diciembre 05, 2014

Nuestras Imposibilidades

(Génesis 15:4-6)

“Luego vino a él palabra de Jehová, diciendo: No te heredará éste, sino un hijo tuyo será el que te heredará. Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia. Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia”. La duda es un estado de vacilación o inestabilidad de la mente que nos priva de las bendiciones de Dios. La duda puede proyectarse en los campos de la decisión y la acción, o afectar únicamente a la creencia, a la fe o a la validez de un conocimiento y como tal, implica inseguridad. Sólo cuando los hombres reconocen al Señor resucitado logran tener una comprensión de la veracidad del Evangelio. Cuando Jesús nos llama, lo hace para que seamos sus colaboradores en el servicio. Pero si hay una actitud mental de incertidumbre en nosotros, esta puede generar sentimientos de  intranquilidad, angustia y desasosiego.
No debemos vacilar ni titubear cuando se trata de realizar la obra que Dios nos ha asignados. Los obstáculos, pruebas e imposibilidades nos ayudan a fortalecer nuestra fe en Dios. Jesús es el cumplimiento de nuestra esperanza y lo que Dios demanda de nosotros para él glorificarse, es una renovación del corazón, de los sentimientos, de nuestras actitudes y valores que son los que gobiernan nuestras vidas. Tomemos plena conciencia de nuestra realidad y descansemos en el poder de Dios como lo hizo Abraham a pesar de su edad y de las circunstancias que hacían humanamente imposible el cumplimiento de la promesa que Dios le había hecho. No obstante, contra toda esperanza, Abraham creyó a pesar de sus circunstancias. No confió en su fuerza ni en sus recursos, sino en la capacidad y en el poder de Dios.
Nunca seremos demasiados viejos para tener nueva experiencias. No importa nuestra edad ni nuestra circunstancia, Dios desea que confiemos en él. Cuando nuestras posibilidades disminuyen, nuestra fe aumenta; porque no descansa en nosotros mismos ni en nuestras capacidades, sino en Dios y en sus promesas. Estoy totalmente persuadido y seguro de que el Señor cumplirá sus promesas. De hecho, tengo la convicción de que Dios hará realidad las cosas que nos ha prometido en su Palabra. “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24). La mejor respuesta que podemos darle al Señor es someternos a él con humildad y sencillez de corazón. Cuando nos acercamos sumisos ante el Señor; él nos comunica sus deseos y con claridad nos dice cuáles son sus planes.
A menudo oramos motivados por nuestros intereses y deseos carnales. Nos gusta oír que podemos pedir cualquier cosa y que la recibiremos. Pero cuando Jesús oró, lo hizo con los intereses de Dios en Su mente. Podemos expresar nuestros deseos al orar, pero debemos tener en cuenta que la voluntad de Dios está por encima de la nuestra. Examínese para ver si sus oraciones se centran en sus propios intereses o en los intereses de Dios. La fe debe depositarse en el Señor porque él es el autor y consumador de nuestra fe. Esta es la fe que se expresa y no la fe que se busca. El Señor es la fuente y el fundamento de nuestra fe y de todo nuestro ser.
La fe debe fluir solamente hacia él, debido a que la fidelidad fluye directamente de él. La fe no es una treta que hacemos, sino una expresión que brota de la convicción de nuestros corazones ni es una fórmula para conseguir cosas de Dios. Lo que aquí Jesús nos enseña es que la fe que hay en nuestros corazones ha de expresarse, lo que la convierte en algo activo y eficaz, que produce resultados concretos. Las palabras de Jesús, “todo lo que pidiereis”, extienden este principio a todos los aspectos de nuestra vida. Nuestra fe debe estar puesta en Dios de acuerdo con su voluntad y palabra; pero es importante creerle a Dios en nuestros corazones. “Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor” (Santiago 1:6-7).
“Pedir con fe, no dudando nada” significa no solo creer en la existencia de Dios, sino en su tierno cuidado y providencia. Eso incluye depender de Dios y confiar en que El oirá y responderá a nuestras oraciones. Debemos poner a un lado nuestras actitudes críticas cuando nos dirigimos a Dios. Una mente inestable no está plenamente convencida y vacila entre los deseos de la carne, los conceptos del mundo y los mandamientos de Dios.La duda es una atadura de la mente que nos impide alcanzar el conocimiento verdadero y experimentar el poder de Dios. No debemos confundir la duda con nuestra capacidad de juzgar ni con la búsqueda de la verdad. El que duda es aquel que está perplejo y sin saber qué hacer y esto implica incertidumbre acerca de qué camino tomar.
Puede ser que usted piense que la historia de su vida ya está escrita. Que es muy tarde para realizar cambios radicales. No lo crea. La experiencia de Abraham a sus noventa y nueve años es una evidencia y testimonio de que nunca es demasiado tarde para hacer cosas significativas. Dios puede hacer lo imposible solo debemos creer. ¡Amén!

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