agosto 14, 2014

Un destello de Su gloria

(1 Juan 3:2)


“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. Poco conoce el mundo la dicha de los verdaderos seguidores de Cristo. Para el mundo, estos pobres, humildes y despreciados no son ni pueden ser los favoritos de Dios y menos aun ser los hombres y mujeres que habitarán en el cielo. Sin embargo como hijos de Dios somos un destello y un autentico reflejo de la gloria de Dios. Al ser seguidores de Cristo nos alegramos en las dificultades, puesto que en la tierra somos extranjeros, fue aquí en la tierra donde el Señor fue también vituperado, maltratado y crucificado y si a él le hicieron esto ¿qué no nos harán a nosotros?  
Juan dice que hemos experimentado la pureza y la justicia de Dios en nuestras vidas. Este cambio nos ha transformado y ahora tenemos todo lo que se requiere para presentarnos delante de Dios. Cuando Dios justifica a una persona, todas las acusaciones de Satanás pierden su validez. El problema que tenemos los cristianos es que no nos damos cuenta de lo que somos como hijos de Dios, no vemos los propósitos de Dios. Nuestra condición cristiana, está tanto ahora como en la eternidad, centrada en el hecho de que somos hijos de Dios. Es en este hecho que se basan o fundamentan todas nuestras posibilidades eternas. Los que somos hijos de Dios estamos destinados a la gloria. Como vivir una vida llena de fe, esperanza y ferviente deseo en el Señor Jesús. Los hijos de Dios son conocidos, por su semejanza a Cristo y por reflejar Su presencia. Al reflejar Su gloria somos transformados a Su imagen. “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18).
Todas sus promesas son para nosotros y lo único que tenemos que hacer, en un sentido, es creer y recordar lo que Dios ha dicho acerca de nosotros. Cuando comprendemos bien esto, no hay qué preocuparse. “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:10). Si Dios justifica y reconcilia consigo mismo a sus enemigos, con mucho más razón salvará a sus amigos. “Él que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” “¿Quién acusará a los escogidos de Dios?...” (Romanos 8:32 vss.). A menudo experimentamos aflicción, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro y espada, es decir, sufrimientos y dificultades. No obstante, y a pesar de todas estas desagradables experiencias, somos más que vencedores. No es que al fin seremos vencedores; no, ya somos más que vencedores por medio de Jesucristo. Es necesario que comprendamos lo que significa ser hijos de Dios.
Por el mero hecho de ser hijos no estamos exento de ser santo ¿Qué nos hace falta para que podamos ver a Dios? La respuesta es santidad, y limpieza de corazón. Muchos quisieran reducir esto a una pequeña cuestión de decencia, de moralidad o de interés intelectual. Pero si queremos ver a Dios debemos santificarnos por completo, la totalidad de nuestra persona debe estar limpia. “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.” En lo espiritual no se puede mezclar la luz con las tinieblas, lo blanco con lo negro, ni a Cristo con Belial. No hay conexión ninguna entre ellos. Sólo los que son como Cristo pueden ver a Dios y estar en su presencia. Por eso debemos ser de corazón limpio antes de poder ver a Dios. El cristiano ve a Dios en la naturaleza, en la providencia, en las Escrituras, en los milagros, en la encarnación de Cristo y en los sucesos de la historia. Otra forma de verlo es en nuestra propia experiencia, y en su trato benigno para con nosotros. El cristiano puede ver a Dios en un sentido único. Pero ¿cómo tener un corazón limpio para ver a Dios? De la única forma en que podemos tener el corazón limpio es si el Espíritu Santo entra en nosotros y nos purifica. Dios esta actuando en nosotros, estamos en sus manos. El proceso de nuestra purificación espiritual ya está en marcha porque el tiempo de la boda se aproxima y como una novia ataviada para su marido debemos presentarnos delante de Cristo sin manchas y sin arruga.
Ser hijos tampoco nos eximes de la renovación espiritual ¿Como valorar y proteger entonce nuestras mentes, emociones y voluntad? La renovación del corazón, representa un problema humano ineludible que no tiene, sin embargo, una solución humana. Para ser transformado debe iniciarse un proceso que nos lleve a alcanzar la meta de ser semejante a Cristo. Cumplir reglas, leyes y costumbres no nos salvará. Aun si pudiéramos mantener nuestras acciones puras, seguiríamos condenados porque nuestros corazones son rebeldes y perversos. No podremos hallar alivio mientras no vayamos a Jesucristo en busca de la salvación. Cuando nos entregamos a Cristo, nos sentimos aliviados, llenos de paz y gratitud. Luchar contra el pecado con nuestra propia fuerza es un desatino. Pablo trató de vencer el poder del pecado con su fuerza y terminó agotado; luego dijo: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”  Nuestra lucha interna en contra del pecado es tan real para nosotros como lo fue para Pablo. Cuando te sienta perdido, remóntate al inicio de tu vida espiritual y recuerda que Jesucristo ya te ha liberado. Cuando estemos confundidos y abrumados por el pecado, demos gracias a Dios por habernos dado libertad a través de Jesucristo. Busquemos el poder que Cristo nos concede para lograr una victoria verdadera sobre el pecado. ¡Amén!

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