agosto 09, 2011

Ríos de agua viva

“Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo; porque aguas serán cavadas en el desierto, y torrentes en la soledad” (Isaías 35:5-6). Si el pueblo de Israel hubiera sido fiel a Dios, la tierra prometida habría sido restablecida a su fertilidad y hermosura primitiva. Pero Israel no fue fiel, y por eso no pudo alcanzar su glorioso destino. Los contemporáneos del profeta Isaías estaban apesadumbrados y pesimistas, debido a tantas calamidades. Sin embargo,  Dios promete salvarle, Su venida será el principio de una gran transformación. Dios promete cambiar la aridez de la tierra y de su vida espiritual en un oasis de bendición. La atmósfera cambiará y habrá prosperidad, salud y felicidad, pero junto con esto, es necesario que se produzca un progreso espiritual. Los predicadores deben estimular a la Iglesia para que confíe en el poder divino y para que espere con paciencia las bendiciones prometidas. Como peregrinos que vamos camino a la nueva Jerusalén para asistir a las fiestas de las bodas del Cordero, caminemos con el corazón lleno de gozo y de gratitud a Dios. Cantemos salmos de alabanza y canciones de alegría mientras esperamos las horas felices que pasaremos en la presencia del Señor; en una perfecta comunión con Dios. Nuestro destino no es la vida en la tierra tal como la conocemos, nuestro destino es la nueva Jerusalén. “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido” (Apocalipsis 21:1-2). ¿Se ha preguntado cómo será la eternidad? Se describe la santa ciudad, la “nueva Jerusalén”, como el lugar donde Dios enjugará nuestras lágrimas. Más aún, no habrá muerte ni dolor etc. Hemos llorados muchas veces debido al pecado, la aflicción, y las calamidades pero no quedarán señales ni recuerdos de ellos. No importa lo que estemos pasando, esta no es la última palabra, Dios ha escrito el capítulo final y en él se describe la satisfacción legítima y el gozo eterno de quienes lo aman. No sabemos todo lo que quisiéramos saber, pero lo que sabemos es suficiente; la eternidad con Dios será más hermosa de lo que jamás hayamos imaginado. Nuestra bendición viene totalmente de Dios y depende de Él. Cristo hará nuevas todas las cosas. Él hará nuevas todas las cosas hasta que nos lleve a disfrutar de una felicidad completa. Los placeres pecaminosos y sensuales son aguas envenenadas y cenagosas; y los mejores consuelos terrenales son como una cisterna rota. Pero las bendiciones de Cristo son las aguas que brotan de una fuente pura, refrescante, abundante y eterna. “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua” (Jeremías 2:13). La gracia de Dios es semejante a una fuente de agua refrescante, que limpia y fertiliza nuestra vida. “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:13-14). Jesús interrumpió la línea de pensamiento de la mujer samaritana, señalando sus limitaciones. El agua del pozo de Jacob le calmaría la sed sólo por un tiempo breve. En un sentido el “agua” que Cristo provee no elimina la sed espiritual; sino que despierta una sed profunda por la justicia divina. Pero el agua a la que Cristo hace referencia es de tal naturaleza que satisface la sed del alma, tan pronto buscamos la provisión de Dios. El Espíritu Santo fluye en nuestro interior, así como fluye una fuente de agua viva.  ¡Amén!


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