perezca, sino para que sea consolado en aquel día. El carácter espiritual de esta relación está fuertemente enfatizado en el Nuevo Testamento. Las demandas del Evangelio son ampliamente conocidas, tanto, por la predicación de Jesús como por la predicación de los apóstoles. ¡Amén!