junio 20, 2014

La médula de la sabiduría


La médula de la sabiduría
(Jeremías 9:23-24)

“Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová”. El éxito, bajo los parámetros de Dios, abarca la obediencia y la fidelidad. A pesar de la oposición y del costo personal debemos proclamar con valor y fidelidad la Palabra de Dios y ser obediente a su llamado. Jeremías sintió emociones encontradas con respecto a su pueblo. Mentira, fraude, traición, adulterio e idolatría eran pecados frecuentes. Se enojó por el pecado de ellos, pero también sentía compasión. Jesús tuvo sentimientos similares cuando estuvo frente a Jerusalén, la ciudad amada que finalmente lo rechazaría, de la misma manera que habían rechazado a Jeremías.
Los seres humanos se esfuerzan por obtener sabiduría, valentía y riquezas. Pero lo que realmente complace a Dios es la misericordia, el juicio y la justicia. Es una bendición deleitarse en los que Dios se deleita. Confiar en Dios y temerlo es el centro y la médula de la sabiduría. En la actualidad los hombres hacen uso de su sagacidad política y de su sabiduría terrenal para obtener poder y posesiones materiales pero sus actos son inmorales y contrarios a las Escrituras. El destino de estos hombres está sellado por sus propios hechos y acciones. La única razón válida para gloriarse, es conocer a Dios y adorarle. Dios establece como prioridad “conocerlo” de forma personal y vivir de tal manera que se refleje su justicia y rectitud en nuestras vidas. En tiempos difíciles, quienes confían en el hombre se empobrecerán y serán débiles espiritualmente, no tendrán a quien recurrir. Sin embargo, quienes confían en el Señor tendrán abundante fortaleza y provisión, no solo para sus necesidades, sino también para suplir las necesidades de los demás.
La sabiduría divina es una guía moral y espiritual confiable. La verdadera sabiduría (no la sagacidad) nos da vida y nos trae las mejores bendiciones. Dios "prueba la mente y el corazón". No hay nada oculto para Dios. Esto puede aterrarnos o consolarnos. Nuestros sentimientos son un libro abierto para Él. Debido a que conoce hasta nuestras motivaciones, no tenemos dónde escondernos, ni manera de escapar de las consecuencias del pecado. Pero ese mismo conocimiento también nos da un gran consuelo. No tenemos que impresionar a Dios ni disimular la verdad. Podemos confiar en que Él nos ayudará a fortalecer nuestras debilidades particulares para poder servirle como Él lo ha planeado. Si verdaderamente buscamos seguirlo, nuestros esfuerzos serán recompensados.
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” (Jeremías 17:9-10). El corazón es el ser interior, que piensa, siente y actúa; la esencia del ser humano, pero es engañoso y perverso. Para los hebreos el corazón [alma para los griegos] era el órgano de la razón, la inteligencia y la voluntad. Jeremías explica que es tan profunda nuestra tendencia al pecado que solo Dios puede redimirnos y liberarnos.
“Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 33:33). El materialismo había ahogado el espíritu de la ley. El ritualismo había suplantado el contenido ético-espiritual del pacto sinaítico, y era preciso iniciar una nueva etapa para regular las relaciones entre Dios y su pueblo.Dios siempre ha querido que nosotros interioricemos sus palabras pero esto solo puede suceder mediante la obra de Dios mismo.
“Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37). El código moral de los fariseos consistía en una serie incontable de disposiciones y regulaciones. Sin embargo, si amamos a Dios y a nuestro prójimo estamos guardando los mandamientos de la ley. Podemos amar a Dios con nuestra mente, en vez de usar nuestra mente para cosa vana. Cuando nos reusamos a servir a Dios con nuestras mentes, es peligroso.
 “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” (Romanos 1:28). A pesar de que la gente sabe que Dios existe, anulan esta verdad con sus perversiones y rechazan así toda relación con Él. Prediquemos con mucho tacto y señalésmosles su error y mostrémosles la posibilidad de un nuevo comienzo. A pesar de que las personas pueden creer en Dios, no quieren compromisos con Él.  Los misioneros intentan persuadirlos mediante palabras afectuosas y de las obras que realizan.
Tratamos de convencer a la gente que rechaza a Dios de las peligrosas consecuencias de ese rechazo. Aunque la naturaleza revela la existencia de Dios, a la gente hay que hablarle de Cristo y de cómo, a través de Él, pueden tener una relación personal con Dios. No es suficiente saber que Dios existe. La gente debe aprender que Dios es amor. Debe entender lo que hizo para demostrarnos su amor. Debe mostrárseles cómo aceptar el perdón de pecados que ofrece Dios. Ahora si las personas se niegan a honrar a Dios, entonces caerá sobre ellas una ceguera judicial. Su entendimiento es segado para que no le resplandezca la luz de la verdad… por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia (2 Tesalonicenses 2:10-12). Quienes rechacen la verdad, sufrirán las consecuencias de su pecado. Cuando las personas se comprometen con el mal y rechazan de forma consciente y voluntaria las Escrituras, lo que viene es el juicio de Dios. ¡Amén! 

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