julio 17, 2014

Deseos de placer


(Santiago 4:1)

El vocablo griego δονή derivado de la raíz δύς que significa dulce, agradable, o delicioso. Este término significa aquello que es agradable al paladar, más tarde pasó a significar los que era agradable a los sentidos, y finalmente todo aquellos que da placer. “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones [δονή], las cuales combaten en vuestros miembros?”  El que vive para sus placeres no puede agradar a Dios. Sólo el que ha aprendido a sacrificar sus placeres en el altar de Dios para dar a Dios lo que Dios se merece, recibirá de parte de Dios la vida, porque vive y está entregado a su voluntad. El que se deja dominar por sus placeres o pasiones, malgasta su vida, sus talentos y sus dones. Las pasiones engañosas nos hacen desviar la vista de Dios. No se puede ser a la vez amigos de Dios y amigos del mundo. Quienes son amigos de Dios son enemigos del mundo y quienes son amigos del mundo son enemigos de Dios. “Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (Tito 3:3). Pablo menciona dos motivos para que nos dediquemos a vivir de acuerdo con una conducta apropiada: primero el recuerdo de nuestra conducta antes de la conversión, y  segundo la manifestación del amor y de la bondad de Dios para con nosotros. Eso debería hacernos pensar, reflexionar y vivir en obediencia a Dios.
Nosotros podemos ser débiles, pero el Espíritu, que nos anhela celosamente, permanecerá siempre con nosotros en medio de nuestra debilidad. Su permanencia en nuestra vida no se sostiene en nuestra fidelidad sino en Su fidelidad. La gracia, el Espíritu Santo, la humildad verdadera, y la sabiduría de lo alto, todo ello se recibe de Dios. La única manera de resistir al diablo es someterse a Dios, así como la única manera de someterse a Dios es resistir al diablo. La δονή humana se opone a la voluntad de Dios, porque podemos vivir ya sea conforme a su voluntad o conforme a nuestros propios deseos. “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios” (1 Pedro 4:1-2). El plural “pasiones” sugiere la diversidad de intereses y deseos que hay en una persona. Es una lucha interna la que se produce en la persona a causas de los distintos intereses que hay en su interior.  La voluntad de Dios es singular, y esto nos muestra que sólo en la obediencia a Dios, nuestra la personalidad estará completa. Para el creyente la muerte es el portal a una vida plena y libre. El juicio de Dios culminará con el derramamiento de la ira divina sobre aquellos que voluntariamente han decidido rechazar el evangelio.
Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto” (Salmos 38:9). El salmista está abriendo su corazón. Al hacerlo y ser franco con Dios es empieza su sanidad. Los gemidos indecibles no le son ocultos a quien escudriña el corazón y conoce la mente del Espíritu. En su desfallecimiento, sus gemidos son desgarradores, como rugidos de león, que salen de un corazón que, desesperado, lucha por seguir existiendo. “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?  Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Salmos 73:25). Fuera de Dios no hay seguridad; por eso los impíos perecerán inexorablemente. Bajo su protección esperamos vivir tranquilamente para poder anunciar las obras maravillosas de Dios. Dios es el único bien que tenemos. No permita que las metas de su vida sean tan irreales como un sueño y que despierte demasiado tarde ante el hecho de que perdió la oportunidad de ser feliz.  El mismo cielo no podría hacernos dichosos sin la presencia y el amor de nuestro Dios. El mundo y toda su gloria se desvanecen pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
“Se pasmó mi corazón, el horror me ha intimidado; la noche de mi deseo se me volvió en espanto” (Isaías 21:4). Los acontecimientos que Isaías vislumbra le traen profunda consternación, por la tragedia humana que esto involucra. ¡Amén!

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