junio 19, 2014

Una fuerza dormida


(Romanos 7:5)

“Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte”. En el estado anterior a nuestra conversión las pasiones pecaminosas, que tenían su origen en la carne, nos conducían a la muerte. Como cristianos experimentamos conflictos similares con los pecados de la carne, pero estos no deben prevalecer. La diferencia proviene de la presencia del Espíritu, que somete las pasiones al dominio del reino de Cristo que mora en nosotros. La mentalidad del incrédulo se centra en la autocomplacencia. Su fuente de poder es su autodeterminación. Para el cristiano Dios es el centro de la vida. El suple el poder que necesita el cristiano para el diario vivir. La autodeterminación (luchar con nuestras fuerzas) no nos dará resultado. Nunca debemos subestimar el poder del pecado. Nunca debemos intentar luchar con nuestras fuerzas. En lugar de enfrentar el pecado con el poder humano, debemos apropiarnos del poder enorme de Cristo que está a nuestra disposición. Esta es la provisión de Dios para que podamos vencer el pecado. El  ha enviado al Espíritu Santo para que viva en nosotros y para que nos de poder.
En nosotros hay una especie de fuerza oscura, dormida, pero siempre dispuesta a salir, es una fuerza que nunca ha sido completamente domada. Como siervos de Cristo vamos por el mundo, predicándoles a los hombres una libertad y una esperanza que su necedad les impide comprender, una libertad que les da miedo recibir. El hombre quiere el silencio para no oír hablar a Dios ni oír hablar de él, para que no se le moleste con el mensaje del Evangelio. Al rebelarse contra Dios, los hombres son capaces de caer en los vicios más terribles, y son capaces de cometer las peores atrocidades. Para Dios liberar al hombre de sus locuras le ofrece la cruz de Cristo. Dios quiere desarmarnos, literalmente, quitarnos las armas carnales. No utilicemos la rebeldía para defendernos ante Dios, dejemos este tipo de cosas,  dejemos defendernos y comencemos a rendirnos ante Dios; entreguémonos a él por completo por medio de la fe. Esta aparente derrota es el único acto de sabiduría que hemos realizados. El hombre rebelde destruye y se destruye así mismo con su violencia. Todos los que han vencido la rebeldía, es porque se han negado a defenderse y se han entregado a Dios.
No tenemos que comprenderlo todos, pero si hay algo que necesitamos comprender, los comprenderemos mirando a Cristo. Si nos sentimos tentados a rebelarnos, necesitamos contemplar la ley de Dios desde una perspectiva amplia, a la luz de Su gracia y de Su misericordia. Si nos concentramos en Su gran amor por cada uno de nosotros, entonces comprenderemos Sus propósitos. Sin la ayuda de Cristo, el pecado es más fuerte que nosotros y algunas veces somos incapaces de defendernos de sus ataques. Por eso nunca deberíamos enfrentarnos al pecado solo. Jesucristo, quien venció el pecado de una vez y para siempre, ha prometido pelear a nuestro lado. Si buscamos su ayuda, no caeremos. “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1 Juan 3:8). Todos tenemos aspectos en que la tentación es fuerte y tenemos hábitos difíciles de vencer. Esas debilidades dan a Satanás una base; por lo tanto, debemos contender con nuestros aspectos vulnerables. La capacidad de Cristo para vencer la tentación y permanecer puro le ha hecho nuestro modelo a seguir.
La seguridad de nuestra posición ante Dios le da poder a la oración. Nuestras oraciones no reciben respuesta como una recompensa por la obediencia, sino que cuando guardamos sus mandamientos damos evidencia de que estamos en armonía con la voluntad de Dios. La presencia interna del Espíritu Santo se manifiesta externamente en nuestra vida y nuestra conducta, poniendo en evidencia nuestra relación con Dios. El Espíritu Santo nos da una mente nueva y un corazón nuevo, vive en nosotros y nos ayuda a ser semejante a Cristo. Todas nuestras perspectivas cambian porque tenemos la mente de Cristo. Si vivimos para Dios, el mundo nos aborrecerá porque con nuestro testimonio ponemos en evidencia su estilo de vida inmoral.
El cristianismo es una religión del corazón; no basta la obediencia exterior. ¿Cómo escapamos de la constante acusación de nuestra conciencia? No será al pasar por alto ni al justificar nuestra conducta, sino al poner nuestro corazón en el amor de Dios. Cuando nos sintamos culpables, debemos acordarnos de que Dios conoce nuestro corazón tan bien como nuestra conducta. Su voz de aprobación es más fuerte que la voz que acusa nuestra conciencia. Si estamos en Cristo, El no nos condenará. Entramos en una vida de dependencia de Él y de deber para con Él. Sin Cristo no es posible vencer el poder de la carne ni de los principios corruptos. No pueden enderezar nuestro camino, ni derrotar las lujurias. Sin Cristo no podremos alimentar con la verdad nuestro ser interior ni habrá sinceridad en nuestros corazones, ni nada de todo los que recibimos por el poder santificador del Espíritu Santo. No vivimos para servir como antes, obedeciendo a la ley divina de una manera literal, como si fuese un sistema de reglas externas de conducta, y sin ninguna referencia a nuestra condición del corazón; sino que ahora servimos de una manera nueva, en obediencia espiritual, mediante la unión que tenemos con el Salvador resucitado. ¡Amén!

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