julio 28, 2014

Sufrimientos Físicos


 (Isaías 53:4-5)

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. “¿Murió Jesús en la cruz solamente por nuestros pecados, para lograr nuestra salvación espiritual; o murió también por nuestras dolencias, para lograr nuestra sanidad física?” El ministerio de Jesús era muy intenso. El ministerio de sanidad y liberación era evidencia de que Jesús  era el “Siervo Sufriente”. Mateo relaciona las sanidades físicas que Jesús había realizado con el cumplimiento de la profecía de la cruz.
Broadus sugiere que el Mesías sufrió por los pecados de todos y que los que se arrepienten y confían en Cristo reciben perdón de sus pecados y sanidad de las enfermedades causadas por esos pecados. Por otro lado, no debemos deducir que este fuese el caso en todos los que Jesús sanó, excepto en el sentido de que todas las enfermedades son el resultado directo o indirecto del pecado en el mundo. El pecado es la raíz última de todo el mal que existe en el mundo, inclusive el espiritual y físico. Esto no significa, sin embargo, que toda enfermedad sea el resultado directo del pecado personal de esa persona.
El origen primario de la enfermedad y de la muerte debe ser buscado, evidentemente, en el pecado y en la caída. El hombre, hecho a imagen de Dios como una creación perfecta, estaba destinado a una vida bienaventurada y eterna, y no a los sufrimientos físicos y sicológicos a los que se halla sometido. Por el pecado, la muerte hizo su aparición, con las enfermedades y dolencias que conducen a ella. Está claro asimismo que la violación de las leyes físicas y morales conduce, con mucha frecuencia, a la enfermedad y al desequilibrio psíquico. En cambio, el respeto a los mandatos divinos nos ayuda a mantener la salud.
La enfermedad causa debilidad y un sufrimiento opresivo. Hay que señalar que no se dice que todas las enfermedades provengan de los demonios, sin embargo, todas son en cierto sentido obra de Satanás. “Enseñaba Jesús en una sinagoga en el día de reposo; y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada, y en ninguna manera se podía enderezar” (Lucas 13:10-11). En esta oportunidad Jesús no esperó a que la mujer pidiera ser sanada, sino que la llamó directamente y la sanó delante de todos en plena sinagoga. Es evidente que Jesús buscaba abiertamente la confrontación con esos personajes religiosos que al ofenderse por lo hecho por el Señor procurarían matarlo. En esta oportunidad la mujer estaba encorvada por causa de un demonio. La hipocresía de los fariseos era el resultado de su egoísmo. La glorificación propia era el objeto de su vida, por ello pervertían e interpretaban mal las sagradas escrituras. En realidad la hipocresía era algo que realmente sublevaba el ánimo del Señor, tanto que cuando se encontraba con ella en estos personajes, la denunciaba abiertamente, porque actuaban como personas sin integridad y mostrando dos caras casi todo el tiempo.
La enfermedad puede ser el castigo de un pecado concreto, o puede provenir de las faltas de los padres (enfermedades generacionales). El pecado causa nuestra separación de Dios, la perturbación del designio de Dios, y castigos como la enfermedad, la muerte y la condenación eterna. La enfermedad es un castigo por el pecado, el cual consiste en el acto, no en una disposición interior, de modo que la expiación es la restauración de la salud física por eso –las obras poderosas de Jesús incluyen las curaciones de las enfermedades y la salud moral y espiritual. Las enfermedades pueden alcanzar a los cristianos que no se juzgan a sí mismos ni se apartan de sus desobediencias ni de los pecados de sus antepasados. Sin embargo, la Biblia destaca que no toda enfermedad es necesariamente el resultado de un pecado personal. Job era íntegro, recto, temeroso de Dios, apartado del mal, hasta el punto de que no había ninguno como él en toda la tierra. Con todo, Dios tuvo a bien mandarle una prueba, para su crecimiento espiritual. El ciego ni sus padres habían pecados, la ceguera del muchacho no era por causa de un pecado o de una maldición generacional. “Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo” (Juan 9:3-4). Pablo tenía un aguijón en la carne, no porque hubiera pecado, sino para humillarlo, para que no se llenara de orgullo debido a las revelaciones inauditas que había recibido. Otras enfermedades son el producto de la contaminación y de la falta de higienes).
Las palabras hebreas para “dolores” y “enfermedades” se refieren específicamente a la aflicción física. “Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:16-17). Las puertas del ocultismo están fuertemente amuralladas para quienes pretendan abatirlas. Sólo ante el poder y la gracia de Dios se derrumban. Para quienes se enfrentan a las fuerzas diabólicas es aconsejable: (1) tener una vida de oración; (2) confesar permanente sus pecados y mantener una completa comunión con Cristo y la iglesia; (3) realizar ayuno o una preparación espiritual intensa; (4) rodearse de un círculo de hermanos para la oración intercesora; (5) tener en cuenta que los demonios atacan a quienes los atacan; (6) no hacer públicos estos hechos; (7) mantener en comunión con la iglesia a las personas que han sido liberados y no descuidarse.
Está claro que las palabras “llevó” y “sufrió” se refieren a la obra expiatoria de Jesús, porque son las mismas que se utilizan para describir a Cristo cargado con nuestros pecados. Estos textos vinculan inequívocamente la base de la provisión, tanto de nuestra salvación como de nuestra sanidad, con la obra expiatoria del Calvario. Sin embargo, ninguna de estas cosas se recibe automáticamente, porque ambas deben ser alcanzadas por la fe. ¡Amén!

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