julio 28, 2014

Sufrimientos Físicos


 (Isaías 53:4-5)

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. “¿Murió Jesús en la cruz solamente por nuestros pecados, para lograr nuestra salvación espiritual; o murió también por nuestras dolencias, para lograr nuestra sanidad física?” El ministerio de Jesús era muy intenso. El ministerio de sanidad y liberación era evidencia de que Jesús  era el “Siervo Sufriente”. Mateo relaciona las sanidades físicas que Jesús había realizado con el cumplimiento de la profecía de la cruz.
Broadus sugiere que el Mesías sufrió por los pecados de todos y que los que se arrepienten y confían en Cristo reciben perdón de sus pecados y sanidad de las enfermedades causadas por esos pecados. Por otro lado, no debemos deducir que este fuese el caso en todos los que Jesús sanó, excepto en el sentido de que todas las enfermedades son el resultado directo o indirecto del pecado en el mundo. El pecado es la raíz última de todo el mal que existe en el mundo, inclusive el espiritual y físico. Esto no significa, sin embargo, que toda enfermedad sea el resultado directo del pecado personal de esa persona.
El origen primario de la enfermedad y de la muerte debe ser buscado, evidentemente, en el pecado y en la caída. El hombre, hecho a imagen de Dios como una creación perfecta, estaba destinado a una vida bienaventurada y eterna, y no a los sufrimientos físicos y sicológicos a los que se halla sometido. Por el pecado, la muerte hizo su aparición, con las enfermedades y dolencias que conducen a ella. Está claro asimismo que la violación de las leyes físicas y morales conduce, con mucha frecuencia, a la enfermedad y al desequilibrio psíquico. En cambio, el respeto a los mandatos divinos nos ayuda a mantener la salud.
La enfermedad causa debilidad y un sufrimiento opresivo. Hay que señalar que no se dice que todas las enfermedades provengan de los demonios, sin embargo, todas son en cierto sentido obra de Satanás. “Enseñaba Jesús en una sinagoga en el día de reposo; y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada, y en ninguna manera se podía enderezar” (Lucas 13:10-11). En esta oportunidad Jesús no esperó a que la mujer pidiera ser sanada, sino que la llamó directamente y la sanó delante de todos en plena sinagoga. Es evidente que Jesús buscaba abiertamente la confrontación con esos personajes religiosos que al ofenderse por lo hecho por el Señor procurarían matarlo. En esta oportunidad la mujer estaba encorvada por causa de un demonio. La hipocresía de los fariseos era el resultado de su egoísmo. La glorificación propia era el objeto de su vida, por ello pervertían e interpretaban mal las sagradas escrituras. En realidad la hipocresía era algo que realmente sublevaba el ánimo del Señor, tanto que cuando se encontraba con ella en estos personajes, la denunciaba abiertamente, porque actuaban como personas sin integridad y mostrando dos caras casi todo el tiempo.
La enfermedad puede ser el castigo de un pecado concreto, o puede provenir de las faltas de los padres (enfermedades generacionales). El pecado causa nuestra separación de Dios, la perturbación del designio de Dios, y castigos como la enfermedad, la muerte y la condenación eterna. La enfermedad es un castigo por el pecado, el cual consiste en el acto, no en una disposición interior, de modo que la expiación es la restauración de la salud física por eso –las obras poderosas de Jesús incluyen las curaciones de las enfermedades y la salud moral y espiritual. Las enfermedades pueden alcanzar a los cristianos que no se juzgan a sí mismos ni se apartan de sus desobediencias ni de los pecados de sus antepasados. Sin embargo, la Biblia destaca que no toda enfermedad es necesariamente el resultado de un pecado personal. Job era íntegro, recto, temeroso de Dios, apartado del mal, hasta el punto de que no había ninguno como él en toda la tierra. Con todo, Dios tuvo a bien mandarle una prueba, para su crecimiento espiritual. El ciego ni sus padres habían pecados, la ceguera del muchacho no era por causa de un pecado o de una maldición generacional. “Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo” (Juan 9:3-4). Pablo tenía un aguijón en la carne, no porque hubiera pecado, sino para humillarlo, para que no se llenara de orgullo debido a las revelaciones inauditas que había recibido. Otras enfermedades son el producto de la contaminación y de la falta de higienes).
Las palabras hebreas para “dolores” y “enfermedades” se refieren específicamente a la aflicción física. “Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:16-17). Las puertas del ocultismo están fuertemente amuralladas para quienes pretendan abatirlas. Sólo ante el poder y la gracia de Dios se derrumban. Para quienes se enfrentan a las fuerzas diabólicas es aconsejable: (1) tener una vida de oración; (2) confesar permanente sus pecados y mantener una completa comunión con Cristo y la iglesia; (3) realizar ayuno o una preparación espiritual intensa; (4) rodearse de un círculo de hermanos para la oración intercesora; (5) tener en cuenta que los demonios atacan a quienes los atacan; (6) no hacer públicos estos hechos; (7) mantener en comunión con la iglesia a las personas que han sido liberados y no descuidarse.
Está claro que las palabras “llevó” y “sufrió” se refieren a la obra expiatoria de Jesús, porque son las mismas que se utilizan para describir a Cristo cargado con nuestros pecados. Estos textos vinculan inequívocamente la base de la provisión, tanto de nuestra salvación como de nuestra sanidad, con la obra expiatoria del Calvario. Sin embargo, ninguna de estas cosas se recibe automáticamente, porque ambas deben ser alcanzadas por la fe. ¡Amén!

El Amor del Padre


(Lucas 15:11-24)


El hijo pródigo representa bien la naturaleza humana. Nosotros somos por naturaleza orgullosos. En lugar de sentir placer en nuestra comunión con Dios; nos separamos de Él. Gastamos el tiempo, fuerza, facultades, y  afectos, en cosas que no son ni pueden ser de provecho. El avaro lo hace de un modo, y el libertino de otro pero estas actitudes solo nos conducen a la muerte. En la conducta del hijo pródigo  se dejan ver las  inclinaciones que el corazón tiene por naturaleza. El que no sabe nada de estas cosas tiene todavía mucho que aprender, y necesita que la luz penetre en su entendimiento oscurecido. La ignorancia más  perniciosa es la del que no se conoce a sí mismo. Feliz el que ha salido de las tinieblas y sabe quién es pero muchas personas "no saben quienes son  ni entienden porque andan en tinieblas." El hijo pródigo representa a un hombre que aprende por experiencia que el camino del pecador es escabroso. El Señor nos presenta a este joven gastando su herencia hasta que queda reducido a la miseria y al hambre.
Estas palabras nos dan a conocer la situación de muchos individuos; el pecado los domina con cetro de hierro. Los que no se convierten no pueden ser verdaderamente libres y felices. Bajo una apariencia, viven en un estado de zozobra interior que los atormenta en extremo. Hay millares que tienen herido el corazón, que se sienten aburridos, y completamente  desdichados. Hay muchos que dicen: "¿Quién nos mostrará el bien?" "No hay paz, dijo mi Dios; para los impíos." Los sufrimientos secretos del hombre  que no ha sido regenerado son sobre manera grandes. Este hombre siente en su pecho un vacío, por más que se esfuerce en ocultarlo. "El que siembra para su carne, de la  carne segará corrupción." El hijo pródigo representa al hombre dándose cuenta de su corrupción natural, y tomando la decisión de arrepentirse y volver a la casa de Dios. Nuestro Señor dice que este joven volviendo en sí exclamo: " ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y  le diré: Padre, he pecado…
Literalmente dice: “se le enternecieron las entrañas por él”. A medida que disminuye la distancia entre el padre y el hijo, ese ve más y más claramente cuán cansado y miserable está su hijo. Se compadece. Interpreta el regreso de “su niño” en el sentido más favorable. El muchacho se ha arrepentido. Está triste por lo que ha hecho. El padre no puede haber sido muy joven; sin embargo, corre. En aquella parte del mundo generalmente no se consideraba digno que un anciano corriese; sin embargo, él corre. Nada puede impedirle el hacerlo.
La convicción no es conversión, pero es el primer paso al arrepentimiento. La causa de la muerte eterna del  hombre es que jamás piensa en las consecuencias de sus actos. Pero tenga mucho cuidado de no contentarse con pensar solamente. Los buenos pensamientos son muy saludables; pero ellos no constituyen la salvación. Si el hijo pródigo no hubiera hecho nada, más que pensar, tal vez habría permanecido  alejado de la casa de su padre hasta el día de su muerte. El hijo pródigo representa al hombre volviéndose a Dios con fe y arrepentimiento verdaderos. El joven, saliendo del país distante y volviéndose a la casa de su padre, puso en práctica sus buenas intenciones y confesó sus pecados sin rodeos. Este es un vivo ejemplo de arrepentimiento y conversión verdadera. Aquel en cuyo corazón ha empezado la operación del Espíritu Santo,  no se queda satisfecho con pensar; si no que se aparta, se separa, se divorcia del pecado; y deja de hacer lo malo. Los hechos son el alma del arrepentimiento verdadero. Emociones, lágrimas, remordimientos, deseos, y resoluciones, todo esto es inútil si no va acompañado de hechos y de un cambio de vida. El hijo Pródigo representa al hombre arrepentido, perdonado, y aceptado misericordiosamente como hijo de Dios.
Fue duro para el hermano mayor aceptar el regreso de su hermano menor. A las personas arrepentidas a causa de su mala reputación por su vida de pecado, a menudo las ven con recelo y algunas veces no están dispuestos a aceptarlas como miembros de la iglesia. Sin embargo, debemos regocijarnos como los ángeles cuando un pecador se arrepiente y se vuelve a Dios. Debemos aceptar a los pecadores arrepentidos de todo corazón, brindarles apoyo y ánimo para que crezcan en Cristo. En la parábola del hijo pródigo, la respuesta del padre contrasta con la del hermano mayor. El padre lo perdonó porque estaba lleno de amor. El hijo mayor se negó a perdonar a su hermano por todo lo ocurrido. Con este resentimiento solo logró perder el amor del padre como el hermano menor lo había perdido anteriormente pero que ahora lo recuperaba por su arrepentimiento y humillación. Si usted se niega a perdonar, se perderá una maravillosa oportunidad de experimentar gozo y comunión con otros. Haga que su gozo crezca: perdone a alguien que lo haya herido. ¡Amén!

julio 25, 2014

Dios quiere Ayudarte


(Éxodo 4:12)

El llamamiento divino era, y es, para servir a Dios con sacrificio. No hay una garantía de una vida fácil. Sin darse cuenta, la preparación teórica y práctica de Moisés había terminado. Ahora Dios tomaba la iniciativa.  Moisés no estaba buscando a Dios, sin embargo, Dios lo estaba buscando a él. Dios conoce de antemano el curso de los acontecimientos y de las tareas  que él nos encomienda, pero nos revela sólo lo que es indispensable. Nuestras debilidades se hacen evidentes ante la grandeza de la tarea que Dios nos ha encomendado. Nos asusta el peligro, sin embargo, nuestras debilidades en las manos del Señor producen resultados maravillosos. Aceptemos el llamamiento del Señor, porque él nos dará fortaleza y sabiduría para realizar las tareas que nos haya asignados. La presencia divina no simplemente nos acompañará, sino que nos dará poder para hablar y testificar eficazmente.
Ahora pues, vé, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar. (Éxodo 4:12). Dios nunca nos manda hacer algo sin darnos el poder para hacerlo. En realidad, las excusas de Moisés con las que alegaba su incapacidad eran precisamente las razones por las que Dios lo había elegido. Dios pacientemente razonó con Moisés como con un amigo. El que había hecho la boca del hombre podía darle a Moisés la habilidad de hablar con fluidez. La presencia divina no simplemente le acompañaría, sino que le daría el poder para hablar o testificar eficazmente. Moisés estaba sobre cogido de sentimientos de inferioridad y se vio obligado ah enfrentarse a estos sentimientos en muchas ocasiones. Los sentimientos de incapacidad de Moisés eran tan fuertes que no pudo confiar ni siquiera en el poder de Dios para ayudarlo. Moisés tuvo que enfrentarse a estos sentimientos de incapacidad e inferioridad en muchas ocasiones. Cuando nos enfrentamos a situaciones que son difíciles o que nos causan temor, debemos estar dispuestos a permitir que Dios nos ayude.
Necesitamos entender, a la luz de la experiencia de Moisés, cómo deben ser los líderes que Dios utiliza. Dios nos llama con frecuncia para que realicemos tareas que parecen demasiado difíciles, pero no nos pide que las hagamos solos. Dios nos da numerosos recursos, al igual que lo hizo con Moisés. No debemos ocultarnos detrás de nuestras deficiencias, sino mirar más allá de nosotros mismos y ver los grandes recursos de Dios disponibles para nosotros. En un mundo donde los valores, la moral y las leyes cambian constantemente, podemos encontrar estabilidad y seguridad en Dios. Como la naturaleza de Dios es inmutable y confiable, tenemos la libertad de seguirlo y disfrutarlo, en lugar de pasarnos el tiempo tratando de imaginarnos cómo es Él.
 “Y Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿O quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová?”  Cuando nos enfrentamos a situaciones que son muy difíciles o que nos causan temor, deberíamos estar dispuestos a permitir que Dios nos ayude. Moisés tenía la capacidad para razonar con Dios, era presto para decir que no pero se sentía incapaz para transmitir el mensaje de Dios. Se supone que Moisés batallaba con un defecto en el habla, o tenía dificultad con la comprensión y expresión del idioma egipcio, que por años no había usado. “Entonces Jehová se enojó contra Moisés, y dijo: ¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita, y que él habla bien? Y he aquí que él saldrá a recibirte, y al verte se alegrará en su corazón.” Moisés preveía las diversas dificultades de la empresa, y ansiaba librarse de ella.  Entonce Dios le dijo: “Tú hablarás a él, y pondrás en su boca las palabras, y yo estaré con tu boca y con la suya, y os enseñaré lo que hayáis de hacer.” Dios promete su presencia a pesar de la circunstancias y del peligro. Su presencia se manifestará para protegernos, y librarnos
Los tímidos pueden experimentar las bendiciones divinas tanto como los que responden al llamado de Dios con confianza. El está dispuesto a bendecirnos de muchas maneras aunque nosotros no lo merecemos. “Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé.” (Josué 1:5). Cuando somos fieles Dios está con nosotros a pesar de nuestras debilidades. “Jehová le dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre.” (Jueces 6:16).
 A pesar de este llamado claro y de la promesa de fortalecerlo, Gedeón puso varias excusas. Vio sólo sus limitaciones y debilidades. No le fue posible ver cómo Dios podría trabajar por medio de él. Saber que Dios está con nosotros nos hace estar confiados. “Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado.” (Salmos 27:3).  Por último veamos lo que dice Dios a través de Zacarías:Yo seré para ella, dice Jehová, muro de fuego en derredor, y para gloria estaré en medio de ella.” (Zacarías 2:5). Son innumerables los textos en los que Dios nos promete estar con nosotros, creámosles a Dios y confiemos en él. Un cristiano de carácter maduro sabe que aunque su cuerpo se agote por la edad, todavía puede seguir sirviendo al Señor, luchando en oración para que las almas sean libres de su esclavitud espiritual.
“Después Moisés y Aarón entraron a la presencia de Faraón y le dijeron: Jehová el Dios de Israel dice así: Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto. Y Faraón respondió: ¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel. Y ellos dijeron: El Dios de los hebreos nos ha encontrado; iremos, pues, ahora, camino de tres días por el desierto, y ofreceremos sacrificios a Jehová nuestro Dios, para que no venga sobre nosotros con peste o con espada” (Éxodo 5:1-3). Los obstáculos para adorar y servir a Dios siguen siendo numerosos en nuestros días. Cuando un creyente quiere ir al templo a adorar, son muchas las cosas y las personas que reclaman su atención. Adorar y servir a Dios requiere de una decisión firme. El trabajo, que debería ser una bendición porque de él provienen nuestros ingresos, a menudo se convierte en un obstáculo para que no podamos adora ni servir a Dios. El tiempo de trabajo se extiende frecuentemente, o requiere de un horario que incluye el tiempo de Dios. Al irse perdiendo la santidad los creyentes encuentran más dificultades a la hora de asistir al templo. ¡Amén!

julio 24, 2014

Certeza y Fidelidad


(Oseas 2:19-20)

Dios promete una relación con nosotros caracterizada por su permanencia, sus normas estrictas, trato justo, amor perseverante, ternura, seguridad y una continua revelación de fidelidad. Aunque nosotros no tenemos mérito alguno, Dios nos perdona y nos hace aceptos ante El por medio del Mesías. No existe para nosotros ni la más mínima posibilidad de que por nuestros esfuerzos podamos alcanzar las altas normas de Dios para la vida moral y espiritual, pero debido a su gracia nos acepta, nos perdona y nos lleva a tener una relación con El. En esa relación tenemos comunión con El de manera personal e íntima. Cuando quebrantamos la ley de Dios con plena consciencia de lo que estamos haciendo, nuestros corazones se endurecen y nuestra relación con Dios es quebrantada. La infidelidad espiritual comienza con una desilusión o una insatisfacción, ya sea real o imaginaria.  Tener un sentimiento equivocado de lo que a Dios no le agrada puede hacer que usted se aparte de Él. La infidelidad comienza cuando transferimos el afecto y la devoción que le tenemos a Dios a otras cosas y hay muchos que están haciendo esto.
Los sentimientos de desilusión e insatisfacción son normales y, cuando se resisten, pasarán. Cambiar nuestro afecto y devoción es el primer paso hacia la ceguera espiritual y al pecado. Lo que vemos no es una decisión impulsiva. Sino un proceso de deterioro de nuestra relación con Dios. Esto es peligroso porque no siempre nos damos cuenta de lo que sucede hasta que es demasiado tarde. La mente carnal a menudo crea en nosotros una fantasía y llegamos a creer que el mundo y la carne llenaran el vacío dejado por Dios en nuestros corazones, sin embargo, no es así. Esas fantasías y expectativas son irreales y solo nos llevan a la desilusión.
El significado básico del vocablo hebreo emunah es “certeza” y “fidelidad”. El ser humano puede demostrar “fidelidad” en sus relaciones con el prójimo. David actuaba con justicia y lealtad. Siempre manifestó los atributos y las características de Dios en su propia vida, y estimó la vida de Saúl como algo de gran valor: “Y Jehová pague a cada uno su justicia y su lealtad; pues Jehová te había entregado hoy en mi mano, mas yo no quise extender mi mano contra el ungido de Jehová”. (1 Samuel 26:23). En términos generales, la persona hacia la que se es “fiel” es a Jehovah nuestro Dios. “Puso también Josafat en Jerusalén a algunos de los levitas y sacerdotes, y de los padres de familias de Israel, para el juicio de Jehová y para las causas. Y volvieron a Jerusalén. Y les mandó diciendo: Procederéis asimismo con temor de Jehová, con verdad, y con corazón íntegro” (2 Crónicas 19:8-9). Una justicia administrada al amparo del temor de Dios, adquiere una garantía de equidad, de la que carece la justicia humana, justicia en la que Dios está ausente. La iniciativa de Josafat, de poner “jueces en todas las ciudades” y su clara concepción de que la justicia debía ser ejercida bajo el control divino; muestra el grado de su fidelidad a Dios.
El Señor ha manifestado su “fidelidad” para con su pueblo (Deuteronomio 32:4). Todas sus obras revelan su “fidelidad” (Salmos 33:4). Sus mandamientos expresan su “fidelidad” (Salmos 119:86). Todos aquellos que obedecen a Dios están en el camino de la “fidelidad” (Salmos 119:30). El Señor busca a quienes procuran hacer su voluntad de todo corazón. Sus caminos son afirmados y la bendición de Dios reposa sobre ellos (Proverbios 28:20). La certeza de vida abundante se encuentra en la expresión tomada de Habacuc 2:4 “E aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá”. Expresión que se cita en el Nuevo Testamento (Romanos 1:17; Gálatas 3:11).
El vocablo emunah es sinónimo de tsedeq (rectitud, justicia Isaías 11:5) de jesed (misericordia, benignidad Sal. 98:3) y mispat (justicia Jeremías 5:1). Jesed (amor) describe mejor la relación entre Dios y su pueblo; pero emunah también se ajusta. Oseas describe la relación de Dios con Israel en términos de un matrimonio y declara la promesa divina de “fidelidad” (Oseas 2:19-20). En estos versículos, los términos “rectitud”, “juicio”, “derecho” “misericordia”, “lealtad” y “fidelidad” demuestran que los sinónimos de emunah son términos relacionados con el pacto y expresan la “fidelidad” y el “amor” de Dios. La naturaleza de Dios avala la certeza del pacto y las promesas, Él es “fiel”. Los hechos (Proverbios 12:22) y palabras (12:17) del ser humano deben reflejar su relación privilegiada con Dios.

En la relación conyugal la “fidelidad” no es opcional, es obligatoria. Para establecer la relación, se requiere que las dos partes respondan mutuamente con “fidelidad”. Isaías y Jeremías condenan al pueblo por no ser “fiel” a Dios (Jeremías 5:1; Isaías 59:4; Jeremías 7:28; 9:3). La fidelidad se establecerá en la era mesiánica (Isaías 11:5). Las expectativas proféticas se realizaron en Jesucristo cuando sus contemporáneos vieron en él la gracia (jesed) de Dios y la verdad “emunah” (Juan 1:17-18). Es significativo que Juan usara ambos términos lado a lado, tal como se encuentran juntos en el Antiguo Testamento. ¡Amén!

  




julio 22, 2014

Fe en el Dios vivo


(Hebreos 11:1)
        
 La fe debe ser el sólido fundamento de una verdadera, fervorosa, y permanente consagración. Si no tenemos una fe personal en Dios, seremos arrastrados por las opiniones y doctrinas humanas. Arrastrados por las corrientes y las olas de nuestras circunstancias. Si no hay un lazo consciente entre nuestras almas y Dios, nunca seremos capaces de mantenernos en pie, y mucho menos de lograr algún progreso en el camino de la verdadera consagración. Debemos creer que Él es y lo que Él es: Tenemos que tratar con Dios en el secreto de nuestras propias almas, aparte de todo lo demás. Nuestra conexión individual con Dios debe ser una gran realidad, un hecho vivo, una verdadera e inequívoca experiencia, que esté en la misma raíz de nuestra existencia, siendo el fundamento y punto de apoyo de nuestras almas en todo tiempo y bajo cualquier circunstancia. Las meras opiniones de los hombres no son de ningún valor; como tampoco lo son los dogmas ni los credos. No es suficiente con decir, “Creo en Dios Padre Todopoderoso”. Las meras palabras no son de ninguna utilidad. Nuestra fe debe estar arraigada en nuestro corazón, es decir, es una cuestión del corazón, una relación entre el alma humana y Dios mismo. Nada menos que esto puede sustentar nuestra vida en este tiempo, especialmente en nuestros días. Todos  nos encontramos rodeados por lo vano y superficial.
Los fundamentos de nuestra confianza son minados cuando hay una profesión de fe irreal. El dedo de los infieles está continuamente señalando las inconsistencias exhibidas en las vidas de muchos de nosotros. Sin embargo, los infieles también recibirán las justas consecuencias de su incredulidad, considerando que cada uno debe dar cuenta de sí mismo y por sí mismo ante el tribunal de Cristo; aún así es un hecho que la falsa profesión de fe tiende a erosionar la confianza. Es por esta razón que tenemos la urgente necesidad de una simple, sincera, y fe personal en el Dios vivo; una completa confianza en Su palabra, y una constante dependencia en Su sabiduría, bondad, poder y fidelidad. Ésta es el ancla del alma sin la cual es imposible navegar en medio de las aguas turbulentas de este mundo. Si estamos anclados en nuestras circunstancias, si nos estamos apoyando en brazos de carne, y en los pensamientos de un mortal, si nuestra fe está en la sabiduría del hombre, aunque éste sea el mejor de los hombres, estoy seguros que en el momento de las pruebas el edificio de nuestra vana religión caerá y quedara manifiesto lo que somos realmente. Nada quedará excepto la fe que se mantiene viendo al Invisible -que no mira a las cosas que se ven. Las cosas que son temporales, sino que mira las cosas que son invisibles y eternas.
Todo esto es ilustrado en la vida de Abraham, podemos fácilmente aprenderlo de la maravillosa historia de su vida. Abraham creyó a Dios. Observe, que no fue algo acerca de Dios lo que él creyó -alguna doctrina u opinión respecto a Dios, el no recibió una tradición humana. No; esto nunca habría tenido valor para Abraham ni para Dios. Era con Dios que él trataba, en lo más profundo de su ser individual, él entraba en una vivida intimidad con Dios. “El Dios de gloria se apareció a nuestro Padre Abraham cuando él estaba en Mesopotamia, antes que él morarse en Harán, y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela, y vete a la tierra que yo te mostraré” (Hechos 7:2-3). Estas expresiones tan poderosas en palabras de Esteban que fueron dirigidas al concilio y nos revelan el verdadero secreto en la carrera de Abraham. No es nuestra intención detenernos en este solemne e instructivo intervalo en Harán.
Es verdad, que ese honrado siervo de Dios se retrasó en Harán, posteriormente tuvo que descender a Egipto, expulsar a Agar, tembló ante Gerar, y negó a su esposa. Todo esto se ve en la superficie de su historia, porque a pesar de todo él era sólo un hombre -un hombre con pasiones semejantes las nuestras. Pero él creyó en Dios y tuvo una inalterable confianza en el Dios vivo; él creyó en la verdad, es decir, creyó que Dios es; y creyó también que Dios es galardonador de todos los que le buscan. Es esto lo que hizo que Abraham saliese de Ur de los Caldeos- de en medio de lazos y asociaciones en los cuales él había vivido. Finalmente, fue esto lo que lo capacitó para ir al monte Moriah y mostrarse allí preparado para poner sobre el altar a aquel que era no sólo el hijo de su seno, sino también el canal a través del cual todas las familias de la tierra habrían de ser bendecidas.
Nada sino la fe podría haber capacitado a Abraham para renunciar a la tierra en la cual él había nacido, y salir sin saber adónde iba. A los hombres de su día esto debe haberles parecido una locura. ¡Oh! Pero él sabía en Quien había creído. Ésta era la fuente de su poder, él no estaba siguiendo fábulas, no estaba siendo sustentado por las circunstancias o las influencias que lo rodeaban, él no estaba siendo apoyado por los pensamientos de los hombres. La carne y la sangre no le presentaban ninguna ayuda ni alternativa en su sorprendente carrera. Dios era su escudo, porción y recompensa, y al apoyarse sobre Él encontró el verdadero secreto de su victoria. ¡Amén!
        

julio 19, 2014

Dios existe y puede ser conocido


(Éxodo 3:2)

Dios existe, y puede ser conocido. Estas dos afirmaciones forman la base y la inspiración del cristianismo. La primera es una afirmación de fe, la segunda de la experiencia. La Biblia no fue escrita para probar que Dios existe, sino para revelarlo por medio de sus actos. Por ello la revelación bíblica de Dios es de naturaleza progresiva, y alcanza su plenitud en Jesucristo, su Hijo. Dios existe por sí mismo. Su creación depende de él, pero él es completamente independiente de la creación. No sólo tiene vida, sino que sustenta la vida en el universo, y es en sí mismo la fuente de esa vida. Este misterio de la existencia de Dios le fue revelado a Moisés en épocas muy tempranas en la historia bíblica, cuando, en el desierto de Horeb, se encontró con Dios en forma de fuego en una zarza. “Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía”. Los ángeles son criaturas sobrenaturales que viven en el cielo y sirven de mensajeros a Dios y de protectores a sus escogidos. El ángel de Jehová era una manifestación visible de Dios, posiblemente del propio Cristo preencarnado. Dios se revela a Moisés en un lugar común, que se convierte en sagrado debido a la presencia de Dios. Cuando la Escritura habla de que Dios da a conocer su nombre, se refiere al acto de revelar (por medio de obras y acontecimientos sobrenaturales) lo que su nombre verdaderamente significa. Al revelar su nombre divino declara su carácter y sus atributos.
“¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance. El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Isaías 40-28-29). Una comprensión adecuada de la intervención de Dios en la vida solamente se obtiene conociendo sus pensamientos y sus caminos. Los que esperan en el Señor Jesucristo continuaran viviendo con la firme esperanza de que el Señor establecerá su reino cuando llegue el momento; Dios se enfrentará al mal. Esta actitud interior nos da nuevas fuerzas para levantarnos y proseguir adelante con un renovado vigor. Los resultados admirables de una fe centrada en la persona de Jehová, el Dios majestuoso, creador y sustentador de todas las cosas son maravillosos. Esta es una fe eficaz, capaz de renovar las fuerzas físicas y espiritual a grandes y pequeños, a viejos agotados y a los jóvenes que tropiezan y caen. Este poder que proviene de la fe se necesita para dar respuesta al llamado que Dios nos ha hecho. Se requiere de fe para iniciar la gran aventura del retorno a la libertad.
Cuando decimos que Dios es espíritu puro lo hacemos para poner de manifiesto que no es parcialmente espíritu y parcialmente cuerpo, como es el caso del hombre. Es espíritu simple sin forma ni partes, razón por la cual no tiene presencia física. Cuando la Biblia dice que Dios tiene ojos, oídos, manos, y pies, lo hace en un intento de trasmitir la idea de que está dotado de las facultades que corresponden a dichos órganos, porque si no habláramos de Dios en términos físicos no podríamos hablar de él de ninguna manera. El espíritu no es una forma limitada o restringida de existencia, sino la unidad perfecta del ser. Cuando decimos que Dios es espíritu infinito, nos encontramos completamente fuera del alcance de nuestra experiencia, ya que nosotros estamos limitados con respecto al tiempo y el espacio, como así también con respecto al conocimiento y el poder. Dios es esencialmente ilimitado, y cada elemento de su naturaleza es ilimitado. Llamamos a su infinitud con respecto al tiempo eternidad, con respecto al espacio omnipresencia, con respecto al conocimiento omnisciencia, y con respecto al poder omnipotencia.
Vemos su trascendencia en la expresión “el alto y sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo”, y su inmanencia en cuanto “habita… con el quebrantado y humilde de espíritu” (Isaías 57:15). “Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas”, y luego afirma su inmanencia como el que “no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:24, 28). Dios es personal. Cuando decimos esto afirmarnos que Dios es racional, que tiene conciencia de sí mismo, que se autodetermina, que es un agente moral inteligente. Como mente suprema es el origen de toda la racionalidad en el universo. Dado que las criaturas racionales creadas por Dios poseen carácter propio e independiente, Dios debe poseer un carácter que sea divino tanto en su trascendencia como en su inmanencia.
Dios es soberano. Esto significa que prepara sus propios planes y los lleva a cabo en su propio momento y a su manera. Es simplemente una expresión de su inteligencia, su poder, y su sabiduría supremos. Significa que la voluntad de Dios no es arbitraria, sino que actúa en completa armonía con su carácter. Es la expresión de su poder y su bondad, por lo que es la meta final de toda la existencia. Como Dios es un ser personal puede tener relaciones personales, la más cercana y tierna de las cuales es la de Padre. Es la designación más común que empleaba Cristo para Dios, y en teología se la reserva especialmente para la primera persona de la Trinidad. ¡Amén!

julio 18, 2014

Prisioneros en el Abismo


(Lucas 8:31)

“Y le rogaban que no los mandase ir al abismo”. Cuando terminan nuestros peligros, nos corresponde reconocer la vergüenza de nuestros temores, y dar a Cristo la gloria por nuestra liberación. Las personas que permanecen en un estado de desobediencia, pertenecen al Reino de las Tinieblas; muchos parecen disfrutar de su esclavitud espiritual, están acostumbrados a vivir así, no quieren pensar, ni cambiar, velan solamente por sus propios intereses y quieren que todo siga como siempre. Dar más valor a las cosas que a las personas es uno de los mayores peligros de la vida. Eso es lo que crea los suburbios y las explotaciones injustas. Para estas personas el evangelio es algo que los trastorna, que les cambia su visión del mundo en el que viven.
Los demonios reclamaron no ser enviado al ἄβυσσος [abismo]. Este es el término que se usa para referirse al mundo inferior. El abismo es la cárcel [prisión] de los espíritus rebeldes y desobedientes. “El quinto ángel tocó la trompeta, y vi una estrella que cayó del cielo a la tierra; y se le dio la llave del pozo del abismo” (Apocalipsis 9:1). El pozo del abismo representa el lugar de los demonios y de Satanás, el príncipe de los demonios. Satanás y una inmensidad de ángeles caidos no están todavía en el βυσσος, sino en los aires: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:1-2). El fin inevitable de los “hijos de desobediencia” es estar bajo la condenación de Dios. El Señor está justamente airado; ellos van a enfrentar un juicio justificado por haber violado fronteras conocidas tanto de orden espiritual como moral. “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). Estos gobernantes malignos, seres satánicos y príncipes de las tinieblas, no son personas sino ángeles caídos a los que Satanás controla. No son una simple fantasía, son reales. Nos enfrentamos a un ejército poderoso que tiene como meta la destrucción de la Iglesia de Cristo. Cuando creemos en Cristo y nos unimos a su Iglesia, estos seres vienen a ser nuestros enemigos y emplean todo tipo de ardides para apartarnos de Cristo y hacernos pecar. Aunque estamos seguros de la victoria, debemos batallar hasta que Cristo venga, porque Satanás lucha constantemente en contra de todos los que están del lado del Señor. Requerimos de poder sobrenatural para vencer a Satanás y Dios nos lo puede dar a través del Espíritu Santo que está en nosotros.
La mayoría de los intérpretes piensan que estas langostas son demonios, espíritus malignos gobernados por Satanás que inducen a la gente a pecar. No fueron creados por Satanás porque Dios es el creador de todo; más bien, son ángeles caídos que se unieron a Satanás en su rebelión. Dios limita lo que ellos pueden hacer; no pueden hacer nada sin el permiso de Dios. El propósito principal de los demonios en la tierra es destruir, distorsionar o impedir la relación de la gente con Dios. Como son corruptos y degenerados, la apariencia de ellos refleja la distorsión de sus espíritus. Si bien es importante reconocer sus actividades malévolas para que podamos mantenernos alejados de ellas, debemos evitar toda curiosidad al respecto y no tener nada que ver con fuerzas demoníacas u ocultas.
El  βυσσος es también reino de los muertos. “Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos).  Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:6-10). El término βυσσος, que originalmente era un adjetivo para el sustantivo implícito “tierra”, se usa en griego para referirse a las profundidades del tiempo original, el océano primigenio y el mundo de los muertos. En la LXX denota el reino de los muertos. “Tú, que me has hecho ver muchas angustias y males, volverás a darme vida, y de nuevo me levantarás de los abismos de la tierra” (Salmos 71:20). En el NT es una prisión para el anticristo (Apocalipsis 11:7), los demonios (Lucas. 8:31), los escorpiones (Apocalipsis 9:3ss) y los espíritus (Apocalipsis 9:1; 20:1, 3). Es un abismo en forma de pozo, del cual sube humo (Apocalipsis 9:1). El abismo representa el caos. Este es el lugar donde Satanás será arrojado y aprisionado. Allí será encerrado Satanás durante un milenio (Apocalipsis 20:1, 3). Todos los que han de ser encerrado junto a Satanás, la Bestia y el Falso Profeta, estarán bajo el poder absoluto de Dios. ¡Amén!